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Angola, ¡ojo con las minas!

Del 26 de abril al 14 de junio de 2005

Cruzamos la frontera por Luvo, así que ya estábamos en la propia Angola, con el campo lleno de minas, y con un problema mayor, la enfermedad de Marburg, una especie de Ébola que se puede contagiar por contacto con una persona infectada, por lo que tendremos que tener cuidado con quien conocemos y a quien saludamos, algo que puede resultar difícil, sobre todo en los pasos de las fronteras y en los controles de policía, en los que los oficiales tienen muchas ganas de entrar en contacto con los turistas. En lo que respecta a las minas, se han limpiado muchas zonas, pero siempre hay que estar alerta. Encontré lo que parecía ser un buen sitio para acampar justo al lado de la carretera, pero ya estaba ocupado por un caparazón vivo, y no había forma de saber qué más había por allí oculto. Blanca no tenía ningunas ganas de llevarse el caparazón como recuerdo. Después de esto, nos hemos acostumbrado a acampar junto a la carretera, con la esperanza de que no nos atropelle ningún camión mientras dormimos.

Los belgas, que iban casi sin frenos, a pesar de haberlos ajustado y limpiado, decidieron ir por su cuenta, más lentos pero haciendo jornadas más largas. Salieron muy temprano, antes de que nos levantáramos, esas son las ventajas de una autocaravana sin nada que guardar, sólo hay que levantarse e irse. Blanca siempre tiene que desayunar algo primero, o si no es una pesadilla el resto del día, por lo que salimos unas horas más tarde, pero aún así alcanzamos el Mercedes en tres horas más o menos. Creo que la gente subestima las aptitudes todo terreno del 101, y los belgas no eran una excepción, así que estaban bastante sorprendidos de vernos tan pronto. Volvimos a estar solos. Las carreteras angoleñas no son las mejores, 40 años de guerra, abandono y minas han pasado factura, y el poco asfalto que queda es un horror y con muchos baches.

Los angoleños son un contraste total con los congoleños, y parecen verdaderamente contentos de vernos, nos señalan que todo va bien, y nos sonríen y saludan al pasar. Nada de “estamos sufriendo”, y “danos comida y dinero”, siguen con sus vidas, y han vuelto al cultivo de hortalizas, etc…, y a una actitud de autoayuda real.

La gasolina, o más bien la falta de la misma, me empezaba a preocupar, pero un encuentro casual con los belgas por la mañana temprano mientras desayunábamos hizo que tuviéramos suficiente para llegar hasta Caxito y a la primera gasolinera en 1000 km.

Todavía era temprano cuando llegamos a Caxito, así que decidimos seguir hasta Luanda, y a un club náutico donde habíamos leído que no habría problemas para acampar. ¡Con lo que no contábamos era con el tráfico! Al entrar en Luanda, nos pilló un atasco enorme, que parece que son típicos aquí.

A diferencia de la mayoría de países del África occidental, este es el primer sitio en que veo muchos Land Rovers, con representación de casi todos los modelos, incluso de unos cuantos vehículos ligeros.

Como siempre, mi guía me llevó por el camino que atraviesa el centro de la parte difícil de la ciudad, ¡y parecía más “Mad Max” que la capital!

¿Por qué los africanos parecen tan relajados, pero en cuanto pones a uno al volante del vehículo que sea se transforman inmediatamente en Nigel Mansel, y una calle de dos carriles se convierte en una autopista de seis carriles en cuestión de segundos?

Por suerte, teníamos un punto GPS del club náutico, y con sólo doblar una esquina, nos encontramos en una moderna metrópoli. Nelson, el subdirector del Club Naval, nos dio permiso para acampar y usar sus instalaciones. Por la noche, descansamos bien, a pesar del karaoke local, con el Elvis portugués por allí. A la mañana siguiente, conocimos a Anatoly, del que luego supimos que es el embajador ruso. Nos aconsejó unos cuantos lugares de interés de Luanda, y nos llevó al supermercado local. De vuelta, vimos a los belgas, y les dijimos que nos siguieran hasta el club. Después, conocimos a “Rambo”, el Señor Arreglalotodo, un angoleño portugués que dijo que si teníamos algún problema, él nos podría ayudar a solucionarlo.

