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Ruanda, hispana en la niebla

Del 18 de noviembre al 25 de diciembre de 2005

No estábamos muy seguros sobre qué esperarnos de Ruanda, habíamos investigado un poco acerca del oscuro pasado del país, que al final había llevado al genocidio masivo en el que los hutus masacraron a miles de tutsis, pero eso fue hace ya más de diez años. El tribunal contra crímenes de guerra todavía está en marcha en Arusha, Tanzania.

Aparte de todo eso, cruzamos la frontera por Rusumo, otra de nuestras preferidas fronteras pequeñas. Anduvimos buscando unas cataratas por el camino, y las encontramos en tierra de nadie, justo debajo de un puente que une Tanzania con Ruanda. Pensé que no sería prudente parar a hacer una foto, ya que los puentes siempre son un tema delicado aquí en África, y un puente entre dos países puede llevar claramente a un incidente diplomático, y a una estancia en prisión, con imágenes de la película “El Expreso de Medianoche” viniéndome a la cabeza.

De todas formas, cruzamos la frontera sin contratiempos, y los oficiales ruandeses nos recibieron muy bien, a pesar de la postura oficial del país de no fomentar el turismo independiente. Volvíamos a un país francófono, a conducir por la derecha, y con una diferencia horaria de una hora, pero entre las ventajas, había pan francés, paté, vino y queso esperándole a uno.

A medida que nos habíamos acercado a la frontera, el terreno se había hecho más y más montañoso, atrás quedaban las llanuras del Serengeti y el Lago Victoria, ahora estábamos en el país de los volcanes, por suerte, todos extintos, menos uno en el Congo que se sigue resistiendo a extinguirse. Grommet volvía a su lucha habitual, sin duda no le gustan las montañas, pero por lo menos ya no resuella ni tose como antes, tan sólo iba con gran esfuerzo en segunda. El campo de alrededor se ha transformado casi del todo para la agricultura, con las laderas en terrazas que producen la impresión de que estás en Nepal o en las Filipinas, en vez de en África. Plantaciones de plátanos, de café, de te, y de todo tipo de frutas están por todas partes intercaladas con casas bien cuidadas con pequeños jardines vallados que dan la impresión de un pueblo enorme y, por supuesto, con gente por todas partes, es fácil darse cuenta de por qué Ruanda es uno de los países con mayor densidad de población del mundo. A pesar del terreno montañoso, la bicicleta sigue siendo el principal medio de transporte, incluso hay bici-taxis con asientos bien acolchados en el soporte de atrás. Me sorprende que con la cantidad de bicicletas que se utilizan por todas partes en África nadie haya creado una fábrica de bicicletas aquí, en vez de, como pasa con casi cualquier artículo de consumo, ser importadas desde China.

