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Uganda, la Perla de África

Del 25 de noviembre al 21 de diciembre de 2005

Después de la pequeña frontera cerca de Kisoro, ya estábamos en Uganda. Esta no era mi primera vez en Uganda, pasé cuatro años en la capital Kampala con mis padres cuando era pequeño, en los 60, pero para Blanca sí era la primera vez.

El asfalto había acabado en la frontera, y ahora estábamos de vuelta a los caminos de tierra. El paisaje seguía con el tema ruandés, montañoso, muy verde, exuberante y cultivado, pero, sorprendentemente, sin su densidad de población.

Tras un día de conducción bastante corto, pasamos la noche en Kisoro, en el Hotel Virunga, donde esperábamos organizar una excursión al cercano Lago Mutanda, para ver algunas de las enormes pitones que residen allí, pero por desgracia no pudimos conseguir que el guía bajara el precio hasta algo que se aproximara a nuestro presupuesto. Por la mañana, salimos hacia Kabale y el Lago Bunyoni, que figura como la Suiza de Uganda, y es fácil ver por qué, es montañoso, verde y muy bonito. Pasamos del camping recomendado, demasiados “viajeros” y, en vez de eso, optamos por Karibuni Beach, más tranquila y barata, pero, aunque parezca mentira, ¡no había playa! Blanca resistió la tentación de hacer la colada, en parte por la continua lluvia, y ¡por la presencia de renacuajos del lago en el agua! A pesar de la vida de charca, era un buen sitio tranquilo para relajarse y escribir la historia de Ruanda. Habíamos planeado visitar una de las islas del lago, en piragua, pero la lluvia lo frustró. De hecho, estábamos muy contentos por sentarnos, y disfrutar la paz y la tranquilidad mientras observábamos a las aves y las nutrias que retozaban en el lago. Para la cena, nos convencieron para que probáramos algunas langostas del país, cocinadas por Robert, el joven encargado, chef, o lo que hiciera falta. Estaban deliciosas con patatas y una salsa masala para acompañar. Tuve la tentación de sólo comprar los cangrejos de río para liberarlos, pero Robert tenía ganas de demostrar sus habilidades culinarias, así que tuve que ceder.

A continuación, nos dirigimos al Parque Nacional Queen Elizabeth, de nuevo un sitio que había visitado de pequeño. Decidimos entrar en el parque por Mweya, el sector sur del parque no se recomienda durante la estación lluviosa.

Fue difícil encontrar algún sitio para acampar en el monte por el camino al Parque Nacional Queen Elizabeth, con tierras de labranza intercaladas con enormes plantaciones de té, pueblos y densas selvas tropicales, así que cuando vimos el Centro de Ecoturismo del Bosque de Kalinzu, justo al lado de la carretera, con camping y paseos por el bosque…¡perfecto! A pesar del chaparrón torrencial de la noche, a las ocho ya estábamos levantados y listos para un tempranero paseo por el bosque. Esperábamos vislumbrar algunos chimpancés, pero en lugar de eso nos las arreglamos con los cercopitecos L’hoest, los azules, los de cola roja, y los colobos blancos y negros. El bosque era deslumbrante, denso, tórrido y espeso, justo como esperarías que fuera la selva tropical, pero, sorprendentemente, sin las plagas de insectos que sufrimos en la costa oeste. Eso no quiere decir que no existan, era sólo que ¡no éramos el menú del día! Nuestros guías sabían mucho de la abundante flora y fauna, y eran muy conscientes de la importancia de la conservación y la participación de la comunidad. Siempre intentamos apoyar proyectos de ecoturismo, siempre que es posible. Terminamos el paseo por el bosque y tras un breve paseo en coche, la entrada en el Parque Nacional Queen Elizabeth al mediodía fue de lo más oportuna.

