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Mozambique, primera parte

Del 22 de agosto al 12 de septiembre de 2005

Por fin la esperanza de un tiempo más cálido, playas arenosas, gente simpática y relajada, y la ocasión para descansar. Debo decir que a Blanca y a mí nos hacía mucha ilusión Mozambique, y que nos esperábamos algo como Angola, pero con carreteras un poco mejores, puesto que la guerra acabó aquí hace ya diez años.

Los requisitos de la frontera iban bien, hasta que apareció el tema del seguro y del impuesto para la financiación de las carreteras. Grommet tenía una póliza de seguro válida, y era lo bastante ligero para que no hiciera falta pagar el impuesto, pero los alemanes, con un Ifa de nueve toneladas, y sin seguro, necesitaban los dos, ¡por lo que tendrían que negociar! De hecho, dos horas de negociación más tarde, con Blanca haciendo de intérprete y de mediadora, los oficiales no cedían, la ley era la ley, así que los alemanes tuvieron que pagar el seguro, y $100 por el primer plazo del impuesto de carreteras. El resultado de todo este debate fue que Blanca y yo tuvimos que cruzar Maputo, una ciudad desconocida, de noche. Enseguida estábamos aparcados a un lado de la carretera en la dirección equivocada, en una calle de un solo sentido, y discutiendo con unos policías de tráfico que tenían muchas ganas de que contribuyéramos al fondo anual para cerveza de la policía. Blanca (en portugués y en español) consiguió convencer al tipo que nos paró para que nos dejara marchar (el poli bueno), pero por desgracia, su jefe (el poli malo) tenía mucha sed… Menos mal que la cerveza aquí es barata, por lo que al final nos escapamos tras pagar el equivalente a seis libras.

Finalmente conseguimos llegar al albergue para mochileros Fatima’s Place, en la avenida con el extraño nombre de Mao Tse Tung, que no suena precisamente mucho a portugués o a africano como cabría esperar, y conseguimos meter a Grommet.

Maputo es otra ciudad de tránsito para viajeros que entran o salen de Mozambique, y sinceramente, la única razón por la que estábamos aquí era para renovar el pasaporte de Blanca. Al parecer, los españoles, a diferencia de los británicos, los alemanes, los franceses, y probablemente el resto del mundo, no son frecuentes viajeros de larga duración (a pesar de su historia), y les expiden un pasaporte “súper flaco” de sólo 26 páginas aprovechables, por lo que, diez meses después de salir de España, el pasaporte de Blanca estaba lleno. Los visados, y los sellos de entrada y salida tuvieron su efecto, así que fuimos a la embajada española a por uno nuevo, y no hubo ningún problema, tan sólo que el nuevo sólo iba a ser válido para tres meses, o en circunstancias extremas, seis meses. Lo malo era que la mayoría de los países exigen un pasaporte con un mínimo de seis meses antes de expedir un visado. Empezamos a pensar en la posibilidad de que Blanca cogiera un avión de vuelta a Londres para renovar el pasaporte allí, pero con mucha ayuda de Lidia, de la embajada, y tras muchas discusiones, y una carta de explicación, conseguimos convencer al jefe de Lidia para que expidiera un pasaporte válido para ocho meses. No era lo mejor, pero es mejor que nada, y nos da un plazo de tres meses antes de pasar por todo el proceso de nuevo…

Después de todo el lío del pasaporte estábamos deseando irnos lo más rápido posible, y ponernos en marcha, así que nos despedimos del marchito colonialismo y de la arquitectura de la Europa oriental de Maputo, y nos dirigimos a la playa, y a Tofo.

Estábamos advertidos de que había que andar con ojo con los corruptos controles de velocidad de la policía por el camino, así que no me sorprendí nada cuando nos pararon justo después de Xai-Xai. Estaba preparado, por lo que después de la señal de 80 km., frené hasta los 60 km., así que tras comprobar nuestros papeles, me llamaron para ver la medición de la pistola radar. Estaba claro que esta era la policía cómica de Mozambique, ya que el radar mostraba una velocidad de 100 km/h… Ojala eso fuera posible en estas carreteras africanas con un Land Rover 101 cargado hasta arriba. Tras una larga discusión, y con el apoyo del GPS, al final nos dijeron que nos fuéramos, y no tuvimos que pagar ninguna multa. Supongo que lo que querían era amañar el aparato para el siguiente. Es increíble la cantidad de gente que conocimos después (turistas) a los que les había parado la misma policía y habían pagado la multa, la cual a 30 libras por persona supera el sueldo de cualquiera.