Mi problema era cambiar las zapatas de los frenos traseros, por algún motivo las que tenía de repuesto eran para un 109 y no para un 101, son parecidas pero no lo suficiente. Hablamos con Nelo, que tiene un taller al lado de donde estábamos acampados, y nos dijo que no había ningún problema, y que las tendría colocadas en un día, por lo que así nos libró de otro momento DHL. Por supuesto, al día siguiente llegó con las zapatas colocadas, y no aceptaba ningún dinero por ellas, así que ya no había nada que nos retuviera allí, tan sólo mi cumpleaños, que decidí pasar aquí en Luanda, de relax y de turista, en el Museo de Ciencias Naturales, el Castillo, etc… Por la noche, habíamos planeado salir a cenar en plan tranquilo, pero nos invitó Rambo a ir al club náutico para la entrega de premios de pesca deportiva patrocinada por Chevron Texaco, con buffet y cerveza gratis, así que ¡cómo nos podíamos negar! La cena cursi tendría que esperar. Fue una noche estupenda, conocimos a todo tipo de gente, y conseguimos información sobre la ruta hacia el sur, a Namibia, así como nombres de contactos por el camino.

Tengo que decir que este es el primer lugar de los que hemos estado en el África oriental en que los de aquí y los colonos parecen estar totalmente integrados, todo lo contrario de la habitual división entre blancos ricos y negros pobres. Supongo que también ayuda el hecho de que la mayoría de los portugueses llevan aquí generaciones, a los que el dictador portugués Salazar animó a integrarse, por lo que muchos se consideran también angoleños.

Al día siguiente, les dimos las gracias a todos por su ayuda, nos despedimos, repostamos, y salimos de Luanda. Sentaba bien estar otra vez en marcha, sobre un asfalto razonable, lo cual es una novedad aquí en Angola. Las buenas carreteras te permiten relajarte un poco y comprobar cómo va todo, la dirección, la suspensión, y ese tipo de cosas. Nos dirigíamos al puente sobre el río Kwanza cuando me di cuenta de un pequeño bajón de potencia, acompañado de humo negro que salía del tubo de escape, ahí fue cuando a Grommet le costaba subir la colina, por lo que paré a comprobarlo todo. Es extraño, ¡pero no había nada evidente! Mientras estábamos allí parados, nos topamos con Guy Crofton, el agregado militar de la embajada británica en Luanda, que paró intrigado al ver un 101 con matrícula inglesa en Angola. Guy nos dijo que no había mucha distancia entre donde estábamos y Namibia, y que si el problema era grave, sería mejor dar la vuelta hasta Luanda, donde habría más posibilidades de solucionarlo. También dijo que nos podíamos quedar con él y su mujer si decidíamos dar la vuelta. Después de media hora de deliberaciones, tomamos la difícil decisión de dar la vuelta, al menos en Luanda teníamos algunos contactos que nos podrían ayudar, así que despacito nos volvimos para la ciudad, y llegamos después del anochecer. Para entonces, Grommet estaba muy mal, no marchaba al ralentí y se paraba en cuanto levantaba el pie del acelerador, lo que hizo que cruzar la parte difícil de la ciudad fuera  una experiencia verdaderamente “interesante”. Es un poco como conducir con un montón de italianos de Milán en un tanque por la noche. Afortunadamente, teníamos el GPS, así que pudimos llegar al castillo y a la casa de Guy, que estaba muy sorprendido de vernos, pero nos aseguró que habíamos tomado la decisión correcta. Su mujer Gilly nos preparó el cuarto de invitados, además de un poco de cena. Con una ducha bien caliente y una cama limpia esto era un lujo.

