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Kenia, El Cuento de los Dos Pavos

Del 21 de diciembre al 9 de enero de 2006

Tras cinco horas de dura conducción desde las Cataratas Sipi en Uganda, llegamos a la pequeña frontera en el río Suam. Las fronteras pequeñas son geniales, y habitualmente ofrecen las mínimas latas y molestias, pero llegar allí es habitualmente un verdadero infierno, y esta no fue una excepción. ¡Incluso había pensado pedir que nos devolvieran el dinero del “impuesto para la financiación de las carreteras” de Uganda! Después de unas breves formalidades, estábamos ya en carretera llana de costra dura bien nivelada que acabó dando paso al asfalto.

El paisaje, a diferencia del resto del África oriental, tenía algo de aire sudafricano, con enormes granjas organizadas, y con modernos tractores “que funcionaban”, además de  otra maquinaria agrícola, e incluso invernaderos. La gran mayoría de las flores, rosas, lirios y ramos, etc., de las tiendas del Reino Unido, o de Internet, llegan totalmente listas desde Kenia y el África Oriental, que incluyen también muchas verduras y la mayoría de las verduras orgánicas, todo una locura, la verdad, si piensas en los costes de transporte, etc.

El paso de la frontera era tan pequeño que no había cajeros automáticos, y por culpa de la carretera desde Sipi, llegamos a Kitale tarde, y todos los bancos y casas de cambios estaban cerrados. Al parecer, había una casa de cambio que abría las 24 horas en Eldoret, que por supuesto estaba cerrada para cuando llegamos allí, esto es África, y nada es realmente lo que parece. El resultado final fue que teníamos un montón de chelines ugandeses, y no había ningún sitio para cambiarlos. Por suerte, Kenia está un poco más avanzada que sus vecinos, y tiene cajeros automáticos prácticamente en cualquier sitio, así que por lo menos pudimos conseguir algo de moneda local. Martin, el suizo de Kampala, nos había hablado de un camping estupendo a las afueras de Eldoret. El camping del río Naiberi estaba muy concurrido cuando llegamos, y era de noche, pero aún así conseguimos encontrar un sitio llano para instalarnos, y llamar para pedir algo de comida antes de darnos una buena ducha caliente. Naiberi pertenece a Raj, un magnate textil indio de allí, y lo lleva Ash, al que normalmente se puede encontrar o detrás de la barra o con la cabeza metida en un buen libro, y es un gran filósofo. Tras la cena y unas cervezas en el bar, que está dispuesto un poco como una cueva o gruta, y que tiene un arroyo que lo atraviesa, así como una enorme chimenea central, pues las noches kenianas pueden ser muy frías, nos retiramos a la cama. A la mañana siguiente, mientras se iban los diversos grupos, aprovechamos la ocasión para ponernos al lado de una de las bandas, que están muy bien equipadas con un gran lavadero para hacer la colada, luz, una barbacoa enorme, y mucho espacio para sentarse a holgazanear y relajarse. Después de una charla rápida con Raj, conseguimos cambiar todos los chelines ugandeses, por medio de su hermano. Ahora estábamos como en un dilema, sobre qué hacer con la Navidad. Normalmente procuramos evitarla por completo, pero teníamos que elegir si nos quedábamos o seguíamos adelante, y correr así el riesgo de acabar en algún sitio desagradable. Mientras intentábamos decidirlo, de algún modo me había puesto a buscar una solución a la falta de agua del camping con unos fontaneros de la zona, cuando llegó una llamada de Raj para decir que había pedido cuatro pavos, y que íbamos a cocinar uno de ellos. Así que entonces supongo que ya estaba decidida la Navidad, pero ¿quién iba a cocinar los otros? Una rápida charla nos desveló que esperaban un camión a las 12 en punto, el día de Navidad, ¡y que iban a cocinar los otros pavos! Ahí fue cuando las cosas se nos fueron de las manos, como el camión llegaba a las 12 no tendrían mucho tiempo para preparar “sus” pavos, ¡por lo que de alguna manera nos asignaron el trabajo…! ¡Sólo había un pequeño problema! Nunca había cocinado un pavo, ¡como para cocinar dos! El mayor número de personas para el que yo había cocinado era 12, y Raj esperaba por lo menos de 40 para arriba, y esto iba a ser la inauguración oficial del nuevo camping. ¡No hay nada como un poco de presión! Tuvimos que ir a la ciudad a ver los correos electrónicos, así que, ya que estábamos en Internet, echamos un vistazo rápido en google y nos bajamos una receta de pavo asado. Nos encontramos con Raj de nuevo para dar una vuelta rápida por su fábrica, y para comer curry con los miembros del Club Automovilístico de Kenia Occidental.