El parque parecía bastante más descuidado de lo que lo recordaba, con vegetación bastante espesa. Al parecer, durante la guerra, las fuerzas ugandesas en retirada, seguidas por las fuerzas tanzanas que avanzaban, masacraron la por entonces abundante flora y fauna para conseguir trofeos, marfil y comida, sin dejar nada para mantener la vegetación a raya. Pero la flora y la fauna van en aumento, y es de esperar que el equilibrio se restablezca con el tiempo. Al borde de la carretera, grandes familias de jabalíes se revolcaban en charcas embarradas que habían dejado las lluvias de la noche. Eran unos de los jabalíes más grandes que hemos visto, con unos colmillos muy largos. Los cobs de Uganda y los defassa también eran abundantes y muy sanos, ¡con toda esta vegetación no tenían más remedio! Dimos un breve paseo en coche para ver la caza hasta el hotel y el centro de información para registrarnos en el camping, etc. En el centro de información nos encontramos con la típica apatía africana, “¿tienen una guía del parque?” “No, se nos han agotado”. “¿Y un mapa entonces?” “No, también se nos han agotado”. Estoy aquí sólo para cobrar la entrada del parque y no para pensar. ¡Había muchísimas guías del Parque Nacional de las Cataratas Murchison…! ¡Supongo que cuando lleguemos allí encontraremos muchísimos libros sobre el Parque Nacional Queen Elizabeth y nada sobre Murchison! De todos modos, llegamos justo a tiempo para unirnos a una excursión en barco por el Canal Kazinga, que comunica los Lagos Edward y George, e indudablemente fue de lo más destacado de nuestra estancia. Tuvimos suerte de acercarnos mucho a los hipopótamos, a los búfalos y a los elefantes de allí, además de a las abundantes aves. El barco nos dio una perspectiva totalmente distinta a nuestra posición habitual en Grommet, y me permitió descansar de la conducción. De vuelta en el campamento, uno del personal nos advirtió de que no nos fuéramos muy lejos por el monte, ya que se había visto por allí cerca el orgullo de un león. Como precaución, encendí un fuego, y mientras nos relajábamos después de la cena con un gin tonic frío, me di cuenta de que no estábamos solos, a poca distancia había un hipopótamo enorme paciendo. Blanca estaba muy contenta de que durmiéramos en la tienda de campaña del techo, pero estaba sumamente preocupada por su habitual visita de cada noche al baño, ¡con los hipopótamos paciendo a todo nuestro alrededor! De alguna manera sobrevivimos a la noche, hicimos las maletas y salimos hacia otro día de conducción para ver la caza, para ver los lagos de los cráteres volcánicos salinos y el acantilado de los mandriles con sus espectaculares vistas. Luego volvimos a las llanuras donde estaban quemando la hierba vieja para dejar crecer los brotes nuevos antes de dirigirnos de vuelta al campamento para tener más encontronazos con los hipopótamos. Tras sobrevivir a otra noche, íbamos a salir hacia otro corto paseo en coche para ver la caza y hacia la puerta de salida, cuando Grommet, como era de esperar, no quiso arrancar, la bomba de combustible no funcionaba. Una revisión del avance automático confirmó que no pasaba potencia a la bomba, así que en vez de interrogar al cableado para encontrar el fallo, rápidamente me puse a buscar una fuente de energía alternativa, y llegamos a la puerta justo a tiempo de evitar tener que pagar otras 24 horas.

A poca distancia del parque, en dirección a Fort Portal, la carretera cruza el ecuador, y en Uganda, está señalado por un círculo enorme de hormigón blanco, así que, por supuesto, tuvimos que parar a hacer un par de fotos, para gran regocijo de los ugandeses que pasaban. Me ha asombrado la cantidad de vehículos y personal de la ONU que hay aquí en el suroeste de Uganda, y me resulta un poco desconcertante, como si la zona se fuera a convertir en zona conflictiva de un momento a otro, incluso había un helicóptero enorme de la ONU en el aeropuerto de Kanese. Supongo que con las fronteras con el Congo y Ruanda cerca, ¡será mejor la ONU que el Ejército ugandés!

