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Sudáfrica y el final de la primera parte + Lesotho y Swazilandia

Del 11 de julio al 22 de agosto de 2005

Por suerte para nosotros, no todos los sudafricanos se habían ido de vacaciones, ya que  quedaban algunos que estuvieron el tiempo suficiente para que pasáramos la frontera, lo cual fue rápido, sin líos, sin regalos, y sin registros, así que fue todo lo sencillo y eficaz que cabría esperar, incluso tenían ordenadores, así que no tuvimos que escribir nuestros datos por triplicado. Ya nos estábamos acercando al final de la primera mitad de nuestro viaje.

El contraste con el paisaje de Namibia es realmente increíble, con el mismo desierto y las mismas colinas, pero aquí en Sudáfrica todo el paisaje está en plena floración, cubierto de flores amarillas, blancas, moradas y azules por todas partes. Hay pequeñas granjas esparcidas por el paisaje, con una mezcla de agricultura, vacas y ovejas, además de algún que otro viñedo. Ahora hay otro peligro en la carretera, las tortugas, o más bien un 101 bastante lento frenando repentinamente, y un loco corriendo a rescatar las tortugas de la carretera.

Por el camino a Citrusdal, en el centro del país de los limones y las naranjas, el paisaje se parece más a las tierras altas de Escocia que a África, aunque siempre hay algún que otro avestruz o gacela que te recuerda dónde estás. La primera noche la pasamos fuera de Citrusdal, y The Baths, con sus fuentes termales naturales, es un lugar fabuloso para parar y relajarse un rato. Blanca se las arregló para traernos la ración habitual de viajeros, a pesar de que no éramos un camión enorme con veinte personas, sino viajeros de verdad. Decidimos meternos en un jacuzzi con agua caliente a 43 grados, y cuando salimos tres cuartos de hora después, nos sentíamos y parecíamos langostas, ¡rosas y con mucho calor! A la mañana siguiente, ayudé a Arthur a cambiar dos de las enormes ruedas del Ifa, un proceso que requería grandes martillos y palancas, ¡y yo que creía que las ruedas de Grommet eran grandes! Después, era el momento de ir a la piscina caliente para relajar los músculos maltratados, y si eres especialmente atrevido o tienes una vena masoquista, también hay una piscina fría. Después de la obligatoria barbacoa de la noche volvimos a la piscina caliente para calentarnos antes de acostarnos. El tiempo aquí en Sudáfrica ha sido un poco extraño, es incluso más frío que en Namibia.

A regañadientes salimos de The Baths y pusimos rumbo a la costa cerca de Paternoster, donde hay una pequeña reserva natural en la que se puede acampar. El sitio parecía cerrado durante la temporada de invierno de Sudáfrica, por lo que esperábamos conseguir acampar gratis, pero enseguida nos vieron, ¡es difícil moverse furtivamente con dos 4x4 enormes! El encargado del aparcamiento no puso ningún problema, y fue barato acampar. El fin de semana el sitio se animó bastante, por lo que me alegré de haber llegado pronto, y de haber cogido el mejor sitio. Empiezo a tener la impresión de que los sudafricanos son unos locos, y de que van de acampada sea cual sea el tiempo. Cuando nosotros los europeos nos quedaríamos encerrados en nuestros cómodos hogares, los sudafricanos cargan sus 4x4 y se van al lugar más frío y desolado posible a acampar ¡en tiendas de campaña! Íbamos a probar algo de vino después de acampar en la playa, pero como era domingo, por supuesto todo estaba cerrado, por lo que llegamos a Ciudad del Cabo un poco sin querer.

Entonces empezamos a buscar un sitio para quedarnos, esto no es un problema si eres un “mochilero”, pero con dos camiones, la única opción parecía ser aparcar en la calle, o en uno de los pocos campings de la costa, y meterse conduciendo en la ciudad. Por casualidad dimos con un ejemplar de la guía para mochileros Coast to Coast, y encontramos el Riverlodge Backpackers (www.riverlodge.co.za), situado en el Oude Molen Eco Village, que atendía a viajeros independientes, así como a los habituales mochileros. El Riverlodge lo lleva PJ y su compañera Rene en el sitio de un antiguo manicomio, y aunque parece como si algunos de los internados nunca se hubieran ido, el complejo es alternativo y está lleno de artistas, talleres, y tiene una granja orgánica con caballos, cabras, ovejas y conejos. Oude Molen es bastante diferente al resto de la nueva Ciudad del Cabo de las afueras, que se parece bastante a una escena de “The Stepford Wives”. Justo al otro lado de la carretera del “pueblo” está la estación de metro de Pinelands, así que era el momento de desafiar al tiempo y al transporte público, y de adentrarse en la ciudad. Fue extraño ser los únicos blancos del tren, parece que los sudafricanos blancos no hacen esto, y van con el coche a todas partes. Nosotros no tuvimos ningún problema en absoluto, y los “lugareños” fueron muy serviciales y simpáticos, asegurándose de que cogiéramos el tren correcto.

