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Etiopía, ¡TU!, ¡TU!, ¡TU! ¡TU! ¡Dame dinero!

Del 9 de enero al 23 de febrero de 2006

Tras las habituales formalidades de la frontera, cruzamos a Etiopía. No puedo explicar qué alivio fue estar de vuelta en el asfalto una vez más. Al llegar a la aduana, después de los habituales trámites de inmigración, descubrimos que justo había cerrado en ese momento para comer dos horas, ¡al parecer los domingos se cogen tres horas! ¡Este tiene que ser el único país de África en el que la aduana cierra para comer! Estábamos furiosos, pero qué puedes hacer, más que sentarte y esperar. ¡Por suerte, incluso los guías y los estafadores se iban a casa a comer! Así que puse a Grommet a la sombra, saqué las sillas, y tras un par de samosas, los dos echamos una cabezada tranquilamente. Tras el almuerzo de dos horas, los oficiales volvieron, diez minutos después pudimos irnos, y por fin nos pusimos en marcha.

Esperábamos desierto, hambre, pobreza, y el borde de la carretera flanqueado por niños hostiles que tiran piedras a los vehículos de los turistas (esto vendría más tarde). Pero como siempre, la realidad era algo diferente. El paisaje era tan seco como en Kenia, pero a diferencia de allí, estaba cubierto con maleza verde, mientras que el problema de las persistentes sequías parece que se está tratando con la instalación de una nueva tubería al lado de la carretera, puntos de agua, y muchas perforaciones nuevas. También parecía haber ayuda militar, con unos cuantos camiones cisterna del ejército con agua en las zonas más secas a las que la tubería todavía tenía que llegar. Debo decir que todo esto fue una gran sorpresa, y no lo que uno se habría esperado, ¿dónde estaban los animales muertos y moribundos como los que acabábamos de ver al otro lado de la frontera de Kenia?, y ¡¿dónde estaban Sir Bob y Bono?!

Aunque lo que nos preocupaba era el elevado número de hombres bien armados por la carretera, con atuendos tanto civiles como militares. ¡Estos podrían ser los “bandidos” sobre los que nos habían advertido! Después nos alivió ver un largo convoy de Toyotas Land Cruiser con cristales tintados pasar a gran velocidad con una escolta armada, ¡obviamente se trataba de algún tipo de asunto oficial…!

Con el problema de los “bandidos” resuelto, encontramos un sitio en el monte lejos de la carretera justo antes de la ciudad de Yavello.

Normalmente, cuando paramos, le hago una rápida inspección visual a Grommet, y en esta ocasión descubrí que los muelles de la ballesta delantera se habían atravesado, y había que reemplazarlos. Tenía un recambio, si se le puede llamar así, en mi caja de repuestos, el muelle no era lo bastante largo para la tuerca de retención, pero al menos nos sacaría de apuros hasta que pudiera encontrar un repuesto en Addis Abeba.

Después de una noche tranquila, algunos lugareños que pasaban de camino a por agua se acercaron a saludarnos, pero como sólo hablaban su lengua local, el encuentro fue sorprendentemente corto.

De vuelta en la carretera, de tanto en tanto el paisaje estaba salpicado de enormes colinas de termitas blancas que daban la impresión de que habíamos dado con ¡una “instalación” de esculturas de Henry Moore!

Nuestra intención era visitar el valle de Omo para ver algunas de las etnias que sólo se encuentran en la zona, pero como la suspensión delantera de Grommet no era más que una reparación de circunstancias, y la carretera hasta el valle estaba en muy mal estado, tomé la decisión de pasar, ¡y comprarle a Blanca un ejemplar del National Geographic en su lugar…!

Una cosa que te llama la atención en Etiopía es que, al igual que en Ruanda, toda la población parece estar de un lado para otro, las carreteras están llenas de gente con sus animales, y no tienen el menor instinto de conductores. Por casualidad, no hay un elevado número de coches privados en propiedad, todavía no, o las calles serían una carnicería.