Llamamos a Chris, de RPI, expertos en motores V8, quien me apuntó en la dirección del carburador. Mientras trabajaba en el coche sacando el carburador, y limpiando, comprobando y cambiando cosas, Guy y Gilly nos ayudaron mucho dándonos de comer y de beber, pero no había nada que pareciera estar mal. Guy llamó a Mark, un mecánico que hace que los coches de la embajada funcionen, para que viniera a echar un ojo. Trajo a su experto en carburadores, que básicamente siguió los mismos pasos que yo, pero él al menos consiguió que fuera al ralentí, aunque le preocupaba un poco el aceite que atascaba las bujías, y dijo que podía ser un problema de los anillos.

Como Guy y Gilly esperaban invitados, tuvimos que dejar nuestro lujoso alojamiento. Los dos disfrutamos mucho ser huéspedes de Su Majestad, y les estamos muy agradecidos a Guy y Gilly por su amabilidad, hospitalidad y ayuda.

Nos pusimos en contacto con Rambo (el Señor Arreglalotodo), que nos organizó un sitio en el otro club náutico, sin mosquitos, y con electricidad, así que era el lugar perfecto para la reconstrucción del motor. Inocencio, el presidente del club, nos dio la bienvenida, y dijo que nos podíamos quedar todo el tiempo que quisiéramos. Me estaba empezando a temer que podía ser bastante tiempo.

Al día siguiente, empecé a desmontar el motor, así que el carburador estaba fuera otra vez, me estaba empezando a convertir en un experto. A esto le siguió el colector de entrada, y por fin, las cabezas de los cilindros. Con las cabezas fuera, fue un alivio ver que los taladros estaban en buenas condiciones. Mark se pasó a ver cómo iban las cosas, y me prestó un poco de engrudo para recolocar las válvulas y limpiar las cabezas mientras estaban fuera.

Una pregunta: ¿cómo quitas las válvulas sin un compresor para los resortes? Respuesta: el modo africano es con un cubo enorme, y por supuesto, con un martillo, le das un golpe seco al cubo, y así con las válvulas fuera, me puse a limpiar las cabezas, a quitar todo el carbón viejo, y a recolocar las válvulas. Menos mal que tenía a mano el taladro para ir un poco más rápido. Siguiente problema: ¿cómo pones las válvulas, muelles y demás en su sitio otra vez? El modo africano es con dos destornilladores y un ayudante con dedos pequeños para meter las piezas. ¡Problema resuelto! Ahora que todo estaba limpio, sólo había que ponerlo todo en orden. Por suerte, tenía el conjunto de juntas que nos había dado Jonathan, de Crozier 4x4. Con todo resuelto, era momento para probarlo, pero el resultado fue el mismo, aunque un poco mejor debido a la limpieza. Con el carburador fuera de nuevo, la opinión de mi cada vez más grande grupo de expertos era que las agujas y los surtidores estaban gastados, y que había que cambiarlos. Después de un infructuoso día buscando piezas por Luanda, llamé a Burdin Fuel Systems, en el Reino Unido, para encargar un equipo de revisión SU, y unas cuantas agujas y surtidores. El siguiente problema era que su empresa de transportes, Federal Express, no llevaba repuestos de coche a Angola por motivos legales, así que les dijimos a los de Burdin que enviaran las piezas a nuestros amigos Siobhan y David de Londres, quienes las reembalarían como piezas para un filtro de agua, y las mandarían por DHL Express a Luanda. Afortunadamente, no tuvimos que repetir el episodio de las ballestas, ya que esta vez llegaron a los tres días. De nuevo carburador fuera, las agujas y surtidores colocados, y momento de hacer otra prueba, que fue otra decepción. ¡Uno del equipo de expertos sugirió poner un esmerilador de ángulos en la parte de arriba de las válvulas! Yo no estaba muy convencido, porque pensaba que era problema del carburador, así que cuando Artur, otro mecánico y aficionado a la pesca, propuso un viaje de fin de semana a una playa cercana para pescar, decidimos que sería una ocasión perfecta para una prueba en la carretera, y para ajustar el carburador.