Con una receta en nuestras manos, no hacía falta más que conseguir los ingredientes e investigar dónde podíamos cocinar los dos pájaros. Raj me dijo que cogiera el pequeño Jeep Suzuki de Ash, me dio las indicaciones hasta su vieja casa, y me mandó a encontrarme con Carol, su cocinera. El paseo en el pequeño Suzuki fue sin duda interesante, dando botes por el camino de tierra hasta la casa. Debo admitir que me esperaba lo peor; ya había visto algunas cocinas africanas, y me esperaba que fueran del tipo para quemar madera, pero para mi sorpresa y alivio, había una cocina bien equipada con dos hornos eléctricos que funcionaban.

Tras una rápida conversación con Carol, revisé la lista de la compra, y volví al camping. Al día siguiente era “Nochebuena”, cogimos el Suzuki para ir a la ciudad, donde nos reunimos con Raj de nuevo, ¡y nos fuimos a las tiendas! Eldoret está bien provista de supermercados, y debimos visitarlos todos. Raj quería que la inauguración fuera algo especial. En la panadería, compramos pan, ajo, y salchichas envueltas en hojaldre (¡que no es moco de pavo en una ciudad musulmana en su mayoría!) Luego fuimos a la fábrica de queso, sí, una fábrica de queso, a probar y a comprar queso, antes de ir por último al mercado de frutas y verduras. Era increíble ver a los africanos paralizados por la misma locura de Nochebuena que se ve en Europa, con carros de la compra llenos de esas cosas esenciales no esenciales, y con las compras angustiosas de última hora, lo que siempre me parece una locura, y un poco inmoral. Las tiendas estaban de bote en bote, ¡y para cuando volvimos estábamos los dos agotados!

Estaba contento por haber conseguido convencer a Raj de hacer una cena a las seis, y no un almuerzo a las doce, así que teníamos un poco de tiempo para relajarnos y recuperarnos por la mañana. A las once, salté al Suzuki, y di tumbos por la casa. Había 10 kilos de pavo, así que enseguida nos pusimos a trabajar. Mientras yo limpiaba los pájaros, Blanca preparaba el relleno para mi receta modificada. Puse los dos hornos a precalentar, pero el temporizador apagó uno, qué desastre, con el temporizador inmovilizado, al final rellenamos los dos pavos, y los pusimos a asar. Lo siguiente eran 2 kilos de pasta para una ensalada de pasta, Blanca hizo algo de mayonesa fresca para la ensalada de patatas, mientras yo preparaba las verduras para la ensalada, y un sofrito, así que por lo menos los vegetarianos no se morirían de hambre. ¡Todo era actividad frenética! Entretanto, Carol y sus empleados preparaban comida tras comida para el viejo camping. Con todo bajo control, volvimos disparados al camping, para que Blanca se pudiera cambiar, y pudiéramos charlar un poco antes de volver para terminar.

De vuelta en la Central del Pavo, los dos pájaros estaban bien, y estarían listos en media hora, así que había tiempo suficiente para hacer puré de patatas, el sofrito, y la salsa, antes de cortar los dos pájaros… ¡qué ocupados!