Etiopía debe ser uno de los primeros países africanos en el que las bicicletas se usan para el transporte personal, así como para placer, y no sólo como un sucedáneo de dos ruedas de un camión pequeño. Aquí, en vez de un camión pequeño, hay, por supuesto, la mujer etíope, o si tienes dinero, un burro, o un burro y un carro, que constituyen otro peligro más en las carreteras. Los vehículos que sí existen aquí tienen espejos e indicadores sólo por motivos de estética, y nunca se usan, y para proteger del sol al conductor, mientras están en marcha, cuelga de la ventana una gruesa cortina para dar sombra. Los etíopes son firmes creyentes en Dios y en Su habilidad para protegerles a todas horas, sobre todo, al entrar en un torrente de tráfico a gran velocidad, o al cruzar la carretera para saludar a un amigo, ¡y deben ser de los peores conductores de África! ¡Hemos visto más vehículos estrellados aquí que en cualquier otro sitio!

Otra cosa que te llama la atención al viajar por el país es la cantidad de mesas de ping-pong y futbolín que hay. Estos juegos parecen ser el principal pasatiempo nacional, junto con el intento de ser atropellados y ver fútbol.

De cualquier forma, de vuelta en la carretera, el paisaje hasta Awasa era maravilloso, muy accidentado, y sorprendentemente verde con praderas y bosques intercalados con la habitual maleza y pequeños riachuelos y ríos. Parece haber mucha agua en Etiopía, mucha más de lo que uno se esperaría.

En Awasa, nos quedamos en un pequeño camping llevado por una alemana y su marido etíope, la zona del parking era pequeña, pero la fantástica comida y los impecables baños y ducha desde luego compensaban la falta de espacio.

No hay duda de que Etiopía está rezagada respecto al resto de África en lo que respecta a los cajeros automáticos, y a las formas de conseguir dinero, algunos bancos cambian dólares y euros, pero casi no hay mercado negro para el dinero, y las tarifas son muy pobres.

Ahora hemos dejado atrás a los africanos que gritan “muzungu”, para sustituirlos por “tu, tu, tu”, junto con “dame dinero, bolígrafo, libro, reloj, camiseta, etc.”, o gritos de “una cerveza” de los lugareños.

Mientras estábamos en Awasa, además de conseguir algo de dinero, y de ponernos al día de las cosas en el ciber-café, le echamos un vistazo al lugar de excepcional belleza natural de la zona, el Lago Awasa, pero vimos que olía un poco como un baño africano, aún así, mantuvo el interés de Blanca durante un rato, con la abundancia de lugareños desnudos (ojo con las mambas negras), pero al final el olor era demasiado para ella, incluso con la distracción.

También recibimos la mala noticia de que nuestros inquilinos habían presentado su renuncia, y habían decidido regresar a Australia. Esto creó un ataque de pánico, con nosotros pensando en abandonar al pobre Grommet en alguna parte, y en un regreso prematuro a Europa. Por suerte, mi mejor amigo, Tim, y nuestros amigos en Londres, se pusieron a ello, y realquilaron la casa, por lo que les estamos sumamente agradecidos.

Con un poco de moneda local, nos dirigimos al balneario de fuentes termales de Wondo Genet, para darnos un remojón caliente. Situado en un bosque con un pequeño jardín, con colobos y cercopitecos verdes incluidos, el balneario es precioso, aunque un poco extraño desde el punto de vista arquitectónico. No creo que el lugar vea a muchos viajeros como nosotros, ya que para cuando monté la tienda de campaña del techo, habíamos reunido a un pequeño público, y atraído la atención de un equipo de filmación de televisión, que estaban produciendo un documental sobre el turismo local. El director, Michael, y su equipo, me iban a entrevistar más tarde, en la piscina, acerca de nuestros viajes, y nuestras impresiones de Etiopía en particular. En las fuentes termales también conocimos a algunos lugareños de Addis, que nos iniciaron en el plato nacional tradicional, llamado Injera. Imagina un trozo de espuma gris, o una toalla de bar, con una variedad de carne picante, o estofado de verduras por encima. El arte de comer Injera es arrancar un trozo de “espuma” con la mano derecha, recoger algo del guiso, y llevártelo a la boca, intentando evitar la ropa por el camino. Debo decir que los guisos están de verdad muy buenos, pero en cuanto a la “espuma vieja”, ¡el jurado está deliberando! Sería fantástico si pudieras olvidar la espuma a cambio de arroz o pan ácimo indio. Incluso cuando hay arroz en el menú, es virtualmente imposible conseguir una combinación de arroz con el plato típico.

