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Namibia

Del 14 de Junio al 11 de Julio de 2005

Cruzamos la frontera por Oshikango, y entramos en Namibia, o debería decir “Nirvana”. La ciudad fronteriza en el lado namibio tenía todo aquello de lo que desgraciadamente carecía Angola, bancos con cajeros automáticos, gasolineras con gasolina, tiendas llenas de cosas a precios realistas, y no puedo dejar de mencionar unas carreteras fantásticas. Ah, casi se me olvida, estas carreteras tienen su precio, todos los vehículos con matrícula extranjera tienen que pagar un impuesto para la financiación de las carreteras, pero si comparas eso con el desgaste natural del vehículo, y de uno mismo, sería barato incluso si costara el doble, y como no teníamos que pagar visados, todo fue un ahorro. Con un poco de suerte, y de tiempo, puede que Angola sea así, cuando dejen de desaparecer billones de dólares que forran los bolsillos de algunas personas, y se utilicen para mejorar la infraestructura, es decir, las carreteras, la vivienda, el agua, y la higiene. Las buenas carreteras reducen el coste del transporte, lo que a su vez, hace que las cosas sean más baratas, y así se eleva el nivel de vida de la gente.

Después de la frontera, nos despedimos de Arthur y Swantje, ya que ellos iban hacia Botswana. Ahora que estábamos en una zona de África donde todavía hay animales salvajes, Blanca esperaba que hubiera leones detrás de cada arbusto, pero con todo el ganado, cabras y burros que había por allí, creo que es poco probable. Aún así, vimos una serpiente verde cruzando la carretera justo antes de la frontera, así que no hay que descuidarse mucho, puesto que los peligros están ahí. Tras pasar una noche acampados en el monte, pusimos rumbo a Tsumeb, nuestra primera ciudad namibia auténtica, y qué sitio tan extraño, era como un cruce entre una pequeña ciudad alemana y una pequeña ciudad americana, pero con unos pocos africanos por añadidura. Era como pasar de “Mad Max” (Angola) a “Terciopelo Azul” o a “Twin Peaks”. Tsumeb estaba tan limpia y bien organizada que era difícil creer que seguíamos en África. No había basura por las calles, se podía andar por las aceras sin miedo a caerse por una alcantarilla abierta, y las luces de la calle y los semáforos realmente funcionaban. Aquí, en la “extra”-civilizada África, había supermercados en los que una excursión para comprar no se llevaba el presupuesto de un mes, aunque había que tener cuidado para no abusar.

Nos instalamos en el alojamiento para mochileros noroeste, ya que estaba próximo al Internet, y tenía una lavadora. Había mucho que organizar allí, como ponernos en contacto con Jonathan, de Crozier 4x4, en relación a un nuevo colector del tubo de escape, y unos repuestos para el bloqueo del diferencial, así como ver la habitual montaña de e-mails. También pudimos hacer por fin mi cena “cursi” de cumpleaños, en un hotel en la misma calle. La comida fue fantástica, por fin encontramos un filete decente a un precio que nos podíamos permitir, así que nos fuimos a la cama llenos. La comida fue tan buena que decidimos darnos ese lujo otra vez antes de irnos y de salir en dirección al monte y al Parque Nacional de Etosha.

Justo cuando paramos para pasar la noche, Grommet rompió otra manga del calentador, es gracioso que estas cosas siempre pasen en el monte, y nunca en un camping. Ya estaba harto de Grommet y de su sistema de refrigeración, por lo que me puse a trabajar, y lo cambié todo, ¡mejor allí que en el parque rodeado de animales salvajes!