De camino a Kampala, la carretera es una mezcla de muy malo, en construcción, y excelente asfalto, pero el paisaje es magnífico, aunque sin muchas posibilidades en lo que se refiere a acampar en el monte. La zona se compone o de denso bosque o de ciénagas llenas de papiro un poco como un inmenso jardín botánico descuidado intercalado con plantaciones de té y zonas de colinas onduladas y pastos, que recordaban más al sur de Irlanda que a África, por lo que al final decidimos quedarnos en un pueblo. Bueno, digo quedarnos en un pueblo, pero en realidad nos echamos al arcén delante del Gilman Valley Resort Hotel, y preguntamos si podíamos acampar allí. Todo el mundo estaba asombrado por estos locos “muzungus” y su casa rodante. El sitio me recordó un poco a España, con una tele, y dos barras poniendo tipos de música totalmente distintos, como si estuvieran compitiendo entre ellos. Por fin, la ocasión para degustar algo de la comida verdaderamente típica de Uganda, algo que tenía muchas ganas de hacer. A menudo le había hablado a Blanca del “matoke” (plátanos verdes cocinados al baño María), y de la carne en salsa de cacahuete, estaba delicioso y justo como lo recordaba. Blanca no estaba muy convencida, y tomó estofado de cabra con patatas de mandioca, que se vendían por patata, 4 por 100 UGS, pero luego reconoció que mi estofado sabía mejor.

Al salir a la mañana siguiente, llegamos fácilmente a Kampala al mediodía, pero vaya si había cambiado. Atrás había quedado la pequeña y tranquila ciudad colonial, ahora había coches, camiones, microbuses, taxis, ciclomotores, bicicletas y gente por todas partes, la carretera era una mezcla de asfalto con muchos baches y camino de tierra, de hecho, era un caos absoluto. La casa en la que vivíamos en un pequeño terreno en el monte en Rubaga ahora había sido tragada por la enorme masa desparramada que es la Kampala moderna, y fue imposible de encontrar. Y con un poco de ayuda, al final conseguimos encontrar el albergue para mochileros Red Chilli, nuestra base en Kampala. Red Chilli nos lo había recomendado Martin, un tipo suizo al que habíamos conocido en Dar, que había trabajado en Kampala durante seis meses para una ONG, y que iba de vuelta allí tras una rápida visita al sur de África. De hecho, Martin estaba hospedado en el Red Chilli cuando llegamos, y se ofreció a mostrarnos todo. Así que el sábado por la noche nos unimos a otra pareja y, con Martin de guía, nos fuimos a la ciudad. La primera parada fue un indio para comer algo, y luego un pub irlandés, traído hasta aquí desde Dublín por Nigel, su dueño, y allí nos pusimos a hablar con algunos de los expatriados de la zona que sugirieron el Al’s Bar, que es una especie de leyenda aquí. Al’s es un sitio abierto las 24 horas, y estaba palpitante, la música era fabulosa, la clientela era la mayoría africana, las bebidas baratas, las chicas guapas y “ambiciosas”, y el sitio estaba aún más concurrido a las seis de la mañana siguiente, cuando por fin decidimos dejarlo para otro día, y volver a Chilli’s. Por lo menos teníamos el domingo para recuperarnos, antes de empezar con la habitual ronda de embajadas y visados el lunes.