Siempre me asombra cómo las cosas se interrelacionan aquí en África. Martin, el suizo, había vendido su Toyota Surf a Raj, antes de volver a Kampala y a Suiza, y ahora aquí vamos a usarlo para llevar la cena de Navidad a la multitud que aguardaba, al cambiar el Suzuki por algo más suave.

Fue bastante satisfactorio ver desaparecer toda la comida, y a todo el mundo pasándolo genial, la única queja fue que “¿dónde estaban los Yorkshire puddings?”

Con el pánico ya pasado, por fin nos podíamos sentar y relajar con Raj y Ash mientras nos tomábamos unos Jack Daniels dobles, ¡y celebrábamos de verdad la Navidad!  

Por desgracia, el inconveniente de un poco demasiado espíritu navideño es que te hacen falta un día o dos para recuperarte, así que el Boxing Day (día 26, festivo en Gran Bretaña) lo pasamos relajándonos haciendo tareas, y preparando la historia de Uganda.

El problema de un lugar fabuloso, y de una gente fabulosa, es que siempre es difícil despedirse, y ponerse en marcha, lo habíamos pasado fenomenal con Raj y Ash, y si alguna vez estáis en Eldoret, echadle un vistazo al Camping del Río Naiberi (N 00 26 862, E 035 25 327), debe ser uno de los mejores campings que hemos visto en África hasta ahora.

Salimos del camping, y seguimos por la carretera, evitando así la muy mala carretera de Eldoret a Nakuru. La carretera era bastante buena, y el paisaje era impresionante, con un aire alpino, por encima de la escarpa sobre el Rift Valley. Según nos acercábamos a Nakuru, el problema de combustible de Grommet volvió conjuntamente con un pinchazo. Así que en vez de arriesgarnos a desperdiciar el caro precio del aparcamiento arreglando el coche, optamos por quedarnos fuera, en el Camping Kembu. Le di una buena limpieza a las arterias de Grommet, y arreglé el pinchazo en la cámara (¡las espinas de acacia son una verdadera pesadilla!), y le regalé por Navidad un juego nuevo de bujías de encendido. Parecía que funcionaba, mientras dábamos un problemático paseo gratis por el Parque Nacional del Lago Nakuru. Ya había estado antes en el Lago Nakuru de pequeño, y lo recordaba como un lago en el monte lleno de flamencos rosas, pero ahora es un poco como un parque en el centro de una ciudad, algo así como Ngorongoro con paredes de cráter hechas por el hombre. Aún así, a pesar de su situación, y del hecho de que su frágil ecosistema esté bajo la constante amenaza de la ciudad, está repleto de flora y fauna, y bien vale la pena la visita. Aparte de la abundante población de flamencos, que vuelven rosa la orilla del lago, y son bastante cómicos de observar, vimos tanto rinocerontes blancos como negros, junto con los habituales búfalos, gacelas, reedbuck, etc., de hecho, me sorprendió ver un hipopótamo que se dirigía a la orilla mientras hacía fotos a algunos flamencos, y tuve que poner pies en polvorosa, y volver a la seguridad de Grommet. ¡Aunque seguía sin haber leopardos…!

Para que no subieran los gastos, dejamos el parque y acampamos en el Hotel El Dorado, un sitio muy “africano” que había visto tiempos mejores, pero que era barato, limpio y conveniente. Era un poco raro ver al vigilante nocturno de patrulla con arco y flecha ¡en vez del habitual palo enorme o Kalashnikov!

Por la mañana, nos dirigimos de vuelta a la ciudad de Nakuru, con el Año Nuevo acercándose rápidamente, ¡y Blanca estaba paralizada por una crisis con las uvas! Teníamos que encontrar uvas para la tradición española de las 12 uvas justo antes de que empiece el Año Nuevo para la suerte en los próximos meses, ¡y con nuestra situación financiera actual necesitamos toda la suerte que podamos conseguir! Nakuru es una ciudad bastante moderna, y tenía uvas sin pepitas de Sudáfrica por un dineral, así que con la crisis acabada, el siguiente problema era dónde pasar el Año Nuevo.                    