Teníamos algunas cosas que hacer antes de ponernos con la parte turista, como encontrar información sobre Mozambique, y revelar mis carretes. Después nos fuimos al “Waterfront”, una especie de Covent Garden junto al mar, a echar un vistazo y hacer algo de compras. No estuvimos mucho rato, ya que los dos estábamos deseando ver las diapositivas. De vuelta en la tienda, había un pequeño montón de diapositivas, eran nueve meses de recuerdos que nos esperaban para que los estudiáramos. Ya hay e-mails de amigos mostrando su preocupación acerca de las futuras sesiones de diapositivas…

Como nos habíamos perdido el recorrido por las “tierras del vino” al venir hacia abajo, y como el tiempo era tan malo, qué mejor manera de curar el “blues” del mal tiempo que con mucho alcohol, ¡y un viaje organizado significa que no tengo que conducir! Enseguida estábamos probando los vinos sudafricanos como esnobs del vino, comentando el color, el buqué, la cantidad de madera del sabor. Por supuesto, las chicas se pusieron pedo rápidamente. Fue un día estupendo, llegamos todos al Riverlodge un poco alegres, y nos fuimos al bar para seguir bebiendo y jugar un poco al billar. Al rato Arthur tuvo que deshacerse de su compañero australiano Barry (¡Swantje se tuvo que retirar pronto!) y conseguir la ayuda del timador del billar, PJ, para vencernos a Blanca y a mí, y así restaurar la “supremacía” alemana.

A pesar de todo el alcohol que tomamos, de algún modo hicimos los preparativos para ir al Cabo al día siguiente con PJ, para hacer la foto del Cabo de Buena Esperanza, y para conseguir por el camino algún caracol de mar grande. A todos nos dieron una licencia de pesca que permitía quince caracoles.

Qué contento estaba yo de que sólo hubiera dos vestidos isotérmicos, ya que Arthur y PJ se metieron en el agua helada lloviendo, y empezaron a nadar en busca de esos escurridizos moluscos. Arthur resistió una media hora, y no encontró nada, pero afortunadamente PJ, un antiguo buceador profesional, consiguió nuestro cupo. Después nos fuimos al Cabo de Buena Esperanza y al letrero que lo demuestra, y a pesar del pésimo tiempo, el lugar estaba bastante concurrido, pero con un poco de suerte, justo cuando todo el mundo se fue, salió el sol, y el pobre PJ estuvo dando vueltas por allí con un surtido enorme de cámaras para inmortalizar el acontecimiento. La luz era perfecta, pero sólo teníamos unos pocos minutos para correr a la entrada antes de que cerraran el parque.

Al día siguiente, tuvimos otro momento DHL, por casualidad sus oficinas estaban justo en la misma carretera, así que podíamos caminar hasta allí. Esta vez se trataba de papeles para firmar y enviar al Reino Unido junto con todas mis diapositivas para su custodia. Esa noche hicimos una barbacoa con los alemanes, PJ, Rene, y un par de amigos suyos. PJ cocinó y limpió los caracoles, y preparó un paté con las huevas, que nos tomamos con un poco de “snook”, un pez de la familia de los barracudas, que debo decir que es muy sabroso. Fue una noche estupenda, con buena comida, buen vino, y buena compañía.

