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Tanzania, nos vamos de safari

Del 19 de octubre al 18 de noviembre de 2005

Salir de Malawi había sido fácil, pero entrar en Tanzania fue otra historia. Entre las dos fronteras cambiamos los kwachas de Malawi que nos quedaban por chelines tanzanos en una casa de cambio a una tarifa mucho mejor que en el mercado negro, lo cual nos sorprendió bastante. Después conseguí que Grommet se abriera camino por la maraña de camiones que estaban cargando y descargando mercancías en la frontera de Tanzania. Luego Blanca se unió a los tres grupos franceses para cumplir con las formalidades. Ya teníamos los visados, así que debería haber sido un proceso sencillo, y nos habríamos marchado. Hubo un poco de discusión por una licencia de importación de $25, los oficiales se negaban a aceptar que el carné era lo mismo. Los franceses no tenían ni visados ni seguro, por lo que siguieron varias horas de negociación antes de poder ponernos en marcha. Entonces los franceses se fueron por su lado, y nosotros continuamos con la familia Doiteau en cabeza, buscando un lago con un cráter volcánico, y unas cataratas que aparecían en su guía. Con Grommet a tope de combustible y provisiones, el pobre iba resoplando al intentar seguirle el ritmo a los franceses con su Nissan, colina empinada tras colina empinada. Creo que cuando volvamos, si es que volvemos, Grommet tendrá un transplante de corazón, tal vez un 4.6 litros V8 sirva. Bueno, no tardamos mucho en darnos cuenta por qué no hay muchos exploradores franceses famosos, ya que se paraban a preguntar el camino a cada lugareño que pasaba. ¡Supongo que no ayuda el hecho de que sólo unos pocos hablen inglés y aún menos “fronglais” (sic)! Al final, se vieron obligados a recurrir a un guía, bueno, en realidad a dos, ¡uno en el coche y otro de recambio atrás! Con la ayuda de los “guías” conseguimos encontrar las cataratas, pero ni rastro del lago. Había que pagar una pequeña cantidad para visitar las cataratas Kapalogwe, que los franceses se negaban a pagar. Finalmente conseguí convencerles para que pagaran aunque fuera algo como valoración de las cataratas y para preservarlas para otros. Las cataratas eran preciosas, y bien valían el precio de 0.50 libras por dos personas. Con todo el lío de la frontera y la búsqueda de lagos con cráteres, se estaba haciendo tarde, estábamos quién sabe dónde al final de un laberinto de pistas por el monte, y necesitábamos un sitio para acampar. El único lugar disponible era un claro delante de unas chozas de barro. Blanca y Eric se fueron a investigar la posibilidad de pasar la noche, pero volvieron enseguida, los vecinos no hablaban nada de inglés, ¡sólo suahili! Cuando era joven viví con mis padres en Uganda, y hablaba suahili bastante bien, pero eso era en los 60 y no lo he practicado desde entonces. Aún así valía la pena intentarlo, y ver si podía hacer trabajar a la vieja neurona. Para asombro de Blanca, conseguí expresar nuestras intenciones a los vecinos, y de hecho me entendieron, y decidieron dejarnos acampar. Mientras preparábamos la cena, observamos cómo ardía una gran parte del bosque por el valle, que se parecía más a una corriente de lava en la oscuridad. Qué pasa con los africanos y su entusiasmo por quemar todo lo que hay a la vista, si es que no están talando el bosque por la madera para quemar o por el carbón. Al final toda África acabará sin nada, a excepción de matorrales. No parece que haya inversiones de futuro, como la plantación de árboles, o por lo menos de los que se talan periódicamente.

A la mañana siguiente salimos en busca de otro lago con cráter, pero de nuevo sin suerte. A diferencia de Malawi, donde todo estaba señalizado, aquí en Tanzania las señales están sin duda en la lista de especies en vías de extinción.

Viajar con la familia francesa, o como se les conoce ahora “los exploradores franceses”, aunque son buena compañía, ha resultado ser muy lento. Primero los niños tienen que hacer sus deberes, luego tienen que comer al mediodía, también ven muy difícil pasar por un puesto o una tienda sin pararse, lo cual, unido al accidentado terreno, a la lenta subida de Grommet y a la baja velocidad, ha dado lugar a días de conducción muy cortos.