Salimos la noche del viernes con Artur, su novia Katia, y una pareja italiana, Stefano y Teresa, en convoy. En cuanto dejamos atrás el tráfico de Luanda, Grommet empezó a sufrir otra vez, con humo, sin potencia, y encima, se tragaba la gasolina a una velocidad alarmante, a un litro por kilómetro. Con sólo 100 litros encima, nos iba a costar llegar a la playa, y ya no digamos volver. De nuevo, tuvimos que regresar a Luanda. ¡Empezaba a pensar que la única forma en que Grommet iba a poder salir era en un buque contenedor rumbo a España!

Aún así, no nos perdimos la pesca, después del trabajo duro de la semana necesitábamos un descanso, así que llamamos a Nelo para que nos llevara al día siguiente.

A pesar de la escasez de peces, lo pasamos genial, comiendo y bebiendo en un lugar precioso en la playa con una compañía estupenda, ¡qué más se podía pedir! Además, estaba bien descansar un poco de Grommet y su virus misterioso. ¿Los coches pueden pillar la malaria?

El lunes por la mañana, después de la pesca del fin de semana, Artur, Fernando, un mecánico de motores fueraborda, José Manuel y yo le echamos otra ojeada al problema. Esta vez, limpiamos y colocamos todas las piezas, desmontamos el carburador una vez más, y además lo sacamos todo y sustituimos las argollas de los obturadores, lo cual parecía funcionar, como demostró la prueba por las calles de Luanda. Es difícil imaginarse que una pieza tan pequeña que pasamos por alto por ser insignificante, haya causado tantos problemas. Pasamos tanto tiempo en Luanda que incluso pensamos contratar personal, un cocinero, un limpiador, un vigilante, etc… Por eso tuvimos que extender nuestros visados para otro mes, para tener tiempo suficiente para salir de Angola. Artur todavía quería pescar un pez de los gordos antes de que nos fuéramos, así que decidimos pasar otro fin de semana en la playa como despedida de Luanda, con Katia, los italianos, y Nelo. De nuevo, salimos de Luanda en convoy. Grommet volvió a ser el mismo de antes, o incluso mejor de lo que había estado en mucho tiempo. Todo iba bien, hasta que paramos para comprar unas cervezas y unas coca-colas. Empezó a salir agua de la parte de delante de Grommet. ¡Esta podía ser la última batalla de Grommet! No tenía ningunas ganas de volver a la pista y al asfalto africano, ya había tenido bastante en el Congo. La investigación reveló que una manga de goma detrás de la bomba de agua se había partido, pero tenía una de repuesto, así que no tardamos mucho en estar en marcha otra vez. Llegamos a la playa de noche, encontramos un sitio para montar el campamento, y preparamos las cañas. Artur estaba decidido a pescar un pez, y estos no son pequeños, imaginad algo que parece una sardina pero que pesa de 30 a 40 kilos, o un pez que parece una carpa y pesa 70 kilos, ¡UN PEZ ENORME! Y eso es lo que habíamos venido a pescar.

A la hora de comer del sábado, había grupos de pescadores por toda la playa, es un acontecimiento social, por lo que de vez en cuando te tienes que pasar a ver cómo les va a todos, ver lo que han pescado, si es que han pescado algo, tomarte una cerveza, y hablar del que se escapó, o de los peces que han visto.

