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Congo-Brazaville, Cabinda, Congo-Kinshasa y Angola. Por el “corazón de las tinieblas”

Del 2 al 26 de abril

Koen y Heidi me prestaron el libro “El Corazón de las Tinieblas”, y me lo leí antes de llegar al Congo. Joseph Conrad describe un impenetrable bosque que se extiende desde el mar hasta el interior del continente. Por desgracia, mucho ha cambiado en los más de 100 años que han pasado desde que se escribió el libro, todo lo que queda hoy es un enorme desastre ecológico y la destrucción de un ecosistema entero. La deforestación que empezó en Gabón ahora llega hasta el corazón del Congo, pero lo más triste es que continúa, y parece no haber ningún control. Afortunadamente, la cantidad de carne disponible en las carreteras se ha reducido un poco, me imagino que ya no queda nada que matar.

Pero basta de discursos, y volvamos al viaje. Paramos justo antes de la frontera con el Congo en el sitio habitual, una carretera en construcción en lo alto de una pequeña colina donde soplaba una refrescante brisa. De lo que no nos habíamos dado cuenta era de los enjambres de mosquitos que literalmente nos estaban comiendo vivos, a pesar de las camisas de manga larga, los pantalones y el spray. Por la mañana parecía que tuviéramos una enfermedad contagiosa, con hinchazones rojos por todas partes. Algo no muy agradable de ver, pero que probablemente nos vino bien a la hora de pasar la frontera, ¡ya que nadie se nos quería acercar!

Después de la frontera, el asfalto deja paso a la pista, por lo que teníamos que estar atentos a los charcos de lodo que habíamos visto en varias páginas web. Heidi se ofreció voluntaria a cruzar por los charcos para comprobar la profundidad y encontrar un camino despejado, lo cual fue un gran alivio para Blanca, ya que así sus nuevos zapatos blancos podían seguir limpios un poco más ¡Seguía sin haber nieve! Tras conducir todo el día por una pista sencilla, con charcos poco profundos, y muchos controles de policía y del ejército, paramos a pasar la noche en el monte junto a una pista para el transporte de troncos. Aquí había algunos árboles, aunque fuera sólo momentáneamente. Montamos el campamento con una luz para cuando oscureciera, y nos sorprendió la gran variedad de insectos que atrajo. Además de los habituales mosquitos, mariposas nocturnas y moscas, había mantis religiosas, y un enorme insecto palo. Esta vez dejamos la luz bien lejos de las tiendas, no queríamos que se repitiera lo de la noche anterior.

Por la mañana, nos pusimos en marcha para encontrar la nueva pista de Mila-Mila, construida por una compañía maderera malasia para acelerar los viajes hasta el puerto de Pointe Noire. La pista era buena y firme, pero en algunas zonas era un poco dura y rocosa, con muchos baches, pero por lo menos estaba seca. Con un poco de lluvia creo que habría sido otro cantar, sobre todo en las zonas con más pendientes. Al tratarse de una pista para el transporte de troncos, había el riesgo añadido de los camiones llevando los troncos, que son bastante peligrosos cuando van cargados, puesto que con frecuencia los troncos se caen de los camiones en marcha, y cuando van vacíos van a toda velocidad para recoger otro cargamento, sin preocuparse para nada de los otros viajeros. Bueno, me imagino que, después de todo, es su carretera. Fue un alivio estar de nuevo sobre asfalto después de la pista, pero el alivio duró poco, ya que el asfalto daba paso a una carretera desastrosa, con profundos charcos llenos de arena y barro, camiones enormes, y sin un camino claro por el que ir, así que sólo quedaba apuntar a Grommet en la dirección correcta, y ser optimistas. Esta carretera ocupa el número uno en el ranking de las peores carreteras que nos hemos encontrado hasta ahora. Por fin llegamos a Pointe Noire, había sido un día agotador, por lo que, como estábamos demasiado cansados para cocinar, decidimos salir por ahí. Pointe Noire es una ciudad petrolífera, con precios a la medida, y una calle principal al nivel de cualquiera en Europa. Nos empezamos a desesperar al ver los precios de los restaurantes, que se salían de nuestro exiguo presupuesto. Los vecinos entendieron nuestra situación, y nos aconsejaron que cogiéramos un taxi hasta el mercado, donde el presupuesto no correría peligro, y la comida era excelente. Habíamos encontrado un sitio para quedarnos en el club náutico de la ciudad, aparcamos en la playa, y teníamos baño limpio y duchas gratis, así que ¡qué más queríamos! Ah, se me olvidaba el magnífico restaurante que está abierto casi todas las noches, con comida sencilla pero buena. Es un lugar perfecto para relajarse y cargar las pilas antes de la “pequeña” Angola, Zaire y el resto de Angola. Desgraciadamente,  Ralph y Judith no tenían ganas de descanso, preferían salir en dirección al “nirvana” de Namibia lo antes posible, por lo que, después de dos meses viajando juntos, nos despedimos, y el Ifa emprendió el camino en solitario. Nosotros, por nuestra parte, nos quedamos de relax con los belgas Koen y Heidi, aunque no del todo, porque, como saben todos los que conocen a Blanca, relajarse nunca es realmente una opción. Estuve muy ocupado engrasando y dejando todo listo para la siguiente etapa. Había barro, barro y más barro. Durante nuestra estancia en el club náutico, conocimos a Caroline, una francesa que ha estado navegando alrededor del mundo los últimos 20 años en un pequeño yate con su gato, su perro, y su marido, que murió recientemente de malaria, ¡ese omnipresente peligro! Al ver que íbamos a estar allí varios días, Koen sacó una pequeña zodiac con motor fueraborda que habían traído desde Bélgica, así que ya tenemos un barco y una excusa convincente para quedarnos en el club náutico. Lo pasamos muy bien por la bahía, y una tarde, al volver de echar un vistazo a un barco enorme cargado hasta arriba de troncos, se nos acercó un barco con unos franceses que volvían de pescar, y nos obsequiaron con un barracuda enorme, así que ya teníamos resuelta la cena de esa noche. Lo hicimos a la barbacoa en la playa, con un poco de arroz tailandés y una salsa holandesa ¡Buenísimo! Fue un alivio para Blanca que Florence, un profesor amigo de Caroline, se ofreciera a hacernos la colada en su lavadora. Nos enteramos a través de otro expatriado que vive en Pointe Noire de que había un santuario de chimpancés por allí, que era parte de la organización de Jane Goodall. Tras despedirnos de Nicola, de Caroline, y de todos los demás del club náutico, salimos en dirección al santuario, a 40 km. al norte por la costa.