Llegamos a Mbeya, la primera ciudad importante en nuestro camino a Dar es Salaam, con un cajero automático para conseguir algo más de dinero, y un horriblemente lento cibercafé para comprobar los e-mails. Era tan lento que dejamos el aparato funcionando mientras intentábamos enviar la última información sobre Zambia, mientras íbamos a DHL a mandar nuestro carné viejo de vuelta al RAC, ¡y cuando volvimos se acababa de enviar! Mientras estábamos en el cibercafé tuvimos la primera lluvia desde Sudáfrica, lo cual debe querer decir que la pequeña estación de las lluvias está de camino… bueno, por lo menos las carreteras aquí son buenas, ¡y no tienen nada que ver con las del Congo! Pasamos la noche en una ladera con vistas a Mbeya, y por la mañana fuimos en busca de algún sitio para rellenar la bombona de butano de los Exploradores Franceses, pero no hubo suerte. El problema no es el butano, sino el adaptador para las bombonas, cada país tiene su propio y exclusivo modelo, probablemente por herencia de la antigua época colonial.

Enseguida nos pusimos en marcha, pero no por mucho tiempo, ya que el calor y las colinas pasaron factura. Volvió a surgir un viejo problema, y Grommet se paró, por algo de falta de gasolina. No pasaba nada de combustible a la bomba, lo que equivalía a un almuerzo tempranero para los franceses, y a una revisión rápida del sistema del combustible para mí, pero de nuevo no era nada que estuviera claro, así que tras un breve descanso pudimos continuar el camino. Tras lo que fue un buen día de conducción, salimos de la carretera para entrar en un inmenso bosque de pinos comercial, que le daba a toda la zona un aire más suizo que africano. Acampados en lo más profundo del bosque, yo estaba especialmente nervioso por usar el “número dos”, la antigua estufa de gasolina del ejército, rodeados de todos esos pinos, y claramente no eran ni el momento ni el lugar para hacer una barbacoa. Tras una noche muy tranquila, con el viento susurrando por lo árboles, y el embriagador aroma de los pinos, nos fuimos por la carretera a echar un vistazo a “The Old Farm House”, y a la tienda de la granja, que casualmente tenía también un camping y un restaurante. El camping costaba 1.50 libras por persona, una diferencia enorme con la cara Zambia. Las duchas eran estupendas, limpias y muy calientes, y los baños, aunque eran de los que goteaban, estaban impecables. Blanca no perdía el tiempo, y se puso con la colada, aprovechando el agua caliente, mientras yo intentaba modificar la tapa del depósito de la gasolina de Grommet para aliviar el aumento de la presión en el depósito debido al calor. Le echamos un ojo a los precios del restaurante, y como los encontramos muy razonables, hicimos una reserva para la cena. Fue una novedad bastante grata tener una pequeña cena romántica para dos, y para una doble celebración, el cumpleaños de Blanca, y llevar un año viajando por África. El lugar era una vieja casa africana que había sido retechada. Nos dieron la bienvenida al son de tambores y nos llevaron a la mesa en un rinconcito tranquilo con dos estufas de barro para mantener a raya el frío. La comida era excelente, sopa de espinacas frescas, seguida de un solomillo con montones de verduras variadas, seguido de un par de tartas de manzana muy condimentadas y te de menta. Todo, incluida la carne, es o bien de la granja o bien de los alrededores. Es una pena que no nos pudiéramos quedar más tiempo, pero queríamos llegar a Dar y arreglar los visados antes del fin de semana. Pero antes de irnos, nos abastecimos de pan recién hecho, verduras y carne.

No muy lejos de la Old Farm House hay un sitio, Ismila, donde algunos arqueólogos encontraron una colección enorme de utensilios de la época del hombre de la Edad de Piedra, y tan ansiosos estábamos por adentrarnos un poco en la cultura africana que hicimos una visita al lugar. Por descontado que había muchos utensilios de piedra, pero lo mejor fue que nuestro guía nos llevó a ver algunos monolitos de piedra resultado de años y años de erosión. El sitio me recordó mucho a Las Médulas en el norte de España.

Después de un poco de cultura, lo que de verdad necesitábamos era ver algo de flora y fauna, y por suerte, no tuvimos que esperar mucho, ya que la carretera principal atraviesa justo por el parque nacional de Mikumi, por lo que no hay que pagar entrada a menos que quieras entrar en el parque como Dios manda y quedarte en un pabellón. Ahora, mi experiencia con los parques gratis en África me indica tan sólo que están libres de cualquier flora y fauna, así que me quedé totalmente sorprendido al ver un pequeño grupo de cebras junto a la carretera, y al pasar las señales del parque un poco más adelante, vimos jirafas, elefantes y búfalos junto a las habituales gacelas. Es increíble toda esta flora y fauna gratis, y tan cerca de la carretera principal, pero una vez que pasas el límite del parque, no hay ninguna valla, y el paisaje es el mismo, idéntico en todos los aspectos, excepto por los animales. Por supuesto, todavía hay mandriles y monos de terciopelo, pero supongo que estos no son muy buenos para comer. Si no hubiéramos andado escasos de tiempo, me habría gustado parar y echar un vistazo al parque, ya que sin duda parecía haber abundante flora y fauna. 