El domingo por la mañana, nos despertó un Artur muy exaltado, gritando que Nelo tenía un pez, y después de un poco de lucha, allí tenía un pequeño tiburón de 30 kilos, así que ya teníamos un pez, y uno bien grande además. Más tarde aparecieron los tipos del club náutico, José Manuel, Fernando y Rambo. Menuda despedida, rodeados de nuestros amigos de Luanda. Cuando llegó el momento de despedirse, Blanca incluso se puso sentimental.

Lo pasamos en grande en Luanda, estuvimos tanto tiempo que ya nos habíamos convertido en parte de la familia. Cenamos y bebimos con José Manuel, comimos hamburguesas con Artur y Katia junto a la carretera, hicimos una fiesta improvisada con Stefano y Teresa delante de Grommet, en el embarcadero, además de con Mino, el vigilante, y con todos los que hablaban de tomarse “una cerveza”. La amabilidad y la generosidad de la gente que hemos conocido en Luanda ha sido verdaderamente abrumadora, y permanecerá en nuestros corazones para siempre, y quién sabe, podríamos incluso volver si damos con un buen contrato, y sobre todo, si podemos convencer a Grommet.

El lunes por la mañana nos despedimos de nuestros amigos Artur y Katia, y pusimos rumbo al sur. Aunque sentaba bien estar en marcha de nuevo, estábamos tristes por dejar a nuestros nuevos amigos atrás. La carretera era buena, y nos dirigimos a la playa de Sumbe. Blanca sacó de otra página web el punto GPS de un buen sitio para acampar. La playa era preciosa. Al llegar, vimos un Ifa aparcado en un lugar apartado, así que nos acercamos a decir “hola”, pensando que podían ser Ralph y Judith, pero no eran ellos, sino otra pareja de alemanes, Arthur y Swantje en un Ifa L60, que es algo más moderno que el L50 de Ralph, sólo que con mucha más potencia. Fue gracioso, lo sabían todo de nosotros, porque habían seguido los progresos de Ralph y Judith en su página web. ¡El mundo es un pañuelo!

Aparcamos, montamos el campamento, y estuvimos de charla hasta bien entrada la noche. Nos enteramos de que ellos querían hacer la ruta de la costa hasta Lubango, a través de Lobito, Benguela y Lucira, por lo que decidimos viajar juntos, para lo que partimos a la mañana siguiente. Como siempre, la carretera buena enseguida dio paso a un asfalto bacheado y a una dura pista pedregosa, así que, para cuando repostamos, y compramos pan y verduras en Lobito, ya era un poco tarde. Al salir de la ciudad, conocimos a Edgar, un angoleño que había estado una temporada en el East End de Londres, y tenía ganas de que le contáramos nuestro viaje, ya que planea hacer lo mismo, pero al revés. Nos dirigimos a la playa, delante del restaurante Sol & Mar, para vernos después, pero por desgracia, tuvo un problema con su coche, y no apareció hasta que no nos hubimos acostado. Lobito es como una vieja ciudad colonial congelada en el tiempo, un poco como la Habana, en Cuba, pero con coches modernos, 4x4s, y camiones, en vez de los coches americanos de los 50.

Dejamos Lobito a la mañana siguiente, y pasamos por Benguela para coger la carretera de la costa. Por el camino, nos sorprendió ver un tren de pasajeros en marcha. Si tenemos en cuenta que la guerra en Angola acabó hace pocos años, es sorprendente la ausencia de controles de policía, o puntos de control, y en el que vemos no tienen ningún interés por nosotros, ya que tan sólo nos hacen señales para que sigamos.