No creo que vayan muchos turistas al santuario, ya que no aparece en las guías, por lo que se sorprendieron mucho de vernos aparecer por el monte. Una vez pasado el shock inicial, nos dieron la bienvenida, y Ken, un veterinario americano que lleva este sitio desde hace año y medio, nos dio una vuelta muy completa por el lugar. Como llegamos tarde, nos perdimos a los chimpancés, que eran huérfanos y una consecuencia del comercio de carne, volviendo del santuario, una amplia zona vallada donde pasan el día haciendo cosas de chimpancés, hasta que vuelven por la noche para comer y dormir. Ken nos invitó a volver otra vez a la mañana siguiente para ver cómo los soltaban por el monte. Al no estar aquello muy acondicionado para turistas o para acampar, decidimos irnos a la playa, pero como parte de la pista estaba inundada, cambiamos de idea. Al dar la vuelta, me salí un poco de la carretera, y por un instante estuvimos metidos en el barro, sin posibilidad de ir a ninguna parte. Por suerte, Koen se dio cuenta de que habíamos desaparecido, así que volvió y nos remolcó hasta que estuvimos fuera. Estoy empezando a pensar que la razón principal por la que se han venido con nosotros las chicas es para hacer de turistas de desastres, porque en cuanto hay un problema, salen disparadas de los vehículos, pero no para ayudar, sino para pasar el rato haciendo fotos sin parar, como turistas japoneses hasta arriba de speed. Por la mañana, volvimos para ver cómo soltaban los chimpancés, algo con lo que parecen disfrutar mucho, como se puede ver en el nivel de excitación que tienen hasta el momento en que se abren las puertas y salen corriendo a disfrutar de su momentánea libertad. Mientras estábamos allí, aproveché para preguntarle a Ken acerca de un sarpullido que me había salido por todo el cuerpo, junto con un dolor de cabeza de cuatro días, y dolor de ojos. Me dijo que podía ser malaria, combinada con una reacción alérgica a la doxiciclina, por lo que sería conveniente ir a Pointe Noire a que me lo vieran antes de seguir adelante, y eso es lo que hicimos. El test de la malaria dio positivo, así que volvimos al club náutico para que me pudiera recuperar en unos días. El doctor me quería ver al día siguiente para observar mis progresos, y cómo iba el sarpullido. Llegamos con mucho calor y tras el incordio del taxi, y con Heidi como intérprete. Al ver que el sarpullido seguía igual, me recetó un esteroide que había que inyectar por vía intravenosa, por lo que fuimos a una farmacia, y de ahí de vuelta para ponerme la inyección. Aquí en África puedes comprar cualquier cosa en la farmacia si tienes dinero, con o sin receta. Cuando volvimos a la consulta, había un repentino frenesí de actividad, todo el mundo quería intentar ponerle la inyección al hombre blanco. Con tres personas por allí rondando, fallaron con la vena, por lo que casi me desmayo. Las chicas estaban fastidiadas porque no habían traído las cámaras para grabar todo el proceso. Afortunadamente, tras un día de descanso pude conducir, así que salimos en dirección a la frontera, y a la “pequeña” Angola.