Un comentario rápido sobre los peligros y molestias de las carreteras tanzanas: aparte de los africanos habituales, los minibuses que paran donde les place, los ciclistas y el ganado local, hay camiones, pero lo peor son los autobuses interurbanos “caseros”, construidos a partir de viejos camiones, que no respetan las leyes de la carretera, y van lo más rápido posible, volando por las curvas por el carril que mejor les viene. Evitamos por poco un choque frontal con uno de estos autobuses que estaba adelantando a un camión en una curva, al echarnos a un lado justo a tiempo. Ah, al igual que en el Reino Unido, hay badenes por todas partes, pero al menos los policías son simpáticos, y no están interesados en jorobar a los extranjeros. El paisaje que veíamos tras las llanuras y el parque volvía a ser montañoso, y no había muchas posibilidades de acampar en el monte. Pero quiso la suerte que encontráramos un claro en el monte, justo pasando una obra de preparación del terreno, donde los baobab estaban en flor. Pensaba que esto sólo pasaba cuando los árboles eran jóvenes, pero parece que no es así.

Después de una serie de días de conducción “cortos”, llegamos a Dar es Salaam, y acampamos en un campo de fútbol a 50 km. de Dar, así podíamos potenciar al máximo nuestra llegada con las visitas a las embajadas.

Dar es Salaam era mucho más grande de lo que me esperaba, y más caótica a la manera africana, pero con un aire colonial. Como era temprano, la primera parada fue la embajada ugandesa, donde fueron muy eficientes, al tener los visados listos en cuatro horas. Así que para pasar el rato fuimos a ver qué tal eran los supermercados. Por fin había supermercados llevados por indios, limpios, ordenados y eficientes, con todo lo que puedas querer a precios que no hacen saltar la banca, excepto por el vino, pero la ginebra del país es muy barata, ¡así que no hay tregua para el hígado! Así que tras abastecernos con comidas indias, curry, y otras provisiones, era el momento de recoger los pasaportes y de probar la embajada ruandesa. También teníamos muchas ganas de comprobar si el pasaporte de Blanca había dado problemas, puesto que era válido para menos de seis meses. Al parecer, eso no era problema. Para entrar en Ruanda, yo conseguí un visado gratis, pero la hispana tenía que pagar; por unos $25 extra podíamos tener los visados en el acto, pero preferimos el servicio de tres días, así podíamos recoger todo el viernes. Ahora era el momento de encontrar el camping. El más cercano a Dar está a un viaje corto en ferry hasta lo que parece una isla, pero en realidad no es más que una cala, aunque sin fácil acceso. Así que tocaba coger el ferry. Mi copiloto va mejorando, y fue bastante fácil encontrar el ferry, pero como estaba junto al mercado de pescado, ¡bastaba con guiarse por la nariz! El ferry era muy africano, al igual que el de Ghana, pero muy barato, así que después de los coches y los camiones, era cuestión de meter al mayor número de personas que fuera humanamente posible. Con el ferry lleno, zarpamos para hacer la travesía de cinco minutos. El camping Mikadi Beach está a sólo dos kilómetros del puerto, por lo que enseguida estábamos instalados tomándonos unos gin tonics bien fríos. Ah, hay otro fastidio que he olvidado mencionar: los camiones, que tienen tendencia a ir llenos de jóvenes de las antípodas que quieren beber hasta dejar los bares secos todas las noches antes de que salgan sus camiones a alguna hora intempestiva de la madrugada, por lo que hay que coger sitio en el camping con cuidado, o puedes acabar sin dormir nada en absoluto… ¡a lo mejor me estoy haciendo viejo!

Esperábamos hacer una escapada a Zanzíbar, pero como estaban en medio de unas elecciones y esperaban muchos problemas, pues unas cien personas habían muerto en las últimas elecciones, lo cual unido a los gastos, decidimos no tomarnos la molestia. ¡A lo mejor la próxima vez!

Después de unos días, la familia francesa se fue a explorar el norte de Tanzania, pero no sin antes despertarnos temprano una mañana con toda la familia dando vueltas por allí medio desnudos gritando “¡hay una ENORME en el coche! La “ENORME” resultó ser una rata que habían encerrado sin darse cuenta en el coche, ¡y había pasado la noche intentando salir de allí royendo! Recogimos los visados ruandeses el viernes, y luego nos fuimos derechos a la embajada keniana, los pasaportes estarían listos el lunes, así que podíamos irnos y seguir hacia el norte. Mientras estábamos en Dar, al final conseguimos encontrar un cibercafé lo bastante rápido para enviar la actualización de Malawi, y tomarnos una magnífica comida india vegetariana, me habría gustado haber probado más indios, una de mis comidas favoritas, pero el tiempo apremiaba, me imagino que tendré muchas otras ocasiones según vayamos hacia el norte.