Dejamos las fuentes termales, y salimos hacia el Lago Langano, un poco más adelante por la carretera. El lago es de un color extraño, un poco como una taza de te fuerte con un chorrito de leche, resistimos la tentación de bañarnos, ¡con bilharciasis o sin bilharciasis! Aquí nos reunimos de nuevo con el grupo de Addis. El Lago era otro sitio más al que los ricos de Addis van a relajarse, y a desahogarse, con el esquí acuático, las motos de agua, los caballos, además de beber, mascar “chat” (una especie de estimulante suave), y hacer fiestas hasta bien entrada la madrugada con música a todo volumen en las radios de los coches. No es precisamente la imagen que uno tiene de una nación asolada por la pobreza, que se muere de hambre, ¡la tercera más pobre del mundo! Agradecimos la novedad de ver a los “lugareños” fastidiados, y cómo les cobraban un dinero ridículo por las cosas, “¿cuánto por esa calabaza?” Tras pasar una muy mala noche, demasiadas radios a todo volumen, nos dispusimos a encontrarnos con nuestros nuevos amigos en otro balneario de fuentes termales en Sodere, con su piscina caliente de tamaño olímpico, de camino a Addis Abeba. Era raro ver esta enorme piscina vacía, y la piscina para “niños” llena, como descubres enseguida al viajar por este continente, ¡muy pocos africanos saben nadar!

Creo que ya he tenido bastantes fuentes termales por una temporada, ¡y me empiezo a sentir como una verdura hervida!

Addis Abeba es una enorme ciudad, caótica, descontrolada, y polvorienta, en la que  cabras, burros, vacas, y mendigos se mezclan con el tráfico de las calles, y las decadentes chabolas se codean con los lujosos rascacielos nuevos. De alguna manera, conseguimos abrirnos paso a la fuerza hasta el Hotel Taitu, el más viejo de Addis, situado en el barrio de Piazza. El hotel no es el mejor, y ha conocido días mejores, me viene a la cabeza un colonialismo marchito, con el personal casi superando en número a los huéspedes. Los primeros tres días tuvimos escasez de agua, que se resolvió sólo cuando nos negamos a pagar. Aún así, es bastante barato, está bien situado, y es un buen lugar de encuentro para los viajeros. Por alguna razón desconocida, uno tiene que coger una habitación, ¡aunque estuviéramos acampando! Pensamos subarrendar la habitación por horas para ganar algún dinero extra, pero a juzgar por la cantidad de condones usados por todas partes, ¡creo que el hotel ya tiene ese mercado cubierto! ¡Al menos, algunos etíopes han adoptado una actitud responsable hacia Addis, y el crecimiento demográfico! En el aparcamiento del hotel, nos encontramos de nuevo con Edouard y Sandrine, que, junto con Bernard, Sonia y Anni, ya llevaban bastante más de un mes esperando el visado para Sudán. Luego se nos unieron los “contables” Ivan y Rachel, a quienes habíamos conocido en Kampala, y que también iban de camino al norte, y después Walter, Christine, y su perro Dime, de Bélgica, que viajaban al sur en un viejo Range Rover. Toda una pequeña familia de habitantes del aparcamiento… En Inglaterra, creo que nos llamarían “viajeros”, ¡y la policía nos ordenaría que nos fuéramos! Pero supongo que aquí al menos pagamos por nuestro sitio.

La mendicidad es un problema tremendo aquí en Etiopía, casi todo el mundo quiere algo, aún tengo que encontrarme a un niño de aquí que no tenga hambre, que no quiera un bolígrafo o dinero, cuyos padres todavía vivan, y que no sea un estudiante en apuros, etc. Los mendigos inmovilizados se pueden transformar en atletas internacionales, e incluso los “ciegos” pueden detectar de alguna manera una “cara blanca”, y cruzar la carretera para pedir. Lo que da verdadera rabia es cuando los mendigos pasan por encima de la gente que va en sus BMWs, Mercedes, Range Rovers y Land Cruisers para dirigirse a la pobre persona blanca, normalmente un turista, apretujada en un minibús de aquí, ¡para pedir dinero! No hay duda de que este país tiene la mayor cantidad de mendigos que hemos visto hasta ahora, y vale, alguna gente es visiblemente pobre, pero la mendicidad y la cantidad de mendigos es de verdad un problema, sobre todo, si eres extranjero, y es algo que realmente tiene que ser tratado por el gobierno etíope. La avalancha de ONGs y de “bienhechores” tan sólo parece empeorar la situación y la dependencia de la ayuda extranjera. ¡Es casi imposible ir a algún sitio en este país sin que nadie esté tendiendo la mano y pidiendo algo!