Necesitábamos pegarnos un buen banquete, ya que contra viento y marea el sábado iba a ser el día de la Table Mountain. Los alemanes y Barry, el australiano, decidieron subir andando, pero como Blanca no iba a subir andando a ningún sitio, cogimos el teleférico. Fue un poco extraño estar en la montaña otra vez después de 38 años, era prácticamente como la recordaba, excepto que la última vez había mucho “hyrax” de las rocas (un animal del estilo de un conejillo de Indias enorme cuyo pariente más cercano es el elefante), y ahora no había ninguno. Como Blanca y yo habíamos ido por la vía fácil, conseguí convencerla para hacer una excursión por la cima. Las vistas cortaban la respiración, y de nuevo nos bendijo el buen tiempo. Esa noche nos reunimos con Nad, un amigo de Siobhan y David de Londres, y nos fuimos a un indio, que fue la gloria, estaba ansioso por ir a un indio desde que salimos del Reino Unido hace ya más de un año, y cómo echo de menos el Halal de comida para llevar de al lado de la Stoke Newington High Street. Durante la cena Nad dijo que nos podíamos quedar en su casa, ya que él se iba a estar fuera, y que podíamos tener la casa para nosotros, y cómo lo podíamos rechazar, así que al día siguiente nos despedimos de los alemanes y del Riverlodge Backpackers, y nos pusimos en marcha.

La casa de Nad estaba en una finca de lujo en Newlands, a la sombra de Table Mountain, y a la vuelta de la esquina del Jardín Botánico Kirstenbosch, así que tras instalarnos, cogimos algo de comer, y nos fuimos a ver la versión de Ciudad del Cabo de Kew Gardens. La diferencia más evidente viene por el clima de aquí, no hacen falta invernaderos, lo que permite una exposición fabulosa de los árboles indígenas, de las plantas y de los arbustos. Era el lugar perfecto para pasar una tarde tranquila de relax, ah, y además barato.

Como nos habíamos perdido la colonia de pingüinos Jack Ass en Boulders, cerca de Simon´s Town, decidimos ir a Cape Point a verlos. Me sorprendió bastante la cantidad de pingüinos de la colonia, y lo mucho que te puedes acercar a ellos a través de la pasarela elevada. El quedarnos en casa de Nad nos arrojó de vuelta a la lujosa vida moderna, y fue una huida bienvenida del tiempo del frío invierno. Ha sido muy difícil arrancarme de la tele y del canal de cine, mientras Blanca se encadenaba a la lavadora. Estábamos tan a gusto que nos tomamos un poco de tiempo libre de nuestra apretada agenda, y nos pasamos un día “en casa”. Después hubo que volver a las tareas, esta vida no es fácil, os lo aseguro. De vuelta en Ciudad del Cabo, aún teníamos que imprimir algunas tarjetas, visitar el Acuario, así como ir a algunas tiendas de 4x4.

Fue en una de estas tiendas donde conocimos a unos españoles que habían mandado por barco sus vehículos desde España, y estaban haciendo unas compras de última hora antes de partir hacia Mombasa, en Kenia. Le eché un vistazo a uno de sus Toyotas, que estaba perfectamente preparado, ¡el dinero no es problema! Tienen de tiempo para el viaje un mes, así que será interesante ver cómo les va.

Con todo lo que queríamos hacer ya hecho, le dimos las gracias a Nad por su hospitalidad, y pusimos rumbo a Cape Agulhas, el punto más meridional de África.

Nos habían invitado a quedarnos en una granja al norte del cabo, pero de algún modo conseguimos perdernos, y acabamos en Struisbaai, cerca del cabo. Era tarde, y el aparcamiento para caravanas estaba cerrado, pero la fortuna nos favoreció en la forma de Ossie y Hanna, que nos invitaron a aparcar en su jardín, y nos dejaron entrar al baño y a la ducha, lo cual fue muy amable por su parte. Cape Agulhas es el punto en que los océanos atlántico e índico confluyen, y al parecer, se puede ver la diferencia, pero a mí sólo me parecía un mar muy frío. Al acabar con las fotos, era el momento de ir al Garden Route, lo cual empezó bien, pero después de una fría noche en un aparcamiento para caravanas a un precio excesivo en Mossel Bay, que parecía un sitio hortera de veraneo inglés, decidimos ir hacia el interior, hacia el norte del Eastern Cape, y hacia el Karoo. El lugar me recordó un poco a Centroamérica, con enormes zonas vacías de tierras de labranza con alguna pequeña y deteriorada ciudad por medio de vez en cuando. Resulta difícil creer que incluso en estos enormes espacios abiertos (todos separados con cercas), cada ciudad, por pequeña que sea, tiene su “municipio” para que vivan los negros, la población verdaderamente indígena. Estos pueden ir desde monótonas filas de pequeños bungalows en una buena zona hasta las típicas chabolas de hierro ondulado y chatarra en otras, o una combinación de ambas. Se puede ver por qué los negros estaban, y siguen aún, insatisfechos con esta situación, y los blancos tienen miedo a que surja alguien del estilo de Mugabe en Zimbabwe. Da la sensación de que los primeros colonizadores blancos nunca llegaron a conseguir los mismos resultados que sus homólogos americanos en Norteamérica con los pieles rojas, a pesar de que parece que lo intentaron bastante.