Con todos los visados arreglados y sin ningún problema con el pasaporte de Blanca, salimos hacia el norte por la costa hasta Bagamoyo y el hotel para viajeros, un sitio bastante lujoso, ¡y sin un camión a la vista! Teníamos el camping prácticamente para nosotros, y el restaurante era razonable, así que no hacía falta cocinar. Debo decir que después de Zambia, los restaurantes en Tanzania han estado muy bien de precio.

A la mañana siguiente, salimos hacia la Reserva Cinegética Sadani, Blanca me aseguró que había un ferry o un puente, pero al final de la pista, junto al río, sólo había una rotonda para facilitar la operación de desembarque y embarque. Blanca estaba deseando guardar las apariencias, y hacerme vadear el río con Grommet, pero el acceso al río era demasiado pequeño, y tras ver a uno de allí vadeándolo con una bicicleta sobre su cabeza y el agua a la altura de los hombros, conseguí convencerla de que era mejor dar la vuelta y volver. Un guarda forestal de la zona llegó y nos aseguró que se iba a construir un puente pronto, ¡pero no lo bastante pronto para nosotros!

Por el camino nos hicieron señas un par de maasais para que paráramos, ya que querían que los lleváramos, para lo que les ofrecimos un intercambio, una foto por el viaje, pero rehusaron. ¡Sin foto no había paseo! Al parecer, los maasais tienen una teoría según la cual una fotografía, de algún modo, les roba parte de su sangre y su alma.

De vuelta a la carretera principal, que era poco más que un camino de tierra, no habíamos llegado muy lejos cuando tuvimos que parar, un camión cisterna de agua estaba bloqueando la carretera, estaba atascado en un tramo que estaba en reparación. Salí a echar un vistazo, y logré convencer al conductor de la niveladora de que liberara el camión cisterna para que pudiéramos pasar. Entretanto, un impaciente lugareño blanco en un Toyota Land Cruiser nuevo decidió que no podía esperar, e intentó pasar quedándose atascado y completamente atravesado a la vez, lo cual debo decir que fue bastante gratificante. Hay mucha rivalidad entre los bandos de Toyota y Land Rover. Me iba a ofrecer a sacarlo de allí, pero pensé que tendría más gracia ver cómo lo hacen los africanos con la niveladora. Mientras todo esto tenía lugar, llegó otro Land Cruiser con un montón de africanos que vieron la escena horrorizados, dijeron que “¡la carretera no está bien!”, y rápidamente se dieron la vuelta y se volvieron por donde habían venido. De vuelta en el asfalto, una vez más, Blanca seguía queriendo encontrar el “camino por el monte atajo hacia la costa”, lo que, como he mencionado antes, no es fácil en un sitio en el que la mayoría de la población sólo habla suahili, y no hay señales de tráfico, y los lugareños piensan por qué iba el loco hombre blanco a querer ir por la carretera del monte, si es mucho mejor la carretera de asfalto. Por consiguiente, no me sorprendió nada en absoluto cuando llegamos a las puertas del campamento de refugiados y el guarda nos explicó en una mezcla inglés-suahili que no podíamos continuar, y que teníamos que volver a la “carreteri principali ir por la derechi y luego girar a la izquierdi”. Como era tarde, acampamos en el monte, justo pasando el pueblo. Blanca estaba un poco asustada por un grupo de cazadores de la zona que pasaron por allí con un rifle enorme, así que hicimos una cena rápida y nos acostamos temprano, dentro para variar.

Al final encontramos una carretera por el monte que nos llevó hasta la costa y a Pangani, el paisaje era precioso y bien valía la búsqueda, pero el camino, bueno, no podía evitar pensar en cómo sería ¡si las nubes negras en el cielo provocaran un diluvio! Llegamos a la costa y de nuevo estábamos en una de las extensas plantaciones de sisal de Tanzania en la que las plantas se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Acampamos justo a las afueras de Pangani en el Peponi Holiday Resort, en la playa. Era un sitio perfecto, y sin camiones, pero era una pena que empezara a llover al día siguiente de llegar. De todas formas era un lugar tranquilo para relajarse, y la comida era barata, así que no tuve que cocinar bajo la lluvia. Aquí nos encontramos con Edouard y Sandrine, la pareja francesa que viaja en un Toyota, a quienes ya habíamos conocido en Malawi. También había una pareja alemana que viajaba hacia el sur en una moto KTM muy bien preparada, bueno, no se podía esperar menos de los alemanes. También conocimos a Rob, un sudafricano en un Land Rover TD5 que dirige un par de hoteles en Botswana y escribe para una revista de 4x4s de Sudáfrica, de forma parecida a Vince Cobbly en la revista LRO en el Reino Unido. Muchas horas pasamos hablando de Land Rovers…