Tras cruzar la frontera, nos dirigimos a la capital Kigali, la guía decía que hay que reservar los permisos para los gorilas con mucha antelación, ya que sólo hay disponibles un número limitado por día, y la demanda sobrepasa la disponibilidad. Nosotros, por supuesto, no habíamos reservado nada, y estábamos preocupados por si no conseguíamos una plaza en los diez días que quedaban hasta que caducaran nuestros visados. Kigali es una ciudad pequeña construida encima de una colina, pero se extiende por los valles de alrededor, lo cual es una buena práctica para la próxima caminata con los gorilas. Primera parada, las oficinas de turismo, y comprobar la disponibilidad de los permisos, ya que, como aún no era la temporada alta, con la Navidad a la vuelta de la esquina, había sitios aún disponibles. Era viernes, e hicimos la reserva para el jueves siguiente, lo que nos daba tiempo para relajarnos, ponernos al día con los correos electrónicos, escribir sobre Tanzania, y evitar a un grupo enorme de niños de Dublín. Con los permisos organizados muy eficientemente, incluso puedes pagar con MasterCard si lo prefieres, el siguiente problema era dónde quedarnos. No hay ningún camping en Kigali, tan sólo los habituales hoteles de hasta cinco estrellas económicos, ninguno de los cuales era una opción. Como he dicho, Ruanda no fomenta los viajes independientes. Probamos un par de iglesias que aparecían en el libro, pero ya no permitían acampar, se hacía tarde y por pura desesperación le echamos un ojo a una misión que en realidad era un refugio para los pobres, los necesitados, los sin techo. El pastor que estaba al cargo dijo que de acuerdo, pero nos sugirió que probáramos la St. Paul Mission Nationale de Pastorale un poco más adelante, ya que sí tienen habitaciones. Siguió una larga discusión con Blanca, que le intentaba explicar en francés a la hermana Enatha quiénes éramos y lo que queríamos, esto es, tan sólo un sitio para aparcar nuestra “casa rodante” durante unos días. Al final, con más discusiones y un poco de ayuda de Donat, el guarda, y con un poco de traducción, accedió. Pudimos aparcar a la vuelta de la esquina en un lugar tranquilo y apartado, junto a la imprenta. Era perfecto, cerca del centro, al precio adecuado, y a diferencia de otras misiones en las que hemos estado, tenía supermercado y una tienda de verduras magnífica aneja, así como garaje, micro banco de finanzas, Internet, imprenta y oficina de prensa, junto con las cosas habituales de las misiones. Algunos de los edificios los utilizaba la Universidad de Ruanda para prácticas de informática. Pasamos un par de veladas con algunos estudiantes a tiempo parcial muy sorprendidos al ver “muzungus, hombres blancos” acampados en el aparcamiento, cocinando, haciendo la colada, arreglando el coche, etc. Hasta conocimos a un montón de lugareños sorprendidos que tenían muchas ganas de que les contáramos sobre nuestros viajes y sobre nuestras vidas de viajeros, para algunos, como Christine, una novicia, era la primera ocasión que tenía de tener una conversación normal con gente blanca. Todos los que conocimos fueron tan agradables y simpáticos que era difícil traer a la memoria las imágenes del pasado con las calles de Kigali llenas de cadáveres durante el genocidio de 1994, todos aquellos con los que hablamos parecían realmente positivos acerca del futuro, y trabajaban mucho para que así fuera. Con todas las tareas completas, era el momento de ir al Parc National des Volcans, con la esperanza de ver algunos gorilas.

La carretera era muy buena por todo el camino hasta que nos desviamos para el parque, es evidente que muy poco de los $375 por permiso va al mantenimiento de la carretera, ya que estaba en un estado lamentable, estaba tan mal que estaba seguro de que nos habíamos equivocado de carretera, y fue sólo la presencia de alguna señal del parque lo que me convenció de que no nos habíamos equivocado. Según subíamos hacia el parque y hacia los volcanes con las cimas envueltas en la niebla, no pude menos que preguntarme dónde podían vivir los gorilas en este denso paisaje agrícola. Al no tener el presupuesto para uno de los hoteles caros de la zona, la oficina de turismo sugirió el “Village Touristique Kinigi”, que permite acampar, y está tan sólo a unos minutos de distancia de la oficina central del parque, perfecto para ponernos en marcha a las siete en punto. Los empleados fueron muy amables, y por la noche, hubo un buffet, ¡fantástico! Por la mañana, madrugamos para inscribirnos en la oficina central, y no podíamos contener el entusiasmo, Blanca se aseguró de que visitáramos un grupo “cerca”, y evitarnos así una larga caminata por el bosque, ya que había estado lloviendo, ¡así que estaba claro que iba a haber barro! Nos asignaron el grupo Sabinyo, que lleva el nombre del volcán colindante, y es el grupo más viejo. El guía nos dio una breve charla acerca del grupo asignado, la historia del parque, y un poco de información sobre la conservación de los gorilas, antes de que saliéramos en convoy hacia nuestro grupo. Para mantener el nivel de estrés de los gorilas al mínimo, los grupos se restringen a un máximo de ocho personas durante una hora por día. En un pueblo cercano aparcamos y salimos andando con una pareja de escoltas militares armados, pero seguíamos en tierras de labranza y no había rastro de bosque. Después de una media hora de paseo llegamos a un muro de mampostería sin mortero en el que acababa el prado, y empezaba la densa selva tropical, así tal cual.