Bueno, antes de poder solicitar nuestros visados sudaneses, teníamos que conseguirle a Blanca otro pasaporte más de la embajada española, el que habíamos obtenido en Mozambique ya estaba por debajo del límite exigido de seis meses. La burocracia, ¿no te encanta? De todos modos, el personal de la embajada española fue muy servicial, incluso llegando a saltarse las reglas un poco para ajustarse a nuestras necesidades.

Con un nuevo pasaporte en las manos, ahora íbamos a por la siguiente trampa, solicitar los visados sudaneses. Sentados en el aparcamiento del Taitu, habíamos oído muchas historias de terror, sobre gente esperando hasta dos meses sin resultado, otros que han ido en avión hasta El Cairo consiguieron los visados en cuestión de horas, y luego se habían vuelto, mientras que otros simplemente han cruzado la frontera ilegalmente sin visado, ¡y han ido con el problema a Khartoum!

Habíamos conocido al cónsul sudanés en Lusaka, que nos dio el nombre de un amigo y contacto en la embajada aquí en Addis, con suerte esto podría atajar algunas de las formalidades. Pero parece que aunque conozcas al embajador, puedes tener problemas, al parecer todas las solicitudes de visados de aquí tienen que ser aprobadas por Khartoum, o al menos ¡eso es lo que te dicen! Todas las visitas para comprobar la situación de nuestra solicitud eran recibidas con mala educación, insolencia, poco respeto, ¡y siempre con un “tal vez mañana”!

Mientras estábamos en Addis, nos encontramos de nuevo con Michael, y antes de que nos enteráramos, estábamos preparados para salir, con Nando, un ciclista español que estaba dando la vuelta al mundo, en “Meet ETV”, presentado por Tefera Gedamu, el homólogo etíope de Michael Parkinson. Tras una rápida entrevista, nos grabaron, y luego salimos en un programa de media hora en la National TV hablando de nuestros viajes, de Etiopía, y del problema con la embajada sudanesa y la solicitud de los visados.

Por suerte, aquí en Addis, si no te hace mucha gracia el “plato típico”, hay algunos platos de pasta espléndidos, un café magnífico de viejas máquinas de espresso, y deliciosas tortas con nata, gracias a Dios por Mussolini y la ocupación italiana. La comida aquí es muy barata, ¡y una comida para dos con bebidas puede valer menos que un paquete de bacon! Es tan barato comer aquí que no hemos cocinado desde hace semanas, y si no conseguimos los visados pronto, tendremos que apuntarnos al gimnasio local, para rebajar los efectos de la nueva dieta de pasta.

Mientras hemos estado esperando, he estado ocupado, entre visita y visita a la embajada, arreglando algunos problemas de Grommet. Localicé un repuesto para el muelle de la suspensión roto, cambié el aceite, ahora tenemos un voltímetro operativo, y Jonathan, de Crozier 4x4, me envió un par de tubos para el radiador del aceite que habían empezado a supurar. Luego, había otros Rovers que necesitaban atención, como cambiar los amortiguadores traseros, y colocar un equipo de reparación de cojinetes en el Defender 110 de los “contables”, y acompañar a Walter a un garaje de por aquí para supervisar el repuesto de la bancada de motor del Range Rover, y las reparaciones varias del sistema de escape y la suspensión.

Los que viajan al sur, vienen y van, y los muchos turistas informales pasan para ver qué hacemos en el aparcamiento del hotel, y desaparecen a sus excursiones guiadas, y vuelven y nos encuentran esperando todavía los visados.