Después de Benguela, el asfalto africano se convierte en pista polvorienta, rocosa y pedregosa. Los tipos del club nos habían avisado acerca de esta ruta, con subidas empinadas y descensos. Al principio, la ruta no parecía muy mala, Grommet iba bien, y el paisaje era imponente, bastante más seco por aquí, y más como un desierto, y con mucha maleza. Blanca estaba muy contenta, ya que no le hacía mucha gracia el húmedo África central, con todos los insectos, etc… Encontramos un sitio estupendo para pasar la noche, en un pequeño valle con colinas alrededor, era increíble lo tranquilo que era. Arthur y yo recogimos madera para hacer una hoguera después de cenar, para mantener a raya el frío. Esta era, sin duda, una de las rutas más espectaculares de las que llevamos hasta ahora. Las subidas eran ahora muy rocosas y empinadas, así que esto se parecía más a una escalada que a un camino normal. A los alemanes les hizo mucha gracia que Blanca siempre prefiriera subir andando antes que ir conmigo en Grommet. En una parte muy ondulada y arenosa oímos un siseo muy fuerte, y vimos agua caliente por todas partes. Al investigar, descubrimos que se había soltado una grapa de la manga del calentador, pero la colocamos rápidamente, así que pudimos continuar. Pero una hora después, al bajar por una pendiente rocosa especialmente empinada, tanto que Grommet iba en primera, hubo un golpe seguido de un sonido muy fuerte procedente del tubo de escape. El colector del tubo de escape de la derecha se había partido, justo después del cilindro número 4. Me estoy haciendo muy bueno en esto de las reparaciones en el monte. Conseguí arreglarlo todo con unas grapas y cinta de aluminio, con un poco de suerte aguantaría hasta que lleguemos a Namibia, y lo pueda arreglar bien. Por ahora, sonamos como un tanque, pero por lo menos, seguimos en marcha. En la siguiente subida, por algún motivo, no cogí la ruta alternativa “blanda”, así que acabamos atrancados. Grommet no quería subir, las ruedas giraban, intentando agarrarse a la superficie, y el hecho de que el bloqueo del diferencial no funcionara no mejoraba las cosas. Blanca salió como una exhalación, esto era demasiado para ella. Di marcha atrás un poco, pero la rueda de atrás se subió al terraplén, por lo que ahora Grommet estaba sobre dos ruedas, y a punto de volcar en cualquier momento. Creí que esto era el fin, que íbamos a rodar. Blanca y Arthur literalmente sostenían a Grommet, mientras yo cautelosamente me bajaba para examinar la situación. Blanca sujetaba a Grommet, para que no volcara, mientras Arthur y yo quitábamos la tierra suelta y las rocas del lado derecho. Entonces, con Blanca y Arthur colgando de un lado como en un barco de vela, me subí y lo moví lentamente hacia delante, hasta que las cuatro ruedas estaban firmemente en el suelo. Intenté la subida otra vez, pero de nuevo las ruedas se deslizaban. No había más remedio que tirar con un torno, y usar el Ifa de nueve toneladas como sujeción, ya que sus neumáticos estaban demasiado gastados como para tener suficiente agarre para tirar. El siguiente problema era que el cable del cabestrante se atascó, así que tuve que desmontarlo para liberarlo. El cable era poco más o menos lo suficientemente largo para llegar hasta el Ifa, pero faltaba ver si funcionaría. Nunca había usado el cabestrante, así que metí primera, e intenté ser optimista. Lentamente, Grommet empezó a subir la colina, y cerca de la cima, puse el mecanismo de transmisión, mientras Arthur tiraba de nosotros. Lo habíamos conseguido, y a duras penas sobrevivimos para conducir otro día. Habían sido muchas emociones por un día, por lo que acampamos en la cima de la colina. La ruta resultó ser de verdad un infierno.

Finalmente, la pista dejó paso al asfalto bueno, de hecho, era una carretera fantástica, que llegaría hasta Lubango. La subida a la meseta de Lubango quitaba la respiración, y se parecía a algo sacado de “Un Trabajo en Italia”.