Nada más entrar en Etosha, vimos cebras, gacelas, jirafas, y ñus, era estupendo ver los animales por todas partes. Estuvimos conduciendo por el parque casi todo el día, e íbamos al albergue de Halali para acampar, sin haber visto aún ninguno de los “cinco grandes”, cuando vi un grupo de buitres dando vueltas delante nuestro. Esperaba ver una matanza, o por lo menos, un león o dos. Al acercarnos, vimos una leona solitaria encima de un ñu al que acababa de matar. Estaba exhausta, pero aún así, estaba empeñada en alejar su presa del grupo de buitres y chacales, y ponerla a buen recaudo en el monte. Paré el refunfuñante Grommet por allí cerca, y observamos atónitos cómo arrastraba el animal muerto por la carretera delante de nosotros, y la dejaba junto a un pequeño árbol. Blanca quería moverse de allí, temerosa de que la leona se fijara entonces en nosotros, pero me di cuenta de que su atención estaba en otra parte, y pareció llamar al arbusto circundante. Esperamos, y entonces abandonó la presa, y desapareció, hasta que volvió un poco después con dos cachorros, a la vez que una pequeña manada de elefantes aparecía en escena. Esto era como el canal Discovery, y allí estábamos nosotros, en el centro de todo. Por desgracia, el parque tiene un toque de queda al atardecer, por lo que tuvimos que darnos prisa para que no nos dejaran encerrados.

Esta fue nuestra primera experiencia de acampada al estilo sudafricano, con espacios enormes, muchas instalaciones para lavar con baños con agua caliente, y cada zona tenía su propia barbacoa, luz y electricidad. Todo impresionante. Después de una cena rápida fuimos al abrevadero, que de noche está iluminado, para ver cómo van a beber  los elefantes, los rinocerontes negros, y los leones. Acabamos de volver a Grommet cuando nos sorprendió un ruido muy fuerte, tres tejones estaban buscando comida en los cubos de basura. ¡Vaya día! A la mañana siguiente, nos dirigimos al parque otra vez, y la noche la pasamos en el albergue Okaukuejo, que estaba más animado. En comparación con el de Halali, en este había cuatro camiones todoterreno, y grupos de sudafricanos perfectamente equipados para pasar unas vacaciones de invierno. De hecho, sentimos un poco de vergüenza, y sin el equipo suficiente, no teníamos lámparas de gas, ni sitio para fregar, ni hierba de mentira, etc…, por lo que decidimos cenar en el buffet, ¡y así evitar más humillaciones! Como teníamos mucha hambre, lo probamos prácticamente todo, y luego el personal nos pidió educadamente que nos diéramos prisa, ya que se querían ir a casa. ¡Esto es África!

Nada estuvo a la altura de los acontecimientos del primer día, pero aún así pasamos tres días estupendos en Etosha, y nos sorprendió la cantidad y la variedad de la flora y de la fauna, pero ya era hora de ponerse en marcha.

Por buenas carreteras, fuimos hasta Windhoek, pero paramos en Outjo por el camino, en una pastelería con Internet incorporado, lo cual es una combinación peligrosa, sobre todo, cuando tienes hambre, y tienes que comprobar el estado del paquete de DHL, con el que todo iba bien, acababa de salir de Johannesburgo, y llegaría a Windhoek el viernes. ¡Perfecto! Era momento para comer algo, habíamos conocido brevemente a un grupo de americanos cuarentones que viajaban en un camión todoterreno en Etosha, y nos los encontramos allí, mientras cargaban el camión con provisiones. Estaban muy interesados en nuestro viaje, y una pareja, Chuck y su mujer Susan, preguntaron si podían contribuir, así que muy amablemente nos pagaron el almuerzo.           

Namibia es un lugar extraño, un poco como Texas, con grandes espacios llanos, escasa vegetación, y con todo cercado en enormes granjas o ranchos de caza. Aquí la tierra se mide en número de hectáreas por cabeza de ganado, en vez de al revés. Con todas esas vallas, no es fácil encontrar un sitio discreto para acampar en el monte, por lo que tenemos que conformarnos con las áreas de descanso que hay por el camino, así que nos encontramos fuera de Windhoek, y por casualidad nos encontramos un sitio llamado La Escala, que ofrecía camping y alojamiento. El lugar estaba limpísimo, y tenía las duchas y baños más limpios que hemos visto, con agua caliente en abundancia. Incluso nos dimos un baño, el primero desde que salimos de Inglaterra. Tras una noche muy fría en Grommet, condujimos los diez minutos que hay hasta Windhoek para recoger nuestro paquete, soltar la nevera en el Centro Todoterreno, y hacer unas compras. El paquete ya había llegado, pero lo habían mandado a la oficina de DHL en Walvis Bay, aunque la chica de relaciones públicas prometió que lo enviarían allí antes de cerrar esa tarde, así que teníamos tiempo para ir de compras. Me compré unos pantalones cortos, ya que los otros están que se caen a pedazos, y después compramos comida para hacer una barbacoa, y como aún nos sobraba tiempo nos fuimos al cine. Cuando salimos, nos costaba creer que seguíamos en África y no en Londres.