Tras dos semanas y media de espera, nos hartamos de los “tal vez mañana”, y urdimos un plan con el grupo francés, que estaban ya en su séptima semana de “tal vez mañana”, para volar a El Cairo y conseguir los visados allí, a pesar del precio de dos billetes de avión de ida y vuelta. Esta era de verdad la única opción que nos quedaba, y era una forma de conseguir los visados con certeza. Incluso probamos en la embajada británica en Addis, donde la señora del mostrador dijo que serían al menos otras cuatro semanas antes de que pudieran siquiera intentar cualquier comunicación con la embajada sudanesa, ¡y total, por qué queríamos ir a Sudán! Al final, fuimos ocho a Egypt Air, y reservamos los vuelos, como éramos un grupo tan grande, conseguimos unas condiciones bastante buenas.

Llegó el miércoles por la mañana, y cogimos todos el vuelo de las 4 de la mañana a El Cairo, que llegaba a las 8.30 hora local. Nos separamos, y nos dirigimos a nuestras varias embajadas a por cartas de recomendación. La carta del Reino Unido sólo dice que su Majestad Británica ya no expide cartas de recomendación, y por eso, nosotros los británicos tenemos que pagar 20 libras. La embajada británica en El Cairo era todo lo contrario de la de Addis, amables, educados, y eficaces, ¡y con personal que hablaba y entendía inglés! Con nuestras cartas, impresos, y fotos en la mano, se trataba sólo de dar un rápido paseo hasta la embajada sudanesa a la vuelta de la esquina. De nuevo, un contraste total con su equivalente en Addis, amables y serviciales, incluso había un pequeño café para comer o beber algo mientras esperas. Nos dijeron que volviéramos en dos horas, cuando ya estarían listos los visados. La recepcionista fue incluso tan amable de anotar la dirección en árabe para que se la diéramos al taxista ¡si lo necesitábamos! A excepción de Ivan y Rachel, “los contables”, ninguno de nosotros había estado en El Cairo, y menuda diferencia con respecto a Addis, sin mendigos, sin líos, sólo el ajetreo y el bullicio de una enorme metrópoli, pero el tráfico era demasiado… ¡por qué usar sólo dos carriles para dos coches si puedes meter hasta cuatro! E intenta ver un coche sin algún tipo de daño en la carrocería. Me recordó un poco a Madrid en España. Si quieres escapar del tráfico, te puedes escapar al metro, y coger el metro muy barato, en el que los dos primeros vagones están reservados para mujeres, y para algún que otro extranjero. Nos sorprendió a todos la cantidad de gente que nos dio la bienvenida a El Cairo o a Egipto, fue una agradable novedad con respecto a Addis y al esporádico “¡vuelve a tu país!” Tras un pequeño almuerzo, volvimos un momento a la embajada, y en efecto, allí estaban los pasaportes con los brillantes visados y todo, así sin más, pareció tan fácil que nos sorprendimos todos un poco.

Así que con nuestros pasaportes de vuelta, aprovechamos para convertir nuestros visados egipcios en uno de entrada múltiple, y solicitar un visado libio. Sí, lo has adivinado, la ruta de vuelta está cambiando una vez más. Una investigación en la embajada siria dio como resultado que sólo era posible conseguir el visado en nuestros países de origen. Se puede conseguir en la frontera, pero está muy lejos, ¡y hay que volver! Con todos los visados, y las solicitudes y otros papeleos oficiales ya quitados de encima, nos quedaba tiempo suficiente para una cena de celebración, y la ocasión de hacer la parte turista, y ver los lugares de interés. Blanca quería ver las pirámides, pero perdió la votación en favor del Museo de El Cairo, los tesoros de Tutankamon, y un paseo por el barrio musulmán, antes de salir hacia el aeropuerto para coger el vuelo de regreso a Addis.