Llegamos al albergue para mochileros Fatima’s Nest en Tofo de noche, y vimos que Arthur y Swantje, los alemanes, ya estaban instalados. Blanca esperaba aparcar en la playa, así que se puso furiosa, por no decir algo peor, al ver que había una fila de chales entre nosotros y la vista del mar. Como hacía un terral bastante fuerte, y había unos chavales en la playa, me alegré bastante de estar a cubierto. Por fin tuvimos sol, mar cálido, y arena blanca, así que ya era hora de guardar los forros polares, sacar los bañadores, ir a la playa, y tomar un poco el sol. Esta zona es famosa por el marisco, con enormes langostinos tigre por tres libras el kilo, y una bolsa de almejas por una libra, así que quién se podía resistir, ¡era más barato que comer fuera! Tofo también es un lugar estupendo para bucear, pero nuestro presupuesto no llegaba para hacer un curso de buceo, así que nos conformamos con nadar con el tubo. Blanca y yo decidimos unirnos a un safari oceánico que prometía nadar con tiburones ballena, pero el mar estaba demasiado picado para ver nada aparte de algunos delfines y una tortuga muy sorprendida, y no pasó mucho tiempo antes de que la mitad de la gente del barco se pusiera pálida, y se asomaran por la borda para “dar de comer” a los peces. Blanca se agarró a mí temiendo por su vida, mientras el barco se balanceaba, se bamboleaba, se agitaba, y salpicaba, y creo que todos nos alegramos mucho cuando el barco volvió a la playa. Blanca juró no volverse a subir jamás en un barco pequeño.

Al día siguiente el mar estaba mucho más calmado, y mientras íbamos hacia el mercado del pueblo, vi un grupo de rorcuales a no mucha distancia de la playa. Cogí mis cosas y me uní al safari oceánico de ese día. Por algún motivo, no pude convencer a Blanca para venir conmigo. Me di cuenta de que iba a ser un buen día cuando el piloto lanzó el barco por la cresta de una ola enorme a toda velocidad… Casi enseguida se nos unieron unos delfines deseosos de pasárselo bien, lo que hizo que el piloto fuera más rápido. Llegamos a mar abierto, y nos estábamos poniendo las máscaras y las aletas cuando vimos el primer tiburón ballena, un joven de unos cinco o seis metros. Nadamos con él unos minutos antes de que se metiera mar adentro, y apenas habíamos vuelto a bordo cuando nos volvimos a meter con unas manta rayas bastante grandes, y después había un gran banco de peces reales, ¡esto estaba mucho mejor! Después el vigía vio un tiburón ballena de tamaño mediano. De nuevo, este tiburón estaba acostumbrado a tener “visitas”, y estaba contento de nadar y comer cerca de la superficie rodeado de buceadores pasmados a los que les costaba ir al paso mientras seguía nadando sin esfuerzo alguno. Conseguí permanecer con el tiburón una media hora antes de volver al barco, ¡¡¡¡menuda experiencia!!!! Con toda esta diversión, el tiempo casi se había acabado, e íbamos de vuelta a la playa cuando un rorcual y un ballenato emergieron a 50 metros del barco, y siguieron con nosotros durante unos diez minutos largos antes de irse por su lado. Este fue un momento verdaderamente mágico del viaje, y es una pena que Blanca se lo perdiera. Nota para el futuro: conseguir una cámara submarina.

Era hora de salir de Tofo y de dirigirse por la costa a otra playa en Vilankulo. La carretera hacia el norte es muy africana, y en la actualidad está en reconstrucción, es decir, que hay una franja de asfalto por el centro de la carretera con tierra y arena a los lados, y por supuesto, todo el mundo quiere ir por la pequeña franja de asfalto. Intenta mantener los nervios cuando ves un enorme camión americano Freightliner que va a gran velocidad con una inmensa nube de polvo. Habíamos sido los últimos en irnos de Fatima’s, pero no pasó mucho tiempo antes de que encontráramos a los alemanes a un lado de la carretera con uno de los neumáticos traseros reventado, bueno, en realidad, ¡se había desintegrado!, así que paramos a echar una mano, para diversión de un grupo de niños que habían parado a observar. Como dos manos hacen el trabajo más ligero, enseguida nos pusimos en marcha, y dejamos a Arthur y Swantje limpiando. Más adelante llegamos a Massinga, y todo parecía normal hasta que me di cuenta de que el policía de tráfico había desenfundado la pistola y corría por la carretera. Se había congregado una enorme multitud, y los nerviosos policías estaban disparando sus armas automáticas al aire. Sorprendentemente, no nos quedamos a averiguar qué pasaba, pero después nos enteramos de que la ciudad estaba molesta por la excarcelación de una mujer que secuestraba niños y los vendía para adopción y como donantes de órganos.