Tras dejar Nakuru, pusimos rumbo a las estribaciones del Monte Kenia a través de las densamente pobladas e intensivamente cultivadas tierras altas centrales, este es el país del café, y abundan otros cultivos industriales, intercalados con el bosque y la maleza seca. Parecía extraño pasar por un club de vuelo sin motor. Fue por la carretera donde nos encontramos con Tony, un canadiense de Hong Kong que va en bicicleta por África, en realidad le habíamos visto en Uganda, y habíamos pasado algo de tiempo con él en Red Chillies en Kampala. Había estado buscando refugio de los constantes gritos de “muzungu” y “¡eh amigo!” Estuvo bien verle de nuevo, y charlar en la carretera, para gran desconcierto de los lugareños allí reunidos. Esperábamos verle en Año Nuevo, pero después oímos que fue abatido por la venganza de Montezuma, y pasó las fiestas confinado en el baño. Hicimos una parada rápida en Nanyuki para sacar dinero del último cajero automático de la carretera al norte, y echamos un vistazo al “fabuloso y recién abierto” Nanyuki River Camel Camp, y lo encontramos abandonado y desierto, por lo que salimos hacia la carretera hasta el Hotel del Río Timau, otro sitio más llevado por indios, con cabañas de troncos y restaurante que tenían un aire colonizador americano. El sitio estaba limpio, con duchas muy calientes y un bufé magnífico, con una mezcla de comida europea e india. El dueño es un hombre muy interesante que tenía algunas historias fascinantes sobre la vida en esa parte de Kenia durante la rebelión Mau Mau de los 50.

Blanca había hecho planes para encontrarnos con los “Exploradores Franceses”, para Año Nuevo, y llegaron el 31. Estuvo bien verles de nuevo, oír sus noticias, e intercambiarnos historias, mientras Blanca preparaba las uvas para todos antes de ir al restaurante para el bufé especial de Año Nuevo. Para cuando llegaron las 12 en punto, casi todos se habían ido a la cama dejándonos sólo a nosotros, a los exploradores, y a los dueños, para celebrar el Año Nuevo con una botella de champán bastante grande. Los dueños indios estaban bastante desconcertados con la ceremonia de las 12 uvas, con una uva que se come al compás del repique de, en este caso, una cuchara en un tazón esmaltado. Pero el sentimiento estaba ahí, y si lo intentabas de verdad, era casi como si estuviéramos allí en la Puerta del Sol, en Madrid, España, ¡con el reloj dando las doce de la medianoche!

Al día siguiente hubo un poco de confusión con los “Exploradores Franceses”, y con cosas que se perdían en la traducción. Por alguna razón habían dado por sentado que viajaríamos juntos al norte, y que atravesaríamos Etiopía por Banya Fort junto al Lago Turkana. Como no era una frontera reconocida, no queríamos arriesgarnos a que nos hicieran volver en la frontera, o a enfrentarnos con la burocracia en Addis Abeba. Así que nos fuimos cada uno por nuestro lado, los “exploradores” al norte, y nosotros a las Reservas Nacionales de Buffalo Springs y Samburu.

En Isiolo acaba el asfalto, y nos hicimos una idea de la mala reputación de la carretera de Isiolo a Moyale, 600 km. de pista dura, muy ondulada, y muy posiblemente la peor carretera de toda África, por la que Kenia, como nación africana desarrollada, debería avergonzarse. Al menos, sólo tuvimos unos 25 km. antes de desviarnos hacia el parque.

Los parques eran fantásticos, y bien valían el rodeo, ya que ofrecían mucha flora y fauna, a pesar del paisaje seco cubierto de maleza. Además de lo habitual, hay algunos animales menos habituales, como la gacela-jirafa, y la cebra de Grevy de elegantes rayas. También vimos bastantes elefantes y leones, incluyendo la famosa leona que tiene la manía de adoptar crías de orix huérfanas.

