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Mali

La salida de Mauritania fue rápida y sencilla, tanto es así que en realidad no estábamos seguros de haber salido de Mauritania hasta que en un puesto de control de la policía me di cuenta de que los uniformes eran distintos. Tuvimos que ir a Nioro, la ciudad más cercana, para registrarnos en la Aduana y la Policía.

A continuación tuvimos que esperar unas cuantas horas mientras unos franceses que iban de camino a Bamako, la capital de Mali, para vender sus coches, se ponían a discutir por el precio con los oficiales de la aduana. Por suerte para nosotros, con el Carnet de Passage, fue cuestión de cinco minutos, y además, gratis.

La comisaría fue otra historia. De nuevo nos retuvieron los franceses, pero esta vez nos cobraban un precio no oficial de 1000 CFA (1.25 €) por pasaporte, y 2000 CFA por vehículo. Discutimos el precio por el coche, lo que hizo que tuviéramos que encontrar 2000 CFA. El problema era cambiar Oogs por CFA. Como todo el mundo quería euros y nadie sabía usar una calculadora, al final conseguimos cambiar dinero en la farmacia para pagar a la policía.

La ruta de Nioro a Bamako es mitad pista mitad asfalto, pero la pista es muy dura, con arena blanda y profundos agujeros por todas partes. En seguida, todo, incluidos nosotros, estábamos cubiertos con una capa de polvo de terracota, y parecía que estábamos hechos de arcilla. Todavía viajábamos con los tres motoristas alemanes, y además llevábamos casi todo su equipaje, ya que Tobias llevaba a Jan a remolque. Blanca y yo observábamos la pista polvorienta intentando imaginar cómo sería en la estación lluviosa, todo el rato levantando con el torno y cavando.

Al parar para pasar la noche a poca distancia de los ya habituales pueblos de casas de barro y techos de paja, optamos por dejar a los otros cocinando y dar un paseo por el pueblo para echar un vistazo. Los aldeanos se sorprendieron mucho de vernos cuando salimos de los arbustos, y se imaginaron que íbamos andando hasta Bamako, así que de repente nos ofrecieron comida, alojamiento, etc…, lo cual era bastante extraño, puesto que lo normal es que nos acosen pidiéndonos “cadeaux”, bolígrafos, etc… Tuvimos que explicar que estábamos acampando en los arbustos, y educadamente, declinamos los ofrecimientos.

Bamako es una locura: calurosa, polvorienta, humeante, seca, y con montones de mosquitos enormes. Como es el lugar donde muchos europeos venden sus viejos coches a cambio de un buen beneficio, en seguida te cansas de decir que Grommet no está en venta, y que no tengo euros para cambiar, ni microscopios, televisores o neveras para vender.

El alojamiento aquí se reduce al centro, con hoteles a precios exorbitantes, o campings muy caros, pero estos no son al estilo europeo. Imaginaros un aparcamiento putrefacto con coches abandonados, furgonetas y caravanas, algo a lo que llaman “baño” que puede que lo hayan limpiado una vez, y una ducha que cuando abres el grifo te deja cubierto de jabón y seco. Lo único positivo de quedarse en la Mission Lebanese es su situación, próxima al banco, a los mercados, a los clubes de jazz, etc…

Al salir del camping, la ciudad te abofetea de lleno en la cara. Las motos van de acá para allá como un nido de abejas enfadadas, la gente, los animales, y coches con pinta peligrosa corren por todas partes. Es una especie de Oxford Street en Navidad. A pesar del ajetreo, todo estaba tranquilo, excepto cuando intentabas hacer una foto. Lo que sí te afecta después de un rato es la contaminación, con los motores diesel y el humo de millones de fuegos de carbón vegetal, en seguida los ojos se ponían rojos y las gargantas dolían. Así te das cuenta de por qué muchos allí llevan máscaras de cirujano por la calle. Al atardecer, parece una escena de “Alien”, con figuras espectrales apareciendo y desapareciendo en la niebla.