Echamos un vistazo al camping de Vilankulo, pero a 14 libras la noche fuera de temporada, se pasaba un poco de nuestro presupuesto, por lo que montamos el campamento en Casa de Josef e Tina, al más razonable precio de tres libras la noche, y era básico, mucho más acogedor, y a dos pasos de la playa, que no era una simple playa, sino kilómetros y kilómetros de preciosa playa arenosa, con dhows de brillantes colores navegando por ahí, y el mar azul celeste, ¿era esta la playa perfecta que Blanca había estado buscando? Esa noche fuimos a comer algo, y topamos con Brittney y Ben, una pareja americana que habíamos conocido brevemente en Tofo, y a los que luego se unió otra pareja, Rachel y Jason, que eran VSOs (voluntarios para servir en ultramar) de Malawi. Algo de lo que te das cuenta enseguida es que todo dios aquí en Vilankulo tiene un dhow, tiene relación con un dhow, conoce a alguien que tiene un dhow, o sabe cómo es un dhow, por lo que si eres nuevo en la ciudad prepárate para la lata que te dan con la principal atracción de la zona, ¡una excursión en dhow por las islas! Todos teníamos ganas de hacer una excursión por las islas, y de bucear un poco en el Arrecife de las Dos Millas, por lo que fuimos una presa bastante fácil para Eric, un afable estafador de por allí. Todo estaba preparado para levantarnos a las ocho en punto el viernes por la mañana, así que había tiempo suficiente para que llegaran los alemanes, para que Rachel y Jason cambiaran de camping, y para organizar algo de comida para la playa.

El viaje en dhow fue al más puro estilo africano, las velas y el hielo para el refrigerador no llegaron a materializarse, el motor fueraborda funcionaba a duras penas, Eric, deseando ganar pasta extra, metió a una pareja inglesa que necesitaban que los llevaran a la isla, y nuestro capitán y su segundo de a bordo apenas estuvieron despiertos en todo el viaje. Aún así, no creo que nos debamos quejar, al menos el barco no se hundió, a pesar de los esfuerzos de Rachel. Por fin, llegamos al Arrecife de las Dos Millas, donde el buceo fue sencillamente magnífico, y el picnic en la isla fue paradisíaco, y todo a un precio razonable. El día fue genial, y si no fuera por el largo viaje en barco, habríamos vuelto a quedarnos en la isla unos días.

Sin embargo, no tienes que sufrir el largo viaje en barco hasta el arrecife para tener un buceo estupendo, ya que durante el día, la marea se retira tan lejos que deja al descubierto un enorme banco de arena, por lo que te da la impresión de que podrías ir andando hasta las islas, además de que hay unos cauces poco profundos, en los que, si tienes suerte y los lugareños no llegan allí primero, puedes ver calamares, peces loro, peces locomotora, pepinos de mar, y todo tipo de pequeños peces exóticos, incluso vimos un caballito de mar enorme.

Al igual que Tofo, Vilankulo es magnífico para el marisco, a un precio que lo hace muy difícil resistirse. Creo que Brittney y Ben estaban bastante impresionados con las destrezas culinarias de los viajeros, mientras disfrutábamos todos de pez real a la barbacoa, almejas frescas con vino blanco, y por supuesto, Swantje hizo otra tarta de manzana con crema para su cena de despedida. Debo decir que voy a echar de menos las tartas de manzana cuando se hayan ido.

Pronto estábamos solos otra vez, los alemanes se pusieron en marcha y se fueron hacia Malawi, para seguir hacia arriba para coger un ferry a casa desde Israel a finales de noviembre. Jason y Rachel también volvían a Malawi para vender su coche antes de regresar a Inglaterra, y Brittney y Ben, los americanos, también iban a Malawi antes de ir a Zambia, a las Cataratas Victoria, y después regresar a Estados Unidos para practicar la abogacía. No sé vosotros, pero yo prefiero tener un abogado que sabe lo que hace en vez de uno que está practicando…supongo que es una de esas cosas del derecho.

Resulta difícil creer que hayamos conducido la mitad de África, por Nigeria, el Congo, y Angola, y que nos hayan ido a robar en Vilankulo, en la parte “civilizada” de África. Nos despertamos una mañana y nos encontramos con que la ropa sucia, las dos sillas de camping, y la “lavadora” llena de agua, y con ropa a remojo, habían desaparecido, a pesar de los aparentes esfuerzos de los guardas de seguridad. Por supuesto, le contamos esto a la policía local, que parecían bastante tranquilos por todo esto, ¡supongo que los turistas son un blanco fácil, y se pueden permitir las pérdidas! Pero la noche siguiente me desperté a las tres de la mañana por los gritos de tres australianos acampados allí cerca, y descubrí que un ladrón de un grupo de tres había entrado en su tienda de campaña y robó dinero, los pasaportes, ropa, etc… mientras dormían. Parece que muchos mozambiqueños van a la “escuela de asalto” sudafricana, a lo que se suma el hecho de que, igual que en Europa, cuando las cárceles están llenas, sueltan a los prisioneros para que empiecen otra vez…