Tras unos cuantos días luchando contra la lluvia, era momento de seguir adelante y ver el Monte Kilimanjaro. Nos ofrecimos a llevar a Tanga a una pareja de mochileros, Simon de Nueva Zelanda y su mujer Nadine de Francia, y como tontos aceptaron. Como había estado lloviendo, la carretera parecía una formación de hielo, así que cuando vi la oportunidad de adelantar un camión, ¡todo se fue “al carajo!”, con el pobre  Grommet yéndose de lado por la cuneta… Era el momento de probar el bloqueo del diferencial arreglado, y enseguida estábamos de vuelta en la carretera, el único problema era que cuando llegamos a Tanga y al asfalto de nuevo ¡el bloqueo del diferencial no se soltaba! Con mucho camino de asfalto por delante, pensé que lo prudente sería arreglarlo ahora, en vez de continuar, por lo que nos metimos en una gasolinera y nos pusimos a trabajar. Creo que el guarda de seguridad, confuso al ver a un hombre blanco que intentaba arreglar su coche, pensó que se trataba de un atraco y se fue corriendo a por su rifle, y no nos quitó ojo de encima. Con un poco de trabajo, al final conseguí que se soltara el bloqueo de diferencial, para que pudiéramos continuar, y justo a tiempo antes de que empezara a llover de nuevo.

El problema del bloqueo del diferencial nos retrasó un poco, por lo que no pudimos llegar hasta el Kilimanjaro en un día, así que paramos en el Tembo Campsite, justo después de otra enorme plantación de sisal.

Por lo general, los campings han sido tan baratos en Tanzania, entre 1.50 y 2.50 libras por cabeza, que casi no tiene sentido desperdiciar el combustible buscando un lugar apropiado en el monte. Al día siguiente llegamos al Coffee Tree Village Campsite en Marangu. El pobre Grommet subió penosamente los 1800 metros, resoplando y tratando de recobrar el aliento por todo el camino, me alegro de no haber decidido subir hasta la cima. Empiezo a sospechar que el problema es el agua o algún otro contaminante del combustible, ya que sólo ocurre en las subidas muy empinadas con gasolina de muy mala calidad. El camping se parecía bastante a un jardín muy buen cuidado, con plantas y arbustos por todas partes. Me recordó un montón al jardín de mis padres en Surrey, y daba lástima conducir por el alfombrado césped. El precio estaba bien, había electricidad disponible para la nevera, y por supuesto, si no hace mal tiempo, una vista de la montaña. Edouard y Sandrine ya estaban allí, la montaña estaba cubierta de nubes, y de nuevo estaba lloviendo, lo que probablemente explica por qué la zona está ¡“sospechosamente” verde! Aquella noche, Bernard, su mujer Sonia y su hermana Anny, y otros franceses que habíamos conocido en Malawi, llegaron con langostas frescas para todos. Luego hicieron a la barbacoa a las pobres (las langostas), de todas formas, fue algo estupendo, cocina francesa a la sombra del Monte Kilimanjaro. ¡David, nuestro amigo gourmet de Londres, habría estado orgulloso! Incluso hubo un concurso para ver quién hacía la mejor mayonesa entre los franceses… Tras una noche de más lluvia, nos despertamos a las seis y nos encontramos la montaña totalmente despejada de nubes, así que dejamos a los franceses con sus desayunos, cogimos las cámaras, y salimos por la carretera hacia arriba para tener una mejor panorámica. Qué vista tan fantástica, el Kilimanjaro con la cima cubierta de nieve y sin una nube, pero no por mucho tiempo, ya que apenas habíamos acabado la sesión de fotos cuando volvieron las nubes a oscurecer la cima una vez más. Los franceses todavía estaban en mitad del desayuno cuando regresamos con la mala noticia de que habían desperdiciado la ocasión. Como había más nubes negras de lluvia de camino, desayunamos, les dijimos “bon voyage” y nos fuimos.