De vuelta en DHL, el paquete llegó como habían prometido, lo cual fue un alivio, así que preferimos volver a La Escala, en vez de a uno de los hoteles para mochileros que hay en la ciudad. Era el lugar perfecto para cambiar el colector, y además teníamos garantizada la ducha caliente, y un hornillo en el que hacer la barbacoa.

Por fin tenemos a Grommet tranquilo, bueno, todo lo tranquilo que puede ser un 101 con un colector “deportivo”, y el bloqueo del diferencial parece funcionar, aunque sólo el tiempo lo dirá. Con la nevera arreglada, el problema era el sensor de la temperatura, volvimos al supermercado para llenarla, antes de partir hacia el norte, a Damaraland, y ¿a quién nos encontramos en dirección contraria?, a los belgas Koen y Heidi, a los que habíamos visto por última vez en Luanda, hace casi dos meses. Fue estupendo verlos de nuevo. Decidimos acampar juntos, y así contarnos historias mientras nos tomábamos unos gin tonics dobles. Es extraño lo pequeña que es África.

Aquí en Namibia, hemos tenido más problemas con la policía que en cualquier otro lugar de los que llevamos hasta ahora. Primero fue el impuesto para la financiación de las carreteras en la frontera, lo siguiente fue que nos pararon por no llevar puesto el cinturón de seguridad, y nos libramos de la multa gracias a un soborno. Y después tuvimos una larga discusión por una pegatina del impuesto para la financiación de las carreteras, a pesar de llevar una namibia actual. Supongo que esto es porque es el África “civilizada”, aunque sigue siendo África y no se puede huir de la corrupción. Ya que estoy en la tribuna, debo decir algo sobre los ranchos de caza, y la actitud que hay aquí hacia la caza en general. A uno le da la impresión de que la tierra en Namibia que sustenta la vida está cultivada, ya sea con ganado, cabras, o cedida para la caza. La tierra que no puede sustentar la vida se deja para los mineros, y la que no tiene ninguna utilidad es para los africanos nativos, y para la flora y la fauna, que no es más que un instrumento para los que tienen concesiones de caza, por las que cualquier animal, por muy en peligro de extinción que esté, tiene un precio sobre su cabeza. Si tienes dinero, puedes cazar leones, leopardos, rinocerontes, elefantes, etc… Después están las granjas, en las que la fauna y la flora compiten directamente con la ganadería, o se les considera parásitos, en el caso de los leones, y los leopardos, a los que se suele disparar o envenenar, ya que los pocos proyectos de conservación que existen no tienen la tierra ni los recursos para recoger animales problemáticos, ni para acogerlos ni trasladarlos.

¿Por dónde iba?, ah sí, por Damaraland, un lugar muy árido y desolado con un espectacular paisaje, en el que los cambios geológicos han dado lugar a una increíble variedad de colores en el paisaje del desierto. Incluso pudimos ver algo de flora y fauna intentando subsistir en este árido lugar, y tuvimos la suerte de encontrarnos un pequeño grupo de cebras, junto con avestruces, gacelas y antílopes. Decidimos pasar la noche en el santuario de la organización Salvemos Los Rinocerontes, cerca de Brandberg, aunque no vimos ningún rinoceronte, puesto que son muy tímidos y temen mucho al hombre, pero hicimos un recorrido muy informativo con David, uno de los voluntarios.

Por la mañana, salimos hacia la costa. Nos habría gustado visitar la famosa Skeleton Coast, pero está cerrada para todo el mundo, menos para viajes organizados, y además, la vimos envuelta en la niebla, así que nos volvimos al desierto para pasar la noche. A la mañana siguiente, la niebla ya había levantado, por lo que nos dirigimos por la carretera de sal hasta Cape Cross y a la Reserva de Focas. Se pueden oler las focas mucho antes de verlas, y es una visión increíble, literalmente cientos de focas por todas partes, en el mar, en la costa, tomando el sol en las rocas, y todas muy, muy cerca.