De vuelta al camino, nos dirigimos al parque nacional Mountain Zebra, en la vertiente norte de la cordillera Bankberg, con unas vistas espectaculares del Karoo. De nuevo hacía mucho frío, lo cual puede ser la razón por la cual teníamos el camping y sus inmaculadas instalaciones para nosotros solos. Conseguí convencer a Blanca para hacer una larga excursión por las colinas que había detrás del albergue, para comprobar las vistas, y ver si veíamos algo de caza. Por la mañana, condujimos por el parque mientras veíamos la flora y la fauna que se nos ofrecía, como unas cuantas cebras poco comunes, ¡así que nada de los “cinco grandes”, más bien los “cien o por ahí pequeños”! Desgraciadamente, no nos dejaron acampar sin pagar la entrada cada día, por lo que nos vimos obligados a marcharnos.

Tras otra decepcionante noche en un deteriorado aparcamiento para caravanas en Aliwal North, donde hacía tanto frío que el agua de los aspersores se congelaba en los árboles formando largos carámbanos, la hierba helada crujía al pisarla, y las nubes de vapor ascendían de las piscinas de azufre, el tiempo empezaba a ser demasiado para nosotros, así que salimos hacia Lesotho, el país en el cielo. El único problema era encontrar el sitio, habíamos dejado el asfalto, y ahora íbamos por caminos de tierra sin números ni señales, así que fue por casualidad y por el GPS que dimos con el pequeño paso fronterizo de Sepapus. Este fue, desde luego, el paso más fácil de África hasta ahora. Lesotho tiene ese aire de la auténtica África, lejos quedaban las vallas y las enormes granjas propiedad de los blancos. La tierra está cultivada, de hecho todo el país parece estar arado o pastado, donde sólo las zonas más remotas no reciben ninguna atención en absoluto. Como los dos habíamos leído “Suahili para los desdichados”, de Peter Moore, fuimos de excursión en pony por Malealea Lodge, que había recibido muchos premios por su turismo comunitario, algo que siempre nos gusta apoyar. El lugar estaba bien señalizado, por lo que lo encontramos fácilmente, pero una vez más, éramos los únicos de acampada, aunque el resto del sitio estaba lleno. Como era tarde y hacía frío, resultaba difícil reunir las ganas de cocinar, sobre todo cuando había cerca un restaurante barato de los de “come-hasta-que-revientes”, así que adiós a la dieta africana, que ha quedado por los suelos aquí en Sudáfrica. Mientras nos calentábamos junto al fuego en el porche, bebiendo Tassenberg (un vino muy barato de Sudáfrica), y escuchando al coro y al grupo que tocaban en el fondo, entablamos conversación con un par de chicas inglesas. Susan vive en Johannesburgo, mientras que su hermana Alison estaba allí de vacaciones, y las dos tenían ganas de hacer la excursión en pony de seis horas, por lo que eso ya estaba solucionado, un grupo de cuatro es más barato que dos grupos de dos.

Blanca, que nunca se había subido a un caballo, estaba muy entusiasmada. Era una mañana fría y despejada, y con todos los papeles firmados, y los sombreros puestos, nos pusimos en marcha, a paso lento. Blanca parecía nacida para esto, debe ser algo relacionado con la herencia de los conquistadores, o tal vez tenga que ver con Don Quijote y Sancho Panza. En cualquier caso, Blanca iba muy bien por todos los empinados descensos y por las subidas, sin los habituales gritos, y sin bajarse para ir andando. Tras unas horas subidos a los ponis, nos alegró bajarnos, y dimos un paseo hasta la catarata. Después volvimos a los ponis, y fuimos a ver las pinturas rupestres, y a comer antes de volver al albergue. Estábamos sorprendidos de lo rápido que había pasado el tiempo, el paisaje había sido espectacular, y los ponis daban una perspectiva bastante diferente a la de Grommet. Pero había un precio que pagar: a la mañana siguiente Blanca apenas se podía mover, le dolía todo, ¡así que no podíamos ir a ninguna parte! Tras descansar unos días, Blanca ya se podía mover de nuevo, por lo que salimos hacia las colinas, y hacia la Presa Katse. Cuando hablo de colinas, a lo que me refiero es a montañas, y bastante altas, por cierto. Había subidas muy inclinadas en primera marcha, seguidas de descensos muy inclinados en primera marcha, y cada puerto más elevado que el anterior. En una de estas subidas, el pobre Grommet se paró de repente, y no quería volver a arrancar. Di marcha atrás un poco hasta una zona un poco llana, y ahí sí le pareció bien arrancar, por lo que pudimos seguir adelante. Supongo que tuvo que ver con el mal de altura. La fría noche la pasamos acampados en las montañas, pero era genial estar de nuevo en el monte. Al día siguiente, nos pusimos en marcha, y subimos aún más arriba, a unos 3000 metros por encima del nivel del mar.