Después de los parques, salimos hacia el norte y el Lago Turkana, estábamos ahora en la Kenia realmente agreste, a la que muy poca gente va, las tribus de la zona aún llevan los ropajes tradicionales, y se puede encontrar a los animales salvajes fuera de los confines de un parque, pero lo malo es que se supone que ¡hay un alto riesgo de bandolerismo! La zona es seca, árida, montañosa, y bastante inhóspita, pero la carretera de costra dura es en realidad bastante buena, pero exige mucha imaginación, suerte, y un GPS para llegar a donde quieres ir. Justo después del parque, había parado a hacer una foto, y por alguna razón, acabamos llevando a un samburu de la zona que sólo hablaba suahili. Estaba muy agradecido por llevarle, habíamos reducido su viaje en diez días, y le dio a Blanca un collar, sobre todo, porque nos desviamos un poco para dejarle en Wamba, su pueblo.

Decidimos ignorar el tema de la seguridad, y acampamos para pasar la noche en el lecho de un río seco, y pasamos una noche muy tranquila. Por la mañana, se nos unieron algunos lugareños con vestidos tradicionales para tomar café y galletas (una forma más barata y más gratificante de conseguir una foto que dar dinero). Al ponernos en marcha, ¿a quién nos encontramos justo por la carretera en Barsaloi?, a los “Exploradores Franceses”, que se quedaron flipados al vernos, puesto que nos llevaban una ventaja de 24 horas. Les dejamos de compras, y seguimos adelante, y tuvimos un pinchazo justo fuera del pueblo, delante de un campamento del ejército, ¡no es precisamente el mejor sitio para parar! El comandante de la base y su sargento salieron a investigar, e incluso me echaron una mano para cambiar la rueda.

Pasamos otra noche en el monte, bajo el cielo del desierto iluminado por las estrellas, tras un día de dirección a no sabemos dónde, con algunos “interesantes” caminos rocosos, estrechos, y empinados por el monte, en los que en circunstancias normales Blanca se habría bajado y se habría ido andando, pero al no estar segura de en qué humor estaba yo, decidió quedarse dentro por miedo a que la dejara atrás…

A medida que nos acercábamos al Lago Turkana, uno empezaba a ver los efectos de la sequía que se apoderaba de la zona, con cadáveres de cabras y vacas desperdigados por todas partes. Sigo sin encontrarle el sentido a hacer un hogar en un cauce de lava árido, ventoso, desolado, y hecho polvo, sin importar lo bonito que sea, ya era suficientemente difícil conducir hasta allí, pero vivir allí hay que estar loco de verdad.

Llegamos al Lago, que es verde jade maravilloso, y está decorado con olas de crestas blancas. Dije que hace viento aquí, bueno, en realidad ¡hace mucho, mucho viento! Nos dirigimos a la misión católica, y acampamos. Hay campings en Loyangalani, pero la misión tiene piscina, sí, toda la zona está sufriendo una sequía, pero la ciudad está regada por una fuente termal, y de ahí que la misión tenga una piscina caliente, duchas calientes, y mucha agua caliente. No pude evitar preguntarme que si esta fuente termal hubiera estado en el alto Atlas en Marruecos, toda la zona estaría cultivada de alguna forma, pero por supuesto, al ser ésta el África negra, donde la gente es tradicionalmente nómada, el agua fluye por riachuelos turbios, la gente pasa hambre, y el ganado muere, bueno, ¡al menos hasta que llegue la ayuda exterior!