Junto a las carreteras, fluyen las alcantarillas abiertas, o no, como pasa frecuentemente. Mientras esperábamos dos horas el visado para Burkina Faso, nos entretuvimos en un puesto de la calle comiendo brochetas y plátanos fritos, bebiendo Coca-Cola, y viendo a las ratas corriendo de alcantarilla en alcantarilla.

Bamako tiene el único Banco ATM del país, y hay también dos supermercados medianamente grandes al estilo europeo en los que comprar esos pequeños lujos de casa que se echan en falta, bueno, en realidad, de Francia, pero eso hay que pagarlo. Te das cuenta de cuánto has viajado cuando vas por el supermercado maravillándote con todo lo que venden, queso, vino, paté, carne sin moscas, esto es el paraíso. Compramos sólo lo esencial, y tuvimos que contenernos por miedo a fundir el presupuesto anual de una sola vez!

De todas formas, los mercados son baratos y tienen todo tipo de fruta fresca, unas que puedes reconocer, y otras que son todo un misterio. Después de la escasa variedad de Mauritania, era genial tomarse una macedonia con piña fresca, mango y sandía.

Lo siento amigos, pero el pelo ha tenido que desaparecer, a pesar de las protestas de Greenpeace y Sting, pero tras unos rápidos movimientos de la maquinilla eléctrica, un ecosistema entero se fue al suelo, así que ya estoy otra vez pelado, lo cual es más fácil, más limpio y más fresco.

La dieta africana también está teniendo su efecto, y ya he perdido mucho peso, cuatro agujeros más del cinturón, y ya no quedarán más. Los pantalones ajustados sólo se sujetan con un cinturón, así que me estoy empezando a parecer a un rapero. Por suerte, Blanca sigue tan guapa como siempre.

Mientras estábamos en Bamako, nos reunimos con Lilli y Steffen, nuestros motoristas alemanes, junto con la pareja holandesa, Sietzke y Aeron. También había por allí un equipo de filmación francés acabando una película sobre las aventuras de un tipo de camino a vender su coche. También conocimos a Didi, un austriaco que iba en una autocaravana VW viajando por África.

Aparcados al lado de Grommet había una pareja francesa en un Land Rover Santana hecho en España, así que por fin había posibilidad de un poco de conversación “anorak”, ya que no parece haber muchos Land Rovers en esta parte de África, sólo Toyotas y Mitsubishis, una lástima. Se ve que alguien no diseñó muy bien la estrategia de marketing.

En seguida, entre la contaminación, el estado del camping, y George, el dueño del camping, dando la lata con el dinero, decidimos ponernos en marcha de nuevo.

De nuevo, nos unimos a Lilli y Steffen, y nos dirigimos hacia Djenne y la mezquita de adobes más grande del mundo. Por el camino, se nos unió Didi, y encontramos un precioso lugar para pasar la noche junto al río Níger, al final de una avenida de mangos rodeada de campos de arroz. El único problema era que este idílico lugar estaba junto a un colegio, que justo acababa de terminar por ese día cuando llegábamos, así que de inmediato estábamos rodeados. Los niños eran muy educados, y estaban muy intrigados por todo lo que hacíamos. Les encantaba ver las fotos de ellos en la cámara digital de Blanca.

Por la mañana, nos despedimos de Didi, y pusimos rumbo por la pista hacia Djenne, él optó por ir por la carretera asfaltada. Cruzar por las llanuras inundadas del río Níger me recordó mis días de rallies en el sur de Inglaterra, con los caminos rodeados de agua, campos de arroz, y estanques de lirios. Lo malo de viajar con motos es que pueden ir por los caminos más estrechos, así que Grommet se metió por caminos para bicicletas intentando localizar la pista correcta. Al final, salimos de los arbustos y aparecimos en Djenne.