Llegamos todos a Addis sintiéndonos extrañamente como nuevos, a pesar de la visita relámpago de tres días a El Cairo, y teníamos todos los visados importantes para Sudán, así que ya no había nada que nos impidiera ponernos en marcha. El grupo francés salió casi inmediatamente, ya habían visto todos los lugares de interés, seguidos rápidamente por Ivan y Rachel, con nosotros siguiéndoles más tarde, como siempre, aún teníamos que hacer algunas compras, y aprovisionarnos. Al final, nos pusimos en marcha, en dirección al norte, a Weldiya. La carretera era de asfalto bueno, y enseguida estábamos compensando nuestra salida tardía, a pesar de los animales, y de los lugareños deambulando por la carretera. El paisaje era increíble, muy accidentado, con extensos y amplios cultivos. Se estaba haciendo de noche mientras parábamos en un motel, pero enseguida nos fuimos, cuando nos dijeron el precio por acampar en el aparcamiento, el doble que una habitación en Addis. Esperábamos encontrar algún sitio para acampar en el monte, pero como esto es África, se hizo de noche muy rápido, así que acabamos en el patio delantero de la gasolinera de un pequeño pueblo. Estaba extrañamente tranquilo, y los dos conseguimos cenar y desayunar en paz, lo cual es casi insólito aquí. Para evitar líos, nos levantamos muy temprano, y de hecho, estábamos en marcha a las 7.30. La carretera seguía subiendo, y en un punto, pasas por las montañas a través de una serie de túneles, el primero de los cuales resultó ser un poco una experiencia todo terreno, con baches llenos de barro y agua, ¡y para nada lo que me esperaba!

Tras tanto tiempo en Addis, creo que nuestras baterías habían bajado al voltaje mínimo, y ya se niegan a recargarse, así que intentaremos cambiarlas en Egipto, y tal vez intentar conseguir también un panel solar.

Después de Weldiya, el asfalto deja paso a una carretera de grava pedregosa. ¿Por qué casi todos los lugares de interés de Etiopía son accesibles sólo por las peores carreteras? Al subir hasta Dilb, el pobre Grommet sufría, es una larga y continua subida de 3.500 metros, y a mitad de camino, se detuvo con gran estruendo de frenos. La bomba eléctrica de combustible estaba bombeando, pero no sacando combustible, ah, y el freno de mano se había roto por el camino, así que Blanca ahora tenía que saltar y colocar una piedra detrás de la rueda, para gran regocijo de los grupos de niños que se habían congregado. Luego empiezan con “dame bolígrafo, dame dinero, comida, libro, camiseta, pantalones cortos, zapatos, reloj”, o cualquier cosa que pudieran ver en la cabina del conductor. Tras 20 minutos así, por fin pudimos ponernos en marcha, pero sólo por unos 200 metros. Grommet se paró de nuevo, y nos rodearon los mismos niños, que entonces procedieron a hacer el mismo número de antes, y les dimos las mismas respuestas de antes, ¡no!, ¡no!, ¡no! Así siguió hasta que al final Grommet decidió, tras media docena de intentos, ponerse en marcha, y pudimos dejar atrás a los niños con las manos vacías. Mientras seguíamos subiendo, había gente con sus burros por todas partes, pero todos iban en la misma dirección, ¡hacía arriba! Cerca de la cima, se empezó a ver la razón de esta extraña migración, había un puesto de ayuda alimenticia, y daban sacos de trigo canadiense como parte de la ayuda estadounidense.

Llegamos a la cima, y los dos estábamos exhaustos por la subida, y el tratar con los niños, así que era momento de encontrar algún sitio para pasar la noche. Por casualidad, encontramos un lugar “tranquilo”, lejos de la carretera, en un sitio que se traduce como “Campo de Zorros”. Inmediatamente, se nos unió un pequeño grupo de niños, que tuvieron que mandar a buscar un hablante de inglés para pedir bolígrafos, dinero, zapatos, etc., etc. Por suerte, el chico era lo suficientemente viejo, y con el inglés lo suficientemente nuevo para la conversación para ir más allá de la petición inicial de cosas, y pasamos un interesante par de horas charlando sobre Etiopía y sus problemas con la pobreza, la ignorancia, y la superpoblación, entre otras cosas, hasta que se hizo de noche, y se fueron a casa ¡por miedo a un ataque de hienas! Hasta que los niños no se hubieron ido, no nos dimos cuenta de que faltaba nuestro cuenco azul de plástico. Nos retiramos adentro, ya que, a esta altitud, vaya si hace frío, y nos estábamos tomando un sándwich, cuando nos llamaron desde fuera, el chico había descubierto que uno de los niños se había llevado nuestro cuenco, ¡y lo traía de vuelta! Ese no fue el único golpe de suerte allí, ¡ya que vi un par de zorros etíopes poco comunes!