No hubo problemas con los visados etíopes, pero los de Sudan podían tardar de cuatro a seis semanas, por lo que tendrían que esperar hasta Addis Abeba. Así que nos abastecimos de provisiones y salimos hacia el Parque Nacional de las Cataratas Murchison. Planeamos ir a las Cataratas Murchison, y luego ir por el norte a través de Karamoja, y después bajar al Monte Elgon y entrar en Kenia. El Ejército de Resistencia del Señor había estado bastante activo en el norte de Uganda, y había pasado a concentrar su atención en matar a blancos, por lo que decidimos pasar del norte, lo cual es una lástima, ¡pero con cinco personas muertas en tres semanas no valía la pena el riesgo! Incluso nos habían aconsejado no ir a las Cataratas Murchison, pero decidimos arriesgarnos. De todas formas, era un poco desconcertante ver los camiones cerca de Masindi, cerca del parque, con guardias armados con escopetas. Blanca incluso se planteó comprar un Kalashnikov, el importantísimo complemento de moda ugandés, pero se le quitaron las ganas por la gama de colores, ¡en plata pulida o en negro! Aparcamos para hacer noche en los inmaculados jardines del Hotel Masindi. ¡No valía la pena arriesgar la vida acampando en el monte para ahorrarse unas libras!

No estábamos lejos de la entrada del parque, así que podíamos coger el crucero de la tarde por el río hacia la base de las cataratas. La lancha era mucho más pequeña que la que habíamos cogido en el Queen Elizabeth, pero aún así nos dio una vista inaudita de la vida a lo largo de la margen del río, había algunos magníficos ejemplares de cocodrilos del Nilo disfrutando con la boca abierta para refrescarse, y algunos incluso estaban anidando. Para cuando volvimos al embarcadero, y nos registramos en el camping Red Chilly de allí, ya me había picado a base de bien la abundante población de moscas tsetsé. A pesar de llevar una camisa gruesa y pantalones largos, me empezaba a parecer al Hombre Elefante. La caza en el parque sigue luchando por recuperarse tras la guerra, y los espesos arbustos no ayudan. Condujimos hasta la cima de las cataratas para ver las embravecidas aguas del río Nilo pasando por un hueco de 7 metros, y luego cayendo al fondo del valle a unos 43 metros por debajo. Era precioso, con unos arco iris que se formaban en la neblina sobre las estruendosas aguas. Con optimismo, eché un vistazo para buscar el sombrero y las gafas de sol que mi padre se había dejado allí en nuestra última visita a mediados de los 60, y aunque parezca raro, de algún modo habían desaparecido.

Tras el espectáculo de las cataratas, nos dirigimos al Centro de Ecoturismo Kaniyo Pabidi en el Bosque de Budongo, con la esperanza de seguirles un poco la pista a los chimpancés. Estábamos de suerte, el guía acababa de regresar de los chimpancés, y si nos dábamos prisa, podíamos pillarlos antes de que se fueran a otra parte. A diferencia de la última excursión de chimpancés, el bosque de Budongo estaba seco, y no tan accidentado, por lo que no llevó mucho tiempo llegar al grupo. Por suerte, aún estaban donde el guía los había dejado, en lo alto de los árboles descansando, y los jóvenes estaban jugando y columpiándose por los árboles. Los machos grandes se relajaban en el suelo formando una emboscada para cualquier desafortunada criatura que pasara por allí. A los chimpancés, a diferencia de los gorilas, les gusta complementar su dieta vegetariana con algo de carne de vez en cuando, y tienen especial afición por los monos colobos. Así que cuando los chimpancés andan por allí, todo lo demás evita cualquier contacto. Era increíble verles relajándose en los árboles, hubo un momento en que creíamos que estaba lloviendo, pero rápidamente nos dimos cuenta de que los chimpancés estaban todos orinando juntos, y conseguimos apartarnos justo a tiempo. La visita a los chimpancés fue estupenda, sólo nosotros, nuestro guía, y los chimpancés en primer plano y en privado. Tras una hora más o menos con los chimpancés, dimos la vuelta, y montamos el campamento para pasar la noche. Habíamos acabado de cenar y nos estábamos relajando, cuando oí un susurro cerca. Esperaba ver un cerdo gigante de los bosques, que se supone que son muy comunes, pero al encender la linterna alumbré a una algalia africana que hurgaba por allí ¡a tres metros de distancia!

Dormimos muy bien, no hay nada como los sonidos del bosque para adormecerte apaciblemente.