Chez Baba era muy distinto a Bamako, barato, muy limpio, buenas duchas, baños limpios, vistas del pueblo desde la azotea, y por la noche, música y baile tradicionales. Decidimos pasar ahí unos días para recuperarnos de Bamako, y para ir al mercado el lunes. Era estupendo ir por el pueblo sin que nos molestaran, pero había que tener cuidado con las alcantarillas abiertas que van por medio de incluso las calles más estrechas. El mercado era muy colorido, con casi de todo, desde repuestos para coche hasta pescado seco, manteca de cacahuete, frutas y verduras, vacas y cabras, arroz y telas. Si tenías tiempo, podías elegir una tela por la mañana, y a la hora de comer tener listo un vestido.

Salimos de Djenne por ferry a través del río Bani. Tuvo gracia cuando el ferry se separó de la orilla, y me hizo señas para que subiera a bordo, y así evitar que encallara. Tras cruzar el río con éxito, nos dirigimos hacia el país dogon, con un guía llamado Ali que nos habían recomendado unos belgas, Gerard y Eric, que viajaban en un camión Mann, y para los que el dinero no era problema. Chez Ali está pasado Bandiagara, de camino a Sanga, cerca de un pueblo llamado Daga situado en lo alto de una escarpa de 300 metros.

Mientras nos tomábamos una Coca-Cola, planificamos una excursión de un día al valle que había debajo, y para visitar tres típicos pueblos dogones, Tirelly, Amani e Irelly.

A la mañana siguiente, nos levantamos muy temprano, y nos pusimos en camino con Ali, que se parece enteramente a Errol Brown, del grupo Hot Chocolate, para bajar la escarpa. De camino, nos encontramos a muchos aldeanos subiendo con enormes cuencos o sacos puestos en la cabeza, al estilo típico africano. Al bajar, paramos en el primer pueblo de la lista, donde tuvimos que pagar un poco para poder hacer fotos sin que se ofendiera nadie. Los dogones son un pueblo muy orgulloso, y el tiempo parece haberse detenido en muchas de sus costumbres y tradiciones, así como en el estilo del pueblo. En lo alto de la escarpa están los restos de las pequeñas casas de los Tellem, los anteriores habitantes del valle, a los que los dogones obligaron a irse, y quienes talaron el bosque de alrededor para que creciera mijo. De camino entre los pueblos, pasamos por una charca de cocodrilos, y por lo menos estos no tenían miedo de las cámaras, aunque Blanca no quería acercarse para sacar alguna foto en acción. Después del último pueblo y un día genial, era hora de hacer el ascenso vertical de vuelta al campamento. Esto no era una ruta para cobardes o para quienes tengan vértigo, sobre todo al subir por peldaños esculpidos en la roca. Aún así, la vista era increíble. Esa noche, nos deleitamos con la cena que nos hicieron a base de pollo en salsa de cacahuete con arroz, uno de los mejores platos de Mali, sobre todo si el gallo era el que nos había despertado tan temprano esa mañana. El día siguiente lo pasamos recuperándonos de la caminata y la escalada, con los vecinos observándonos al estilo Gran Hermano.

Llegó el momento de despedirnos una vez más de Didi, puesto que él ponía rumbo a Timbuktu y nosotros a Burkina Faso, otro país más. Burkina Faso debe ser interesante, aunque que dicen que es el país más pobre de África.

Como observación final, imaginadnos conduciendo por las pistas africanas, intentando evitar los baches que se cargan los ejes, y los camiones cargados hasta arriba que vienen como cangrejos hacia ti a gran velocidad.

Ah! Casi se me olvida. Feliz Navidad a todos en el ciberespacio…

Sentimos que entre las fotos de Mali no haya ninguna del país dogon ni de Djenne, pero creemos que la memoria debe tener malaria.

Las fotos de Bamako y Mali son cortesía de Jan.



Alemanes tecnificados en apuros


El Gran Hermano llega a la ciudad


Uno de los pocos autobuses normales


La compañía petrolífera de la zona


Un típico pueblo


Alemanes en las pistas


El Gran Hermano llega a la ciudad


Blanca y un amigo


Día de colada


Bamako


Pelado otra vez


Blanca


La diosa de la casa


El mercado


Moscas con su carne, señor


Mercado


Blanca


Bamako