Era más o menos media tarde cuando llegaron los “Exploradores Franceses” y nos encontraron empapados, bueno, ligeramente húmedos, en la piscina. Vaya si hacía calor, y a pesar de que la piscina también estaba caliente, fue un descanso del caliente viento polvoriento, que se agradecía. El neumático que se había pinchado junto al campamento militar tenía un corte de 40 mm. hecho con un cuarzo afilado, que intenté arreglar junto con el agujero en la cámara. Había un ruido extraño que venía de la parte delantera de Grommet, que, al investigar, resultó ser otra junta universal que había fallado, el pobre Eric, de los “E.F.”, se retiró a la piscina con cara de horror cuando nos vio a Blanca y a mí ¡cambiando el cojinete roto! Como la carretera nos iba a llevar otra vez por la escarpa de rocas de lava, y a través del desierto hasta Marsabit para volver a tomar la lamentable carretera de Isiolo a Moyale, decidí que había llegado el momento de cambiar de sitio los neumáticos. Los gastados neumáticos delanteros serían los repuestos, los nuevos repuestos irían atrás, y los neumáticos traseros irían delante. La estrategia parecía funcionar, bueno, al menos hasta Sololo, donde las rocas y el firme ondulado se dejaron sentir en mi reparación de neumáticos, que para entonces empezaba a sobresalir, y no tenía muy buena pinta. Estoy empezando a acostumbrarme a la monotonía de cambiar el mismo neumático siempre que paramos. ¡Tiene gracia que siempre sea el mismo que falla o se pincha!

En Marsabit, nos preguntaron dónde estaba nuestra guardia armada, sostuvimos que no la necesitábamos, y nos fuimos, y al final no nos hizo falta. Pero cuando ves todos los animales muertos y moribundos al borde de la carretera por la falta de comida y agua, supongo que será sólo cuestión de tiempo que la gente se desespere y recurra al bandolerismo para comer ellos y sus familias. Todos los camiones que vimos iban en convoy, ¡y con guardias fuertemente armados!

Una vez más, tienes gente con enormes manadas de ganado y rebaños de cabras que intentan subsistir en un paisaje, y creo que he visto más vida sostenible en Marte de la que este desolado lugar puede llegar a sustentar sobre todo cuando fallan las lluvias. Lo triste es que el equilibrio se está restableciendo, pero aún así es penoso ver el ganado muerto y moribundo por todas partes, y no se hace nada para arreglar la situación. Si la carretera estuviera mejor, se podría transportar agua y alimentos para los animales, o se podría sacar a los animales por barco, ¡pero esta carretera es un infierno para los camiones! Después, mientras revisaba a Grommet, descubrí que uno de los tornillos del grillete de la ballesta se había roto.

Al llegar a la frontera, nuestros órganos internos estaban como si hubieran pasado por una licuadora, nos dolía el cuerpo por la paliza de la carretera, y los dos estábamos de un humor bastante sombrío, con las imágenes del ganado muerto y moribundo, y de la gente de un lado para otro, aún frescas en la memoria. En lo que llevamos de viaje por África, este fue nuestro primer encuentro de verdad con gente y ganado sufriendo, y en una zona al borde del desastre, y Kenia se considera como un Estado africano del primer mundo. Pero uno de verdad tiene la sensación de que no ha pasado mucho en Kenia ¡desde el fin de la colonización! Con la situación del norte de Kenia fresca en la memoria, estábamos bastante preocupados sobre qué esperarnos en Etiopia, famosa por el hambre, la pobreza, y el sufrimiento.

Rellenando los pavos


Tres pavos


Dos pavos


Ash y Bubbles


Raj, Ash y Mark


Nakuru


Rinoceronte blanco


Flamencos


El parque de Nakuru y la ciudad


Monte Kenia


Jirafas en el Parque Nacional de Samburu


Gacela-jirafa en Samburu


Elefantes


Leona y cachorro


Paisaje del Parque Nacional de Samburu


Bucero pequeño


Gracias por llevarme…


Dirección hacia donde Dios quiera


Blanca y la gente de Samburu


Camellos


Agua para los bandidos


Campos de lava


El pueblo de Turkana


Mar de jade


La peor carretera de África


¿Buena tierra para el pastoreo?


Burro


Vaca muerta, una de tantas


¡Tornillo de la ballesta roto!