Llegamos ya tarde a la Presa Katse, y vimos a unos sudafricanos acampados en el mirador, así que decidimos unirnos a ellos. Nos invitaron a compartir su poyker (estofado de carne), que estaba muy bueno. Por la mañana, hicimos una excursión por la presa, que era muy interesante. En lo alto de la presa, tuve uno de esos momentos tipo James Bond, pero por suerte, la dama en apuros estaba junto a mí, y me había dejado los “juguetes de Q” en Grommet. El valor de la excursión era increíble, lo cual, unido al camping, ¡salió por 3 libras por los dos! El tiempo estaba cambiando, haciendo verdaderos esfuerzos por nevar, y cayeron algunos copos mientras volvíamos a subir las montañas. No queríamos quedarnos atrapados en Lesotho durante semanas por la nieve, así que decidimos volver a Sudáfrica. Lesotho es una paradoja aquí en Sudáfrica, y uno no puede evitar pensar que es como un parque nacional para que los sudafricanos blancos vayan a jugar mientras reciben una versión resumida de lo que es la verdadera Sudáfrica negra. Por desgracia, la desventaja de todo este turismo es que han mimado a los niños con regalos, caramelos, bolígrafos, dinero, etc…, igual que a los del noroeste de África, e igual que estos, ahora esperan regalos de todos los coches con matrícula extranjera que pasan. A los que no se puede apaciguar con una sonrisa y un saludo, recurren al lanzamiento de piedras, etc…

Salimos de Lesotho en dirección a Johannesburgo, que estaba demasiado lejos para llegar en un día, por lo que decidimos parar en un sitio llamado Rustlers Valley, que aparece descrito como un lugar ecológico alternativo. Naturalmente, cuando hace frío, está oscuro, y lloviendo, el excéntrico encanto de intentar encontrar madera para hacer fuego bajo un viejo bidón de aceite con la esperanza de que el agua no se agote mientras te duchas pierde su atractivo. Blanca, que por supuesto se quería duchar, no estaba muy contenta. Sin embargo, los dueños eran estupendos, y nos tomamos una magnífica comida india, ¡pero el camping era una mierda! A la mañana siguiente, yo quería un completo desayuno inglés, pero como Blanca todavía estaba furiosa por lo de la ducha y por el camping, salimos temprano. Al no haber desayunado nada, que creo que debe ser lo primero, y como saben los que conocen a Blanca, ella tiene que desayunar siempre contra viento y marea, el no desayunar acarrea no estar feliz en absoluto.