En vez de coger la carretera de asfalto toda hasta Arusha, decidimos en su lugar dar la vuelta y coger una carretera secundaria que pasa entre el Monte Kilimanjaro y el Monte Meru, bordeando el parque nacional de Arusha, con la posibilidad de ver algo de flora y fauna. El plan, como siempre pasa con estas cosas, empezó bien, el asfalto dio paso a una carretera de grava aceptable, pero cuando tuvimos que dar la vuelta… la carretera embarrada dio paso a la sabana y ¡no había camino en absoluto! Quiso la suerte que hubiera pasado un Land Rover por allí justo antes de que llegáramos, por lo que seguimos sus huellas con la esperanza de que hubiera venido de la dirección en la que íbamos. Enseguida estábamos en medio de ninguna parte pasando por pequeños pueblos maasai, atajando por lechos de ríos secos sin un alma a la vista aparte de algún que otro maasai con sus cabras y ganado. El paisaje era espectacular y deslumbrante, pero sin flora ni fauna. De vez en cuando el camino reaparecía y en alguna ocasión estaba bien nivelado para tranquilizarnos asegurándonos que íbamos en la dirección correcta antes de desaparecer otra vez como tantas cosas aquí en África. Hubo un momento en que paré para hacer un reconocimiento de la ruta a través de un lecho de río seco, cuando se nos acercó una anciana maasai que quería que la lleváramos. Así que Blanca se subió a la parte de atrás y la mujer se sentó delante, en la línea de fuego, agarrándose, como si la vida le fuera en ello, hasta que llegamos a su pueblo. Estaba muy agradecida por el paseo (y por seguir viva), y nos dio las gracias en suahili antes de irse a casa.

En Arusha, en Shopright nos topamos una vez más con los franceses, quienes, aburridos de la lluvia, habían dejado el Kilimanjaro, y ahora estaban como nosotros, abasteciéndose con provisiones. A 25 km. a las afueras de Arusha íbamos a acampar en Snake Park, pero al encontrarlo lleno de camiones, seco, polvoriento, con escasez de agua, y con Blanca no muy convencida con la idea de todas las serpientes, volvimos a la carretera, un poco hasta el Mesarani Oasis, un sitio llevado por africanos con camping y con un extraño aire alemán. Resultó que el dueño había estado casado con una alemana. Teníamos el sitio para nosotros solos, así que pude seguir revisando los frenos de Grommet, mientras Blanca hacía la colada. La comida y el camping eran baratos, por lo que pudimos darnos un gustazo. Mientras comprobaba los frenos delanteros, descubrí la causa de un pequeño tambaleo en las ruedas que había aparecido hacía poco. Uno de los exclusivos extremos de la barra de acoplamiento del 101 estaba deshecho y había que cambiarlo, por suerte tenía un equipo de reparación de Jonathan, de Crozier 4x4, pero por supuesto, el equipo viene sin instrucciones, y es un equipo genérico con más piezas de las que hacen falta, así que siguieron un par de horas interesantes, intentando sacar la vieja barra de acoplamiento, y sustituir los trozos inservibles por los del equipo. Ahora ya teníamos frenos, una dirección vigorizada y ropa limpia.          