Siguiente parada, Lalibela, y sus iglesias monolíticas. La guía describe el viaje hasta Lalibela como “bastante largo y difícil”, y no se equivocan, a pesar de la carretera bastante decente, hay desde luego la satisfacción de haber logrado llegar allí al final. Nos encontramos con “los contables”, Ivan y Rachel de nuevo por el camino, y seguimos juntos hasta que la última subida empinada detuvo a Grommet otra vez. Una vez que nos pusimos en marcha de nuevo, nos reunimos en el hotel Seven Olives, encontramos un guía, y nos preparamos para ver las iglesias por la mañana.

Las iglesias son sencillamente espectaculares, al estar talladas en roca viva, y ahuecadas, y por último, decoradas y cubiertas de misticismo cristiano. El primer grupo de iglesias que visitamos representaba a las terrenales Belén y Jerusalén, y al día siguiente, visitamos el grupo que representa el cielo, y esto es probablemente lo más cerca que llegaré a estar. Mi iglesia favorita tiene que ser “Bet Giyorgis”, o la iglesia de San Jorge, con forma de Cruz del Cruzado, es sencillamente deslumbrante. Y por supuesto, no te puedes perder el grupo de mendigos que parecen una escena de la película de los Monty Python “La Vida de Brian”. “¡Dale unos céntimos a un ex leproso!”, y mi favorito, el mendigo sentado bajo un bloque de cemento sujetado por unos pocos filamentos de alambre… ¡ah, es por unos corta alambres, y una rápida prueba de fe!

¡Después de esta maravilla de iglesias, no puedes evitar pensar lo que le ha pasado a Etiopía desde entonces!

¡Bueno, desde luego no construir carreteras! Nos dirigimos de vuelta a Weldiya, hasta la pista del Lago Tana, y Grommet estaba ya en serio haciendo de las suyas, y en la empinada subida a Gashena, volvimos a las paradas a cada medio kilómetro más o menos, rodeados de multitud de niños estúpidos que bajaban en tropel por la ladera ¡para pedir cada vez que parábamos! ¡Obviamente, esto era un infierno…! ¡Fue un milagro que llegáramos a Gashena y al cruce sin que Blanca o yo matáramos a alguien!

Evidentemente, a Grommet le hacía falta una revisión, encontramos un pequeño hotel en una ciudad llamada Nefas, y nos registramos. Por la mañana, me puse a trabajar limpiando todos los filtros del combustible, y vaya si estaban sucios, vacié el depósito, y lo volví a llenar, y conseguí arreglar el freno de mano. La noche anterior, el hotel había sido invadido por un grupo de jugadores de hockey, y después de que terminara de trabajar en Grommet, los jugadores nos invitaron al comienzo del torneo regional allí cerca. Enviamos un mensaje a “los contables”, con nuestra situación, y salimos hacia la cancha del colegio local para la ceremonia de inauguración. Según llegamos, fue como si Posh y Becks se hubieran pasado por allí, ¡estábamos asediados! La intención era estar unos minutos, y luego escaparnos, pero la huida fue imposible, sobre todo cuando Ivan y Rachel llegaron ¡aumentando el número de blancos a cuatro! Así que allí estábamos sentados como famosos con los dignatarios de la zona, y nuestros guardaespaldas. Los nueve días de juegos empezaron con una exhibición de equitación local, después una presentación de los equipos, seguida de un poco de lucha etíope, bueno, parecía más bien forcejeo, antes del primer partido de hockey de verdad, Estábamos viendo los juegos, y probablemente más del cincuenta por ciento del público ¡nos miraba a nosotros! Lo pasamos genial, y fue una mirada inesperada a otro aspecto de la vida etíope, pero era hora de ponerse en marcha de nuevo. Grommet estaba mucho más feliz tras su revisión. De todas formas, la carretera es terrible, pedregosa, polvorienta, y lenta, lo que hace más fácil para los niños de la zona asediar el coche, o usarlo como objetivo para tirar palos o piedras. Tuvimos mucha suerte de que no se rompiera nada, pero sabemos de gente a la que le rompieron las ventanas, y un par de ciclistas que tuvieron que recibir asistencia médica por cortes en la cabeza por piedras que les habían tirado.