Johannesburgo es enorme, y en cierto modo muy parecida a Londres, con una gran autovía que intenta desesperadamente contener la creciente urbanización caótica. El centro de la ciudad está quedando cada vez más para las bandas callejeras, y para los sin techo, mientras las empresas se trasladan a fincas tipo fortaleza en las afueras, con su personal de paranoides trabajadores blancos que viven en sus propias fincas tipo fortaleza con vallas eléctricas y patrullas para una “respuesta armada”. Como los atracos y la inmovilización de coches son una realidad aquí, estábamos muy contentos de llegar a Rockys, en Fourways, de una pieza. Fue una sorpresa lo fácil que fue encontrar Rockys, un sitio para mochileros con camping, sin una visita improvisada al pueblo. Rockys era un sitio perfecto, con un espacio enorme para acampar y aparcar, cerca de las tiendas, con una cocina bien equipada, y duchas estupendas. ¡Por fin Blanca estaba feliz! Aparte de para hacer una excursión por Soweto, o para que te atraquen, Johannesburgo es uno de esos lugares de tránsito para turistas, para gente que entra o sale de Sudáfrica, y que sólo exploran los valientes, pero vaya si hay dinero aquí, con todo tipo de coches exóticos expuestos para llevarte de una casa fortaleza a una oficina fortaleza de la manera más rápida posible. De todas formas, tengo que decir que no tuvimos ningún problema en absoluto, y que todos los que nos encontramos fueron muy educados y simpáticos, aunque también hay que decir que no nos aventuramos a ir muy lejos. Tenía bastante que hacer en Grommet, un sello del aceite había fallado, así que era el momento de cambiar las zapatas delanteras, y al mismo tiempo cambié un cojinete de una rueda sospechoso, además de hacer un cambio rutinario del aceite de las cajas de cambios y de transferencias. Mientras estábamos en Rockys, conocimos a Dion, un sudafricano que intenta desarrollar las comunicaciones en las comunidades rurales por medio de una furgoneta de teléfonos móviles. Él es un poco como nosotros, lleva una vida nómada, acampa en sitios para mochileros, y tiene un Land Rover. Dion fue de gran ayuda, nos llevó por ahí para que pudiéramos proveernos de cosas para la subida. Encontramos un verdadero tesoro para los viejos propietarios de Land Rovers en Rob Leimer, y yo pude cambiar las zapatas de freno que no eran de 101 por algunas cosas bastante más útiles. Eché un vistazo por su patio, tiene una colección enorme de S1s, y unos cuantos antiguos “panteras rosas” del ejército sudafricano. Fue una agradable novedad hablar con alguien que comprende qué vehículo tienes, y que no se rige sólo por modelos nuevos y números de chasis. ¿El número de chasis es verdaderamente imprescindible para comprar una escobilla del limpiaparabrisas? Rockys era un lugar muy sociable, a lo que en gran medida contribuía el tiempo más cálido, así que enseguida estábamos de vuelta con las barbacoas y bebiendo por la noche. Una noche, Ritsa, una chica chipriota muy guapa que está aquí de vacaciones, me invitó a tomar un poco de verdadero ouzo. Creo que me debería haber ido a Chipre a pasar el verano, y volver a Sudáfrica en diciembre cuando el tiempo ya sea mejor, ¡pero así soy yo! Mientras estábamos en Johannesburgo sacamos tiempo para ponernos al corriente con la familia americana a la que habíamos ayudado en Namibia. Por suerte, habían sobrevivido al resto del viaje ilesos, y pasamos una noche muy agradable contándonos historias de África tomando vino y queso. Al final llegó el momento de ponernos en marcha, recibimos un mensaje de Arthur y Swantjie, todavía estaban en Pretoria con problemas en la caja de cambios, pero antes de verlos, quería echar un vistazo a la reserva de leopardos De Wildt, cerca de Hartbeesport. De algún modo, nos las arreglamos para llegar en el momento exacto en el día preciso para unirnos a una visita. Hay una colección enorme de leopardos, además de una variante más oscura conocida como el leopardo rey, que es un animal espectacular. También hay algunas de las pocas jaurías de perros salvajes africanos que quedan, así como gatos monteses africanos, y algunos tejones de miel. La visita fue muy informativa, y lo mejor para mí fue el paso por los recintos de los leopardos y de los perros salvajes a la hora de la comida, cuando puedes de verdad oír algunos de los poco habituales sonidos que emiten los leopardos, y después vino el momento culminante, la ocasión de ponerse bien cerca y hacerse una foto con un leopardo. Un poco más abajo de la reserva de leopardos estaba el Moonlight Backpackers, un buen sitio para relajarse, y a sólo 40 minutos de los peligros de Johannesburgo.

En Pretoria, los alemanes seguían esperando a que llegaran las piezas desde Alemania, y no podían ir a ninguna parte, ¡así que nada de la famosa eficacia alemana!, pero tenían noticias de Ralph y Judith, los otros alemanes con un Ifa, al parecer el freno de mano de su Ifa se había estropeado en un camping y el camión se había ido contra un árbol, así que nos subimos todos a Grommet y nos fuimos a ver cómo podíamos ayudar. En el camping, efectivamente, el Ifa se había ido contra un árbol, pero no parecía nada demasiado grave. Con un poco de trabajo conseguimos liberar los pedales para que Arthur pudiera alejarlo del árbol, y llevarlo a un lugar llano. Tenía que conducir Arthur, porque Ralph, de algún modo, ¡se las arregló para que le atropellara su propio camión! Afortunadamente, acabó con muchas contusiones y algunos cortes, lo cual no está mal cuando piensas que le atropelló un camión de nueve toneladas. Pasamos unos días con Ralph y Judith contándonos nuestras historias, mientras le hacían las piezas a Arthur para la caja de cambios, lo que significaba que podían unirse a nosotros y seguir hasta Swazilandia.