Después de una noche tranquila en la playa, pusimos rumbo a Swakopmund, y nos quedamos en el Desert Sky, un albergue para mochileros, aunque tenían sitio en el aparcamiento para Grommet, y de nuevo, todas las instalaciones que quisieras. Pero un consejo, no llegues a una de estas ciudades seudo alemanas en domingo, como hicimos nosotros, y esperes que todo esté abierto y en marcha. La mayoría de los sitios estaban cerrados, o habían cerrado pronto, pero el lunes por la mañana todo estaba en funcionamiento otra vez. Fui en busca de unas bombillas nuevas para los faros, y me tuve que conformar con un par de luces de repuesto, ya que ya no se hacen bombillas. Aún así, serían mejores que las velas a las que iban a sustituir.

Ya podíamos salir con seguridad hacia el desierto de Namibia, con Grommet satisfecho devorando kilómetros, y disfrutando de esas suaves carreteras de grava, que están tan vacías, sin apenas tráfico, pero que cuando se acerca un coche te sueles dar cuenta, sobre todo, si ese coche se va para la izquierda, se sale de la carretera, y vuelca. Rápidamente salí corriendo para ayudar a la gente que estaba atrapada dentro, temiéndome lo peor. De un tirón abrí la puerta de atrás, y me encontré una familia de cinco aturdidos americanos de Johannesburgo. Por suerte, no iban muy rápido en el momento del accidente, y sorprendentemente, todos llevaban el cinturón de seguridad, no quiero ni pensar lo que me habría encontrado si no lo llegan a llevar puesto. Rápidamente salieron todos, y descargamos su equipaje, llamaron a la empresa de alquiler de coches, y les explicaron la situación, pero era evidente que la ayuda iba a tardar bastante en llegar, si es que llegaba. Les hablamos de un albergue que había más adelante, y les dijimos que era el mejor sitio para esperar, en vez de en el monte con la noche ya próxima. Estaban de acuerdo, así que los subimos a ellos y su equipaje en Grommet, y nos pusimos en marcha. Sharon estaba claramente conmocionada, y Michael apenas podía contener a sus muy nerviosos hijos. Kuecki, el dueño del albergue Rostock Ritz, enseguida los tranquilizó a todos, preparó las habitaciones para la familia, habló con la compañía del alquiler de coches, y organizó otro coche para la mañana. Con Michael, Sharon, y los niños ya seguros, estábamos a punto de irnos cuando insistieron en que nos quedáramos con ellos a pasar la noche en el albergue, como agradecimiento por haberlos rescatado, y ¿cómo lo podíamos rechazar? El albergue y las habitaciones eran estupendas, todas con vistas al valle, lo cual era un lujo, porque nunca nos habríamos podido permitir quedarnos en un sitio así con nuestro presupuesto. Por la mañana, después de un gran desayuno, les dimos las gracias a Michael y Sharon, y seguimos con nuestro viaje hasta Sesriem, y el mar de dunas. Pasamos por el lugar del siniestro, y el coche lo estaban subiendo a un camión.

Cuando entras en el Parque Namib Naukluft y te diriges hacia Sossusvlei, te quedas impresionado por el inmenso tamaño y la variedad de colores de las dunas que rodean el valle, algunas de las cuales se elevan por encima de los 200 metros. De alguna manera, conseguí resistir la tentación de subirlas, ya que el tiempo apremiaba. Es una pena que no se pudiera acampar en el parque, porque habría estado bien ver la puesta y la salida del sol, así que nos pusimos en marcha, y acampamos al lado de la carretera.

Como casi toda Namibia es plana y abierta, sólo con algunas sierras en zonas restringidas, es difícil encontrar refugio de los fríos vientos del invierno que soplan por las llanuras. Obviamente, esto no es problema si tienes una autocaravana y puedes cocinar en el interior, pero para nosotros y nuestra vida exterior, preparar la cena en el “número dos” con un vendaval no es fácil, sobre todo si el “número dos” es como Blanca conduciendo, o a toda velocidad o parados, así que olvidaros de todo aquello que requiera cocerse a fuego lento. Lo que ha vuelto a nuestra dieta, por ser asequible y de buena calidad, es la carne, espaguetis a la boloñesa con carne picada, estofado con carne de vaca, salsa carbonara con bacon. Por supuesto, ahora las barbacoas son mucho más interesantes.