La subida era empinada, y estaba cubierta de barro, y había que tener cuidado con las plantas que picaban y con las hormigas feroces. El guía estaba en constante contacto por radio con los exploradores que siguen y protegen a los gorilas de los cazadores furtivos, etc. Ellos le podían decir en qué dirección ir. Tras una media hora de subida, alcanzamos a ver ¡un gorila realmente salvaje! Avanzamos sigilosa y lentamente por la densa maleza hacia el grupo, y justo allí delante nuestro estaba un espalda plateada, el macho alfa del grupo con una de las hembras. Eran enormes y sin embargo muy dóciles, relajándose, observando cómo les observábamos, es difícil imaginar su inmensa fuerza hasta que no eres testigo de cómo quiebran un trozo de bambú como si fuera una ramita. Fue un momento realmente mágico, me sentí como David Attenborough, con los gorilas alrededor haciendo cosas de gorilas. Era difícil ceñirse a la distancia reglamentaria de siete metros cuando tienes a dos subadultos en lo alto de los brotes de bambúes jugando a tu alrededor, rodando, revolcándose, persiguiéndose, fingiendo pelearse, los guías tuvieron bastantes problemas para que circuláramos por las empinadas laderas, intentando mantener la distancia, y con una cría haciendo estragos. Por suerte, los dos espaldas plateadas no estaban para esas jaranas y se conformaban con estar sentados y comer. Fue muy especial ver algunos de los últimos gorilas de montaña que quedan en el mundo en su hábitat natural, sin alambradas ni cercas eléctricas. Estaba tan sobrecogido que hubo un momento en que dejé de hacer fotos sólo para contemplar maravillado a estas criaturas salvajes mirándome a mí con tanta tranquilidad y sin una pizca del matiz de tristeza que a veces se le nota a los animales del zoo. Después de las experiencias de Blanca con los elefantes, estaba asombrado de lo tranquila que estaba cuando tenía delante estos increíbles animales, y tan cerca.

Con su hábitat desapareciendo rápidamente, uno se pregunta cuánto tiempo pueden sobrevivir los gorilas aferrados a las laderas de estos volcanes como por las yemas de los dedos, en una zona famosa por los problemas y por el sufrimiento. Pero ¡qué experiencia tan mágica! Es de esperar que, a raíz los beneficios que los gobiernos de Ruanda, Uganda y el Congo sacan del turismo en esta zona, esta experiencia siga por mucho tiempo.

Con el tiempo agotado, volvimos a los vehículos, todavía atontados por la experiencia. De vuelta en el camping, reservamos otro buffet justo cuando empezaba a llover otra vez, y una espesa neblina se deslizaba desde el valle ocultando todo como con un algodón de azúcar blanco. Seguros y calientes en el salón, entablamos conversación con una pareja holandesa, de vacaciones dos meses, y un par de estudiantes de Canadá que iban hacia Ciudad del Cabo, y estaban esperando la comida. Menudo día, y menuda experiencia, nos acostamos pronto todavía hablando de los gorilas.

Por la mañana, tras un rápido desayuno, era el momento de ponerse en marcha, con la frontera con Uganda a un par de horas de distancia.

Ruanda, accidentada y cultivada


Casa típica


Casa típica


Ciclismo sin esfuerzo aparente


Kigali


De acampada en la misión


Nosotros con Donat


Nuestro grupo de gorilas


¿Dónde está el bosque?


¡Ah! Por fin el bosque


Umm, un turista


Otro día de mucho trabajo


Espalda plateada


Madre e hijo


¿No ves que estoy comiendo?


¡Siete metros!


Hispana en la niebla


Camuflaje de gorilas


Rey de los desinhibidos