Era momento de ponerse en marcha, con playa perfecta o sin ella, no nos podíamos permitir perder más cosas, y me empezaba a sentir incómodo cada vez que íbamos al pueblo a comprar, algunos de los jóvenes de allí parecían borrachos o drogados y nada amistosos en espera de alguna ocasión para aprovecharse. Mucha de la gente que conocimos (turistas) habían sufrido algún hurto menor, lo cual es una pena, puesto que la mayoría de los que conocimos eran estupendos, muy amables y simpáticos. Supongo que es el típico elemento insignificante que mancha lo demás.

Justo antes de salir de Vilankulo, se nos unió la familía Doiteau, de Francia, Eric, Catherine, y sus dos hijos. También habían bajado por la costa oeste, y ahora iban de vuelta hacía arriba y a casa. Estábamos todos un poco preocupados con el problema de la seguridad, y como nos habían aconsejado no dormir en el monte, salimos juntos. De hecho, la primera noche en el monte fue bastante tranquila y sin bandidos, y fue bastante agradable, sobre todo, la añadidura de un toque francés a la cena, a la que siguieron unos calvados muy buenos. Debo decir que compadezco a sus hijos, Elie y Manon, de 14 y 12 años respectivamente, porque no sólo están con sus padres todos los días a todas horas, sino que también tienen que mantener un plan de estudios del colegio bastante estricto, lo que supone estudiar desde las seis de la mañana todos los días. Lo único que estropeó la noche en el monte fue que, cuando nos íbamos, al echar marcha atrás, tuve un pequeño altercado con un árbol, que rompió el retrovisor de Blanca, abolló su puerta, ¡y mi ego!

Nos separamos de la familia Doiteau en el cruce de Inchope, ellos iban hacia un parque nacional cercano, y nosotros íbamos hacia Zambia. Esperamos reunirnos con ellos otra vez en Tanzania, ya que sabemos que África es un lugar pequeño. Mientras atravesamos Chimoio, Blanca vio una tienda enorme que vendía equipos de acampada, además de una gran variedad de cosas, así que ya tenemos sillas y espejos de reemplazo.

Esperaba que las carreteras de Mozambique empeoraran a medida que nos alejáramos de Maputo, y me sorprendí bastante por la calidad incluso en las zonas más aisladas hasta la frontera con Zambia en Cassacatiza, lo cual quería decir que podíamos cubrir bastante distancia, a pesar de los esfuerzos de la siempre alerta policía, que pueden ver una matrícula extranjera a 1000 metros, pero están totalmente ciegos cuando se trata de un vehículo estropeado de por allí.

Otra cosa sorprendente es la cantidad de árboles, maleza y arbustos, a pesar de los esfuerzos de los carboneros y de los granjeros de rozas y quema. Es una pena que la fauna y la flora de aquí sean tan tímidas y casi imposibles de ver en este inmenso desierto.

Mientras avanzábamos, encontramos un lugar perfecto lejos de la carretera en el que acampamos, no había mucho tráfico, pero la prudencia ante todo. Decidimos pasar un par de días y así evitar cruzar la frontera de Zambia en domingo, ¡y los inevitables impuestos clandestinos! Nos sorprendió bastante no tener visitantes por el día, y los lugareños que pasaban lo hacían muy rápidamente. Por la noche lo vimos todo claro, cuando uno de los aldeanos se armó de valor para venir y charlar un poco. Parece que los aldeanos estaban asustados del hombre blanco con la casa móvil acampado en el monte. Esto es nuevo, aldeanos asustados de nosotros, puede que no nos hayamos duchado en varios días, pero no creo que demos tanto miedo. Normalmente, los lugareños nos preguntan si no nos asusta dormir en el monte, ¡con todos los elefantes, serpientes y tigres! Sí, yo tampoco pensaba que los tigres vinieran de África. Entonces tal vez deban ser los “seis grandes”, con los escurridizos y nunca vistos tigres de África.

Próxima parada: Lusaka, Zambia…



Tofo Beach


Fatima’s Nest


Langostinos


Umm, goma


Carretera en construcción


Carretera en construcción


Ayuda al borde de la carretera


Todos en el mar


Buceando en el Arrecife de las Dos Millas


La Isla


Arthur y Swantje


La Isla


Muchas manos hacen el trabajo más ligero


Casi la playa perfecta


Casi la playa perfecta


Camping Casa de Josef e Tina


La familia Doiteau


Nuestra silla provisional


Nosotros


¡Ego magullado!


Ojo con los bandidos


La silla nueva


El monte


¿Cómo?, ¿no hay nativos?


Un pueblo típico