La siguiente parada era el cráter Ngorongoro. La carretera hasta la verja era por reciente cortesía de los japoneses, supongo que todas esas ventas de Toyotas no son por nada. Para sacar el máximo provecho de nuestro tiempo en el cráter, acampamos justo afuera, para que a la mañana siguiente pudiéramos entrar a las 9.30, con un pase de 24 horas, lo que significaba que para las 9.30 del día siguiente teníamos que salir para evitar tener que pagar por un segundo día. Tras conseguir el permiso y subir al borde, la vista que te espera es increíble. Abajo en el suelo del cráter, manadas de animales se apiñaban como hormigas. Resultaba difícil creer que estuviéramos en un lugar que yo había visto infinidad de veces en los documentales de naturaleza. Habíamos pagado los $30 extra que nos permitían bajar al cráter en coche, era como entrar en un lugar mágico, un pequeño microcosmos congelado en el tiempo. En realidad no es tan grande, de unos 20 km de ancho, pero lo que es increíble es la variedad de habitats, praderas, pantanos, lagos y bosques que, en contraste con el exterior, están repletos de flora y fauna. Manadas de ñus y búfalos estaban de mini migración, mientras allí cerca vimos hienas refrescándose en una de las charcas que habían dejado las recientes lluvias. Pasamos el día conduciendo por los diferentes ecosistemas, uno de nuestros preferidos fue una charca de hipopótamos, en la que los hipopótamos tienen por costumbre revolcarse sobre sus espaldas en el agua, con sus pequeñas y gruesas patas al aire. Después de nuestras experiencias en Zambia con los elefantes, Blanca “la valiente” ha intentado evitarlos. Esto resultó ser bastante difícil cuando tienes que usar el baño y hay un enorme elefante detrás… y cuando estábamos acampados pasó uno mientras preparábamos la cena, nunca he visto a la hispana correr tan rápido hasta la relativa seguridad de Grommet. Mientras estábamos en el cráter, debimos haber empezado a perder aire, ya que mientras subíamos la empinada cuesta, un Land Rover lleno de maasais nos paró y nos avisaron del problema. Al no haber ningún sitio para parar, lo único que podíamos hacer era intentarlo. Quiso la suerte que llegáramos al camping al borde del cráter con el suficiente aire. Por la mañana, nos levantamos muy temprano y nos fuimos sin ni siquiera desayunar, lo cual es insólito, y nos dirigimos a la salida, y al Serengeti, a por otro festín de flora y fauna. Por el estado de la carretera, supongo que los japoneses no van al Serengeti, estaba en un estado lamentable, con muchos baches, tan horribles que se hicieron con el control de Grommet y lo arrojaron de la pista. Hasta que paramos a ayudar a Edouard y Sandrine, cuya baca se estaba autodestruyendo por la vibración, no noté un ruido horrible procedente de la transmisión de Grommet. Temiéndome lo peor, paré y eché un vistazo por debajo, una de las juntas universales del eje delantero de la hélice se había roto, y le faltaba una tapa del cojinete. Como la verja estaba a sólo unos kilómetros de distancia, tomé la decisión de seguir, con el riesgo de daños mayores, e intentar llegar a la verja de salida antes de que caducara el permiso. Llegamos justo a en punto, así que mientras Blanca iba a ocuparse del papeleo, me puse a quitar el eje delantero de la hélice para examinar mejor los daños. No estaba muy mal, pero había que cambiarlo antes de continuar. Por desgracia, había usado todas mis juntas universales de repuesto en Lusaka, pero tenía una más pequeña para un Land Rover SII que preferí no dejar en España. Tendría que servir, pero qué hacer con el espacio entre la tapa del cojinete y el muelle de sujeción, menos mal que tenía araldite. Así que cambié el cojinete con la ayuda de una abrazadera en forma de G, y llené el espacio con araldite, observado por varios grupos de turistas y sus guías en sus excursiones de cinco estrellas. A la una ya estábamos listos para salir hacia las llanuras del Serengeti. Como habíamos evitado por poco pagar los $150 de cargo por el vehículo para el Ngorongoro y el Serengeti, nos podíamos permitir pasar un poco más de tiempo, y nos concedimos dos días. Me había dicho un camionero que no me esperara ver muchos animales, ya que todavía estaban en el norte y en el Maasai Mara. Pero lo primero que me llamó la atención fue lo verde qué estaba todo, junto con el tamaño del sitio, llanuras cubiertas de hierba, un brillante verde esmeralda que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, intercalado con bosques y bordeado por pequeñas colinas. Qué sitio tan fantástico, el África que había estado buscando, con manadas enormes de ñús, búfalos y cebras de un lado para otro dándose un festín de hierba mientras van y vienen. El bosque estaba lleno de jirafas intercaladas con manadas de mandriles, y de vez en cuando nos encontrábamos a algún león gordo por el festín de la variada selección de flora y fauna. Casi todos los leones parecían estar solos, aparte de dos machos que nos encontramos, pero supongo que con tanta presa a sólo un zarpazo de distancia, a quién le hace falta compartir.