Después de un día de conducción muy largo y duro, por fin llegamos a la estupenda carretera nueva de asfalto entre Bahir Dar y Gonder. Al llegar a Bahir Dar, paramos en el hotel Ghion, y nos topamos con Tony, el ciclista al que habíamos visto por última vez en Addis, ahora estaba viajando a lo grande, en un Land Rover 110, con una pareja sudafricana. Tony se había cansado de que los lugareños le fastidiaran, e incluso se estaba pensando ir en avión con su bici a El Cairo. En el Ghion, conocimos a una pareja australiana que viajaba por todo el mundo en una Harley Davidson Electroglide, ¡y yo que pensaba que yo estaba loco! También conocimos a Tom y Jan, una pareja canadiense que iban de Ciudad del Cabo a El Cairo, y de allí a Londres, en un Toyota Land Cruiser muy bien equipado. Como éramos un grupo bastante grande, conseguimos un buen descuento en las excursiones para turistas a los monasterios del Lago Tana, el origen del Nilo Azul, y de las Cataratas del Nilo Azul, que tuvimos la suerte de ver con algo de agua, ya que, al igual que las Cataratas Victoria, Zambia, casi toda la corriente se desvía para producir electricidad. Después de Bahir Dar, volvimos a la carretera de asfalto suave como la seda, y a Gonder, ¡estos etíopes de verdad están malcriados! En la Pensión Belegez, en Gonder, se nos unieron una vez más Tom, Jan, Tony y los sudafricanos Pita y Lion, un pequeño grupo, le coloqué a Grommet algunos filtros más antes de hacer las cosas de turistas, y ver los magníficos palacios de allí. Deben haber sido bastante espectaculares en su día. Mientras estábamos en Gonder, conseguí convencer a Tom, Jan, y a Tony para evitar líos, a los niños, y la horrible carretera hasta Lalibela, y volar hasta allí.

De hecho, si pensara hacer una visita en el futuro a Etiopía, iría en avión hasta Addis Abeba, y la usaría como base, y después iría en avión a todos los lugares de interés, procurando así que los “¡Tu! ¡Tu! ¡Tu!” fueran mínimos. En cuanto a la constante mendicidad de casi todo el mundo, ricos y pobres, Etiopía debe estar considerada como el peor país de los que hemos visitado hasta ahora, peor que Ghana, y las peticiones de visados, y Congo DRC.

Bueno, tras las cosas de turistas por el norte, al fin estábamos en la carretera de grava serpenteando a través de las últimas montañas de Etiopía, en dirección a la frontera con Sudán, en Metema. Todo el que hemos conocido ha dicho que la gente sudanesa es maravillosa, y respeta tu espacio. De verdad espero que eso sea verdad, ya que será estupendo estar de nuevo lejos de la civilización, y acampar en el monte lejos de todo el mundo, ¡e intentar recuperar algo de cordura…!

¡Por fin asfalto!


Acampando en el monte


Peligro en la carretera


Casa de hobbit


Colobo negro y blanco


Fuentes termales de Wondo Genet


Paparazzis


Michael y el equipo


Arquitectura extra–a


Amigos de Addis


Lugare–os divirtiŽndose


Sufriendo, supongo que no


Nando, la vuelta al mundo en bici


Los habitantes del aparcamiento


ÁÁÁUmm, Injera!!!


Conoce (en ETV) a los turistas


Volando a El Cairo


Los m’ticos visados


El equipo con nuestros visados


ŔC—mo?, Ŕno hay mendigos?


Casi podr’a ser Par’s


Los turistas


Mercado de especias


Ser’a un gran hotel


De vuelta en Addis


Addis


Pueblo de hobbits


Verdes campos de Etiop’a


Tanques rusos


Tanques rusos


Dentro de una iglesia en la roca


Iglesia de San Jorge


Sacerdote y las cruces sagradas


Iglesia de San Jorge


Un poco de iconograf’a


Otra iglesia en la roca


En busca del arca perdida


L‡stima de andamios


Caballos tradicionales


Presentando a los equipos de hockey


Observ‡ndonos, observ‡ndote


Lucha et’ope


Equipo de hockey y mascota


Tony, la vuelta al mundo en bici


Monasterio, Lago Tana


Arte en el monasterio


Cataratas del Nilo Azul


Nosotros en las cataratas


Los exploradores


S’, es una Harley


Dame un bol’grafo


Un palacio, Gonder


Dentro del palacio


Blanca


M‡s del palacio


Gonder


Transporte local


Trabajadoras restaurando los ba–os


Los ba–os


Los palacios reales