Como no podíamos coger la ruta del norte, no tuvimos más remedio que volver a Kampala y a Red Chilli’s. Como teníamos coche y algo de tiempo, decidimos probar fortuna y ver si podíamos encontrar la primera casa en la que viví, en la colina de Kololo. Encontramos Ridgeway Drive, pero al principio no reconocí nada, aunque al doblar la esquina vislumbramos las viviendas de los criados, ¿seguiría allí la vieja casa? En efecto, allí estaba, bueno, al menos la mitad en la que habíamos vivido, la otra es ahora una mansión enorme. Sentí como si volviera a casa, algo conocido en una ciudad desconocida, dimos una vuelta e hicimos unas fotos antes de seguir nuestro camino. De vuelta en Chilli’s, todo el mundo seguía allí, Martin seguía esperando su vuelo a casa, las dos turistas médicas americanas Laura y Colleen estaban ocupadas examinando a los enfermos, mientras su amiga Susie, una reportera gráfica, buscaba una historia.

El siguiente viaje por el baúl de los recuerdos era una visita a Entebbe, el escenario de muchas comidas campestres familiares. Decidimos que la opción mejor y más barata era un microbús local de ida y vuelta, así que por el precio de un par de litros de combustible, nos pusimos en marcha. Los microbuses locales, o matatus, no son para timoratos, casi todos han sobrevivido al desguace antes de ser exportados a África, y luego transformados para llevar a tanta gente y tanto equipaje como sea físicamente posible. Aún así, son una de las formas más rápidas y baratas de desplazarse, aparte de nuestro preferido, el boda-boda, un ciclomotor de 50 cc., o si tienes suerte, 100 ó 125 cc., en el que puedes meter dos o incluso tres pasajeros además del conductor. El boda-boda es mejor cogerlo como transporte para moverse entre bares y discotecas después de abundantes cantidades de alcohol, para que la falta de frenos y luces no sea motivo de preocupación. Bueno, salimos a toda velocidad de Kampala, y rápidamente llegamos a Entebbe, fue una novedad ser pasajero y tener la ocasión de ver el paisaje ¡a pesar de los nervios y del culo entumecido! Visitamos el Jardín Botánico de allí, era bastante “africano” y estaba lleno de chavales de acampada allí para pasar el fin de semana, no me puedo imaginar algo así en Kew Gardens. Después de conseguir escapar de todos los “guías”, fuimos andando hasta la orilla del Lago Victoria, atrás quedaban todos los pequeños peces secándose en rejillas al sol, consecuencia de agotar las reservas de pesca, y el embarcadero en el que solía intentar pescar era ahora ¡una “zona militar, prohibida la entrada”! Así que nos dirigimos de vuelta a Entebbe para coger un matatu de vuelta a la ciudad.