Una mañana tuvimos mucha suerte de ver un par de guepardos que estaban descansando tras un grupo de árboles, nos los señaló uno de los guías de la excursión, y eran muy difíciles de ver, salvo por algún que otro coletazo o una oreja. Lo que hacía falta era un catalizador para que se pusieran en movimiento, y por casualidad éste tomó la forma de una manada de mandriles que se acercaban, y que no tenían sitio en su territorio para un par de felinos. Era justo lo que hacía falta, y los guepardos salieron al descubierto y se dirigieron hacia las colinas con el acompañamiento de los “clics” de las cámaras. Al segundo día en el Serengeti, fuimos por el corredor occidental hasta un camping especial. Como costaba $40, en vez de $20, nos esperábamos duchas, baños, etc., y no teníamos más que encontrar al guarda forestal de la zona. El camping “especial” en realidad resultó ser un montón de leña en medio del monte alejado de todo el mundo. Solos en el monte, rodeados de animales salvajes y, en este caso, por un pequeño río lleno de hipopótamos y cocodrilos, ¡la peor pesadilla de Blanca! El consejo de los guardas forestales, al intuir la inquietud de Blanca, ¡fue que hiciéramos una gran hoguera! Así que mi primera tarea fue encender el fuego antes incluso de abrir la tienda de campaña. Nos fuimos a la cama, y nos adormecimos con los bufidos de los hipopótamos, y el sonido de las hienas y de los leones a lo lejos. ¡Esto era sin duda el camping “especial”! Salimos del Serengeti al día siguiente, con lo que habíamos visto y oído en los últimos días todavía en la cabeza. Justo fuera del parque, acampamos en el Kijereshi Tented Camp, en el que nos relajamos junto a la piscina, y éramos los únicos huéspedes, por lo que nos pusieron una habitación a nuestra disposición, con ducha, y por la noche, el chef preparó una comida sólo para nosotros. ¡Ah, la dura vida del viajero! Kijereshi está en un atajo hasta la carretera de asfalto a Mwanza y el Lago Victoria. Para mi sorpresa, la reparación en el monte del eje de la hélice resistía bien, y fue así todo el camino hasta Mwanza, donde conseguí encontrar las piezas adecuadas en el principal concesionario Land Rover de allí. En Mwanza, acampamos en el club náutico, justo a la orilla del Lago Victoria, puesto que realmente no había más opción en la ciudad. De todos modos, estaba limpio, ordenado y tranquilo, y con sólo unos pocos barcos pequeños, no era igual que los clubes de Luanda, Angola. Me puse a trabajar y cambié la junta universal del eje de la hélice, y arreglé el pinchazo, pero me salté un agujero de perno, por lo que la rueda seguía sin coger aire, y con nuestros visados a punto de vencer, tendría que esperar hasta Kigali, Ruanda, para una segunda inspección.

Cogimos el ferry, que era más bien una lancha de desembarco, desde Mwanza por el río hasta Kamanga. Volvimos a los agrestes caminos africanos, algo que no parecía importar a los autobuses, ya que cogían las curvas a alta velocidad con la parte de atrás derrapando como en un rally. No era una sorpresa que los pasajeros nos miraran boquiabiertos por las ventanas, probablemente por miedo, y no sorpresa, al ver al hombre blanco.

Con nuestros “safaris” por los parques, el pobre Grommet ya no era azul, sino marrón claro, lo que creo que ayudó a ocultar nuestro paradero, mientras acampábamos en el monte justo antes de la frontera con Ruanda, en una zona con tan mala fama por los bandidos que ¡los vehículos van por la noche con escolta policial! Sobrevivimos a la noche, y al despertarnos nos vimos rodeados de ganado con unos cuernos enormes. Blanca adoptó el papel de torera, pero el verla salir de la tienda los ahuyentó.

Tuvimos una estancia realmente placentera en Tanzania, un país enorme lleno de sorpresas, pero a la gente la encontramos un poco tímida y bastante seria, lo que atribuimos sobre todo al hecho de que poca gente habla inglés, ya que el principal lenguaje que se enseña en la escuela primaria es el kswahili. Estuvo bien ver una fuerte presencia de Land Rovers, muchos de los cuales parecen ser SIIs muy trillados, lo que viene a demostrar la longevidad de la marca, porque hay pocos modelos más recientes.

Los parques nacionales fueron una delicia, y no puedo expresar en palabras la estancia tan maravillosa que pasamos allí, era como si el Discovery Channel cobrara vida a nuestro alrededor. La otra gran sorpresa fue lo asequible que es Tanzania, bueno, aparte de los parques, por supuesto. Pero cuando piensas que el típico turista gasta más dinero en su “traje de safari” que en entradas para los parques durante su estancia de dos semanas, en general está genial de precio.

Si estás planeando un viaje y quieres probar la verdadera África, dale una oportunidad a Tanzania, pero si de verdad quieres explorar el lugar, aseguraros de meter en la maleta ¡un mapa muy detallado!

Las Cataratas de Kapalogwe


Más incendios en el monte


La hora del te


Clases en el colegio


¿Una orquídea?


Ismila


Nosotros


Vehículo largo/vehículo corto


De acampada con los baobab


Parque nacional de Mikumi


Parque nacional de Mikumi


Ferry en Dar


Playa en Dar


De acampada en Dar


De vuelta en el ferry


¿Cómo?, ¿no hay puente?


Taxi por el monte


Plantación de sisal


Banquete para un francés


Coffee Tree Camp


Monte Kilimanjaro


¿Dónde me dejé las vacas?


Chicas de aquí


Maasai modernos


Ngorongoro


Hiena refrescándose


Cebras


¿Alguien quiere ir de safari?


Hipopótamo de fiesta


Mucha flora y fauna


¡Detrás de ti!


Cambiando la junta universal


Mandril


Ñus


León gordo


Tan sólo nos estamos revolcando


León


Jirafas


Rápido, enciende el fuego


“Camping Especial”


Club Náutico del Lago Victoria


Transporte Colonial


Otro ferry más


Rocas en el lago