Nuestro plan era reunirnos con Arthur y Swantje en el Fish River Canyon, pero, ¿dónde? Como estábamos casi sin gasolina y sin dólares namibios, decidimos ir a Keetmanshoop, para conseguir dinero, gasolina, y solucionar la crisis del pan, y después buscar a los alemanes, pero por suerte, ¿a quién nos encontramos viniendo en dirección contraria?, pues al enorme Ifa amarillo, y a Arthur y Swantje, así que nos dirigimos todos juntos hacia Keetmanshoop a por provisiones, y a entrar en Internet. Había oído algo sobre las bombas de Londres, y estaba deseando leer la historia completa. Por lo que sabemos, nadie que conozcamos ha sido herido en las explosiones. Supongo que era inevitable que hubiera represalias por la implicación de Gran Bretaña en Irak y Afganistán, es una pena que tuviera que ser a costa de matar y herir a tantos inocentes.

Pero volvamos a la historia. Ya con provisiones, salimos hacia el Fish River Canyon, para acampar fuera del parque, y así ahorrarnos el precio de la entrada, estos parques no son precisamente baratos. Las vistas del cañón, la versión africana del Gran Cañón, son espectaculares, aunque también es una pena que esté cerrado a visitas no guiadas, supongo que es por la influencia alemana de no permitir nada que no esté organizado, así que nos fuimos a Ai-Ais, y a las fuentes termales, y llegamos a tiempo de hacer una barbacoa para celebrar el 40 cumpleaños de Arthur. ¡Otro cumpleaños africano! Al día siguiente, decidimos relajarnos un poco, y bañarnos en la fuente termal. Después del almuerzo, me fui con Arthur a subir la cima de 350 metros que estaba enfrente del campamento, me imagino que debe ser algo que te viene al sobrepasar los 40. Todo iba bien, hasta que nos topamos con una subida vertical tipo Tom Cruise en “Misión Imposible 2”, en la que el vértigo se apoderó de Arthur, por lo que tuvimos que ir por otra ruta más fácil hasta la cumbre. Aún así, las vistas bien valían la subida. Para cuando bajamos, ya era hora de ponernos en marcha de nuevo. Justo al salir del parque, por una zona no vallada, dejamos la carretera y nos metimos en el desierto, que era igual que un paisaje de Marte, muy, muy seco, sin apenas vegetación, así que tal vez por eso estaba sin vallar. Evidentemente, no tenía ninguna utilidad para nadie, excepto tal vez para la NASA para probar algún vehículo lunar o sonda espacial. Nos fuimos a la cama temprano, ya que al día siguiente había que cruzar otra frontera, y entrar en Sudáfrica.

Aún no nos hemos acostumbrado al sur de África y a sus costumbres alemanas/europeas, con sus bien equipados campings, estupendas carreteras, y pistas en un estado razonable, en las que las únicas preocupaciones son los baches que hay de vez en cuando y los turistas que dan vueltas de campana. El paisaje ha estado al nivel del de Marruecos, pero con mejores flora y fauna, aunque hemos echado de menos el contacto con la gente de aquí, y los mercados locales, de hecho, el verdadero namibio parece ser una especie en peligro de extinción. Junto a los namibios “blancos”, hay muchos sudafricanos aquí pasando las vacaciones de invierno, así que espero que quede alguien para recibirnos en la frontera.  

¡¡¡¡Noticia de última hora!!!!

Ya estamos en Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

Llegamos el 17 de julio, justo nueve meses después de salir de Málaga, España, y después de unos 25.000 km. y 15 países.


¡¡Por fin buenas carreteras!!


Influencia alemana


Bienvenidos a Twin Peaks


Jirafas


Avestruz


Ñus


La matanza


¡¡Turistas!!


¡¡Turistas!!


Cachorros


Cachorros


Rinoceronte por la noche


Kudu


Elefantes


¡Ojo con los jabalíes!


Antes era el colector del tubo de escape

Damaraland


Grommet


De acampada en el monte


Vida en Marte


Carretera de sal con niebla


¡¡Focas!!


¿Alguien quiere un abrigo de piel de foca?


¿Una prueba nuclear?


Cruzando el Trópico


Ups


La dura vida del viajero


Un nuevo amigo


Sossusvlei


La flora y la fauna de las dunas


Vadeando con Geu


El Gran Cañón al estilo africano


En la cumbre