Era el momento de dejar Kampala y poner rumbo a Kenia, pero teníamos que hacer algunas paradas por el camino. Lo primero era una visita a Jinja, Colleen me había convencido para que fuera a hacer rafting con ella. Nos presentamos en el Adrift Nile High Resort, que estaba en construcción, pero tenía un pequeño sitio con sombra para aparcar, y una vista estupenda del Nilo por debajo. Blanca, al ver el primer rápido de nivel 2, decidió que el rafting no era para ella, y optó por pasar el día en las aguas más tranquilas de la piscina del hotel de al lado, y relajarse con Susie y Laura. Yo nunca había hecho rafting en aguas rápidas, pero como uno no es de los que rehuyen los deportes de mucha adrenalina, decidí probarlo, y como el nacimiento del Nilo es uno de los destinos para hacer rafting más imponentes del mundo… ¡por qué no! Había que levantarse temprano e ir en boda-boda a la ciudad, y desayunar en la oficina de Exploradores del Río Nilo, Colleen llegaba tarde, pero apareció justo a tiempo antes de que ponernos en camino, había tenido algún problema con el taxista, que se quedó dormido. Tras una charla sobre la seguridad, era el momento de irse al agua y practicar cómo entrar y salir de la balsa, y el primer rápido, de nivel 2, lo tomamos flotando sobre nuestras espaldas para que supiéramos qué nos esperaba después. Como se demostró después, en los primeros rápidos íbamos a pasar más tiempo en el agua que en la barca, ya que chocábamos contra los enormes muros de agua con rápidos de nivel 3 y 4, que nos lanzaban disparados desde la balsa. Pero siempre había un kayac de seguridad cerca a mano para remolcarte de vuelta a la balsa a tiempo para la siguiente descarga de adrenalina. En medio de los rápidos había algunos tramos largos de agua en calma, por lo que nos podíamos relajar, tomar el sol, bañarnos, y comer algo ligero mientras bajábamos empujados por la corriente del Nilo hacia Egipto, viendo a los kayac hacer acrobacias. Luego volvimos a lo que teníamos entre manos, con el siguiente rápido, ¿podríamos o nos quedaríamos en la balsa?... En el río hay varios rápidos de nivel 6 que no podíamos coger por razones de seguridad, y como el nivel del agua estaba bajo, aquí sacaban la balsa y la transportaban, o ¡nuestro guía Henry se iría por su cuenta! El último rápido del día, en las Cataratas Bujagali, un imponente torrente de agua y de nivel 6, la balsa se llevó hasta un pequeño tramo de agua en calma donde nos reincorporamos antes de un nivel 5. Aquí, al contrario de todos los rápidos anteriores, Henry nos dijo que si la balsa se daba la vuelta, ¡que no nos agarráramos, que nos soltáramos! Lo estábamos haciendo muy bien, y habíamos conseguido permanecer a bordo durante los primeros torrentes, en los que la otra balsa se dio la vuelta, hasta que golpeamos un muro enorme de agua por un lado de la balsa que nos lanzó por los aires y nos arrojó a las aguas en ebullición como un cañón. Pero antes de que te des cuenta, estás de vuelta en la superficie haciendo surf boca arriba por los rápidos para ser rescatado por uno de los kayac que esperaban para reincorporarnos a la balsa. Estábamos tan animados con el colocón que todos queríamos repetir, pero nos apartaron con cervezas frías y una magnífica comilona. Colleen y yo volvimos con las chicas, rosadas del día en la piscina, todavía colocados por el rafting del día. Al día siguiente nos relajamos todos junto a la piscina, y las chicas se fueron pronto a Kampala para hacer las compras de Navidad antes de coger sus vuelos de vuelta a Estados Unidos.

Mientras estábamos en el camping, me puse a hablar con algunos de los chavales que trabajaban en la obra. El trabajo de los niños es una realidad aquí en África, desde niños trabajando sin descanso en el campo hasta partir piedras para agregado junto a la carretera, para ellos no hay escapatoria, muchos son demasiado pobres o huérfanos, por lo que no tienen la suerte de ir al colegio, lo que va unido al hecho de que hay muy poca infraestructura para integrar a la poca gente instruida que hay. Uno de los albañiles, Joel, nos escribió una carta pidiendo auspicio para su educación, gana menos de 0.35 libras al día, con lo que tiene que comer y contribuir a la renta familiar, ¿dónde están las ONGs y las sociedades benéficas creadas para ayudar a estos niños? Bueno, por supuesto, están todas en ciudades como Kampala, yendo por toda África en sus caros y enormes Toyotas 4x4, cuyo coste podría financiar la educación de cientos de niños como Joel. Cuando pienso en todos los niños de Europa que dan la educación por sentada, haciendo novillos, cuando hay niños en todo el mundo que luchan con uñas y dientes por tener una educación que les libere de la trampa de la pobreza. ¡Sólo es algo en lo que pensar mientras “vosotros” os excedéis esta Navidad!