Llegamos a la frontera, y nos encontramos que la habían cerrado a las cuatro de la tarde, pero Adolph, el guarda sudafricano de la frontera, nos dejó acampar en el recinto, y nos invitó a hacer una barbacoa con él, cosa bastante inesperada, y también un alivio, porque había pocas opciones para acampar en el monte, con muchas señales del tipo “punto caliente para robos” y “aviso de delitos: no se detengan”, ¡que no le dan a uno mucha confianza para pasar una noche tranquila! Puede que Sudáfrica no sea uno de nuestros países favoritos, pero seguro que no puedes superar a su gente en lo que a hospitalidad se refiere.

Por la mañana, por fin nos despedimos de Sudáfrica, y entramos en Swazilandia, la verdadera África una vez más. Puede que los swazilandeses sean pobres, pero por lo menos parecen felices y orgullosos, en vez de desgraciados y oprimidos. Se percibe algo distinto en el lugar que es difícil de describir. Pequeñas granjas sustituyen a las enormes extensiones de tierra, y la gente está activa. Swazilandia no es tan grande, pero logramos convencer a los alemanes para que pasaran un par de días en el Parque Nacional Hlane Royal. De nuevo, tuvimos el sitio prácticamente para nosotros solos. Al dar una vuelta una tarde, vimos a una pequeña familia de elefantes, y un poco después, a unos leones, a pesar de la espesa maleza, pero el abrevadero cercano al albergue era espectacular, con un grupo de rinocerontes blancos que pasaron a menos de 50 metros de nosotros, sólo había dos débiles hilos de cercado eléctrico entre ellos y nosotros, creo que todos empezamos a pensar algún plan de huida… Al igual que nuestras experiencias en acampadas tipo safari, Hlane no fue distinto, solo que aquí se nos unieron los avestruces y los impalas. Los avestruces eran tan descarados que había que proteger la comida con un palo largo, uno incluso intentó llevarse mi paquete de rice crispies, pero dio la casualidad de que yo estaba en el baño, y Blanca no iba a atacar a nada mayor que ella, así que por suerte Arthur lo alejó con el camión, y salvó la situación, bueno, al menos mis cereales para el desayuno. Dimos otra vuelta, y esta vez vimos varios tipos de antílopes, algunos hipopótamos y cocodrilos en otro abrevadero, y un grupo de unos cinco rinocerontes durmiendo, y de nuevo tan cerca que resulta difícil creer que sea un animal en peligro de extinción tan tímido.

Como he dicho, Swazilandia no es muy grande, y casi sin darnos cuenta, estábamos en la frontera y en el siguiente país, Mozambique.



El desierto en flor


Encuentro con una tortuga


Agricultura al estilo sudafricano


Paternóster


Probando el vino


El 101 encuentra a su homólogo sudafricano


Fetiche de goma


En el Cabo de Buena Esperanza


En el Cabo de Buena Esperanza


Teleférico hasta la cima de Table Mountain


La cima de Table Mountain


Vista desde la cumbre


Kirstenboch


Colonia de pingüinos


Pingüino Jack Ass


Cape Agulhas


¿eh?


Paisaje típico


Cebras


Pueblo


Pueblo


Carámbanos en Sudáfrica


Grommet a las puertas del paraíso (Lesotho)


En los ponis (Lesotho)


En los ponis (Lesotho)


Nosotros en Lesotho


Pinturas rupestres (Lesotho)


Prohibido gritar (Lesotho)


En las montañas (Lesotho)


Subida, subida y más subida


¡¡Hielo!! (Lesotho)


Uno de aquí (Lesotho)


Pueblo de Lesotho


Presa Katse (Lesotho)


Umm, señor Bond


Arreglando los frenos


Muchos Land Rovers


“Pinkies” sudafricanos


Perros salvajes africanos


Leopardo


Leopardo Rey


Nosotros con un leopardo


Ups


La reunión


Rinocerontes en el abrevadero (Swazilandia)


Hipopótamos (Swazilandia)


Rinocerontes durmiendo (Swazilandia)