Lubango es otra vieja ciudad colonial, rodeada de granjas de todo tipo. Estuvimos el tiempo suficiente para abastecernos de provisiones, y combustible, y salimos hacia el monte una vez más. Los alemanes iban apurados de tiempo con sus visados, y con Grommet enfermo, habría que dejar los parques del sur para mejor ocasión. Al salir de Lubango, la carretera se convierte en asfalto muy bacheado y pista, así que volvimos a los golpes, los choques, y a los quejidos. Sin embargo, hay trozos de pista arenosa al lado de la “carretera principal”, por lo que el coche y el cuerpo se pueden tomar un merecido descanso. Aún así, el paisaje es maravilloso, y para los tíos hay viejas reliquias de la guerra para investigar, tanques, coches blindados, y camiones, que están ahí abandonados oxidándose. Por supuesto, todo esto hay que inspeccionarlo, ya que no todos los días tiene uno ocasión de subirse a un tanque. Es una pena que se hayan llevado todos los recuerdos hace tiempo. Arthur buscaba algunos repuestos para el Ifa, pero tampoco quedaban muchos por ahí.

Habíamos acampado en el monte desde que salimos de Luanda, a excepción de una noche en Lobito, y no encontré minas, lo cual no quiere decir que ni ellas ni la amenaza no existan, creo que hemos tenido suerte, y que la gente y la limpieza de minas bovina ya habían hecho el trabajo.

En Ondjiva, la última ciudad importante antes de la frontera, vi el primer 101 del viaje. Se trataba de un GS utilizado, cosa curiosa, por un equipo de limpieza de minas. Lo habían modificado para ser diesel, con un turbo de 2 ¼, y teniendo en cuenta que esto es África, estaba en un estado más que razonable. Los dos tipos africanos a los que desperté dentro parecían un poco confusos por mi interés en su 101, y se fueron rápidamente, después de que hiciera un par de fotos, probablemente por si volvía y les hacía más preguntas.

La última obsesión de Blanca ha sido el pan, no porque sea escaso, lo puedes encontrar en todas partes, sino porque parece que nunca tenemos bastante, sobre todo, porque a los nuevos alemanes les gusta parar a tomarse un aperitivo, y para descansar, a mediodía, así que cada día empieza de nuevo la búsqueda…

Si entiendes alemán, puedes seguir el viaje de Arthur y Swantje en www.geu-on-tour.de. Fueron una compañía estupenda, y útiles en nuestros momentos de necesidad, y Swantje es una gran cocinera. De postre, en nuestra última cena juntos, Swantje preparó tarta de manzana, al estilo inglés, con crema. Fue como morir e ir al cielo, y como a Blanca no le gustan los pudines, tocamos a más. Cuando lleguemos a Namibia, nos despediremos de ellos, puesto que ellos ya han estado antes, y se van a explorar Botswana y Zimbabwe antes de ir a Sudáfrica. Nosotros, por nuestra parte, intentaremos que nuestro enfermo Grommet vaya hasta Windhoek, haciendo escala en Tsumeb y Etosha por el camino.

Así que un mes y 19 días después de entrar en Angola, cruzamos la frontera y entramos en Namibia.


¿Cómo?, ¡más barro!


Ya se acabó la carretera ancha


¡Puente!


¿Alguien quiere un recuerdo?


Un camaleón


Un tanque


Luanda


Miss Luanda


Arreglando los frenos


Artur, Nelo y los demás


Rambo


El mirador


Buscando el problema


Guy y Gilly


Amanecer en el Club Náutico Ilha de Luanda


¿Cómo?, ¿no hay compresor para los resortes?

A mí me parece bien


En la barca


José Manuel


Vida playera


Chicas pescando


Artur


Grommet en la playa


Nuestro pescado


Chicas pescando otra vez


Artur y José Manuel


Fernando


Grommet y el nuevo Ifa alemán


¡Rocas!


Bajada empinada


La colina


Blanca sujetando a Grommet


Aspirante a hombre fuerte


Arthur y Swantje


Mark y Blanca

“Un Trabajo en Italia”

Otro tanque

Juguetes para niños

Más juguetes para niños

Todavía más juguetes para niños

¡Otro 101!