Salimos de Jinja, que casualmente me recordó mucho a la Kampala que conocí de pequeño cuando me crié allí en los 60, y pusimos rumbo a las Cataratas Sipi, en las estribaciones del Monte Elgon. Después de un asfalto muy malo, tomamos un atajo que resultó ser una carretera nueva excelente. En Sipi, vimos la “Cofa”, con estupendas vistas si coges un bungalow, pero a nosotros los campistas nos relegan, como suele pasar, a un rincón apartado, así que en su lugar optamos por el Camping Moisés, muy “africano”, pero con vistas espectaculares de las cataratas y las llanuras de Karamoja. Al no poder encontrar a Tom, nos conformamos con uno de los guías del camping, para una excursión de medio día que incluía tres cataratas y una cueva. A la hora de caminata, Blanca ya se estaba quejando. Así que creo que una excursión de tres a cinco días a la cima del Monte Elgon enseguida perdió su romántico atractivo, igual que pasó en el Kilimanjaro. Aún así, perseveramos, y valió mucho la pena, los dos nos sentimos como los hobbits del “Señor de los Anillos” que partían desde la Comarca hacia Mordor, subiendo por plantaciones de plátanos y café, prados, y maleza. Encima de una de las cataratas hay lo que nuestro guía llamaba piscina, pero era poco más que una charca. Para demostrar que tenía razón, rápidamente se quedó en bañador y se metió, haciendo alarde de cómo se nada en un río, lo que conlleva salpicar mucho ¡pero poca dirección! Le pregunté la profundidad, y me dijo que era muy profundo, 15 metros, así que yo también me desnudé y me metí, ¡con mis pies tocando el fondo del agua helada! Lo mejor de tener un guía es poder pasear por los pueblos pequeños y pasar por casas sin que te asedie una multitud de niños gritando “muzungu”.

Una vez de vuelta en Moisés, había tiempo para relajarse y darse una rápida ducha en cubo antes de darnos un pequeño lujo y cenar en el Vocanoes Safaris Rest Camp, una comida de tres platos para dos (éramos lo únicos invitados) por 12 libras, incluyendo las bebidas y la propina, y la comida era magnífica. A 13 km. pasado el Sipi Village acaba el asfalto, y volvíamos a la carretera de murram, o costra dura mala, pedregosa, y muy polvorienta, pero el paisaje era increíble, con vistas maravillosas, mientras la carretera va por encima de la escarpa.

Cuando por fin llegamos a la frontera con Kenia, tuve la tentación de pedir que nos devolvieran el dinero del impuesto vial, ¡ya que Uganda debe tener algunas de las peores carreteras de lo que llevamos de África oriental! Había venido a Uganda para intentar encontrar algo que había perdido allá en 1968 cuando dejamos África por Inglaterra, pero en vez de eso, encontré fragmentos de una memoria marchita en una bulliciosa metrópoli moderna, como piezas que faltan en un puzzle deshecho hace ya tiempo.

Uganda


¡Nada de acampar en el monte!


¡Suiza!


Preparando langostas


Una langosta


¡Irlanda!


Selva tropical de Kalinzu


Jabalí  en el Parque Nacional Queen Elizabeth


De relax


Pigargo


Hasta luego


Búfalo


Mangostas rayadas


¡Dónde están los animales!


Defassa


Cruzando el ecuador


“Acampando en el monte al estilo de Uganda”


No lo hagas así


Peligro en la carretera


¡Mira los cuernos!


Cataratas Murchison


Turistas Yum


Tan sólo mira a la cámara


La cima de las Cataratas Murchison


Travesuras


Camping en el Bosque de Budongo


Las viviendas de los criados en Kololo


Casa en Kololo Hill


Rafting en aguas rápidas


La Piscina


Con las americanas


Cataratas Sipi


¡Refrescándome!


Cabaña de varios pisos en el monte


¡Vaya!, está fría


Cataratas Sipi


¡El camino al éxito!


Nuestro querido presidente