El asfalto se acaba en la frontera, grandes camiones y 4x4 son los que más usan esta pista, por lo que enseguida te das cuenta de dónde vienen todos los agujeros y baches. Tampoco había ningún sitio para acampar, con la carretera rodeada de agua, manglares, papiros, y arbustos, así que decidimos probar suerte en uno de los pequeños campamentos del ejército esparcidos por la carretera. Los soldados se sorprendieron mucho con nuestra petición, dijeron que estaba bien, y para nuestra sorpresa no pusieron ningún problema. Por la mañana, salimos temprano hacia Cabinda para ver a las autoridades antes de dirigirnos a la frontera con Congo (Zaire). Bueno, ya dije que es la pequeña Angola. Por el camino se pasa por una enorme refinería de petróleo, rodeada de alambradas y minas. Esta parte de Angola está luchando por su independencia, pero no creo que la consigan, ya que aquí se encuentra el 80% de las reservas de petróleo, y por lo que vimos, el ejército lo controla.

Las formalidades en la frontera se hicieron interminables, y los alrededor de 100 metros de tierra de nadie parecían un bar enorme, con tipos llevando carretillas llenas de bidones de cerveza de un país a otro.

Ya estábamos en la Angola de habla portuguesa, donde todo el mundo entendía el español de Blanca, pero a Blanca le parecía que le contestaban en chino. Y de allí fuimos al Congo francófono (Zaire). Los coches normales de tracción a dos ruedas no van más lejos, al ser esto dominio exclusivo de los grandes camiones y los 4x4. La pista hasta Boma empezó de forma prometedora, con mucha arena y un poco como una pista de autocross (a Lilly y Steffen, los motoristas alemanes, les habría encantado), aunque estaba seca y tenía algunos charcos profundos, pero no era un problema en absoluto. Por desgracia, la pista tenía un lío de caminos de arena que llevaban a excavaciones de petróleo o a otras parafernalias típicas de la industria petrolífera. Encontramos un lugar para pasar la noche en un arenal. Al atardecer subí a lo alto del banco, y pude ver montones de fuegos quemando el gas que iluminaban el campo. Es una pena que todos los beneficios del petróleo no lleguen para mejorar las infraestructuras, las carreteras, los colegios y los hospitales. Seguimos sin ningún problema por más pista de arena y charcos, hasta el primer control de policía, convenientemente colocado en una curva con arena blanda llena de baches. Para Grommet, ir por fuera de la pista no era problema, pero sí para los belgas y su Mercedes, al no tener el impulso para pasar, por lo que enseguida se quedaron atrancados. Con un poco de esfuerzo para remodelar la pista, con Grommet tirando, y las rampas para la arena, conseguimos ponernos en marcha una vez más. A pesar de ir por más pista dura, arenosa y con profundos charcos, progresamos poco a poco, y nos sorprendió lo bien que iban los belgas con su furgoneta con tracción a dos ruedas, a pesar del suelo y de que sus neumáticos eran de los normales para carretera. Encontramos una pequeña pista que se adentraba en la sabana, y una zona de hierba baja para acampar. Aquella noche, después de la cena, nuestros peores temores se hicieron realidad, al caer una fuerte tormenta. Por la mañana, la pista seca parecía un río, por lo que decidimos quedarnos allí un día, y esperar a que bajara un poco el agua antes de continuar, y a que no lloviera más. La pista entonces se quedó llena de barro y lodo en algunas zonas, pero por suerte, el nivel de agua en los charcos más profundos había bajado un poco, aunque seguía haciendo falta andar para comprobarlo, lo cual lleva mucho tiempo, sobre todo al haber tantos charcos, pero cuando llevas un motor de gasolina es mejor ser prudente ante todo. La carretera a Boma se estaba convirtiendo en nuestra Carretera a Burma. Por si fuera poco, la pista estaba llena se enormes camiones que también se habían quedado atascados por las lluvias de la noche anterior. Estos camiones son increíbles, unos son viejos camiones belgas Man, otros son camiones Mercedes con tracción a dos, cuatro o seis ruedas, y otros son camiones rusos enormes 6x6 que habían sido del ejército. Observamos cómo uno de estos camiones enderezaba un camión Mercedes que estaba de lado, y cómo tiraba de los belgas por una zona embarrada y bacheada bastante peligrosa sin inmutarse, el camión de cinco toneladas se deslizaba literalmente por el lodo. Había sido un largo y duro día, así que acampamos cerca de una sección de la pista intransitable, a causa del profundo lodo. La gente que pasaba encontró esto muy peculiar, al no estar acostumbrados para nada a los blancos, o a los turistas aparcando, durmiendo y comiendo junto a la carretera. Algunos nos sugirieron que fuéramos a un pueblo cercano, pero la mayoría de esos pueblos están llenos de niños gritando y gente pidiendo comida y dinero. “Estamos sufriendo”, dicen, y nosotros también, conduciendo por estas carreteras. A los congoleños les vendría bien alguna lección de autoayuda, ya que casi todas las partes horribles de las carreteras están dentro o cerca de un pueblo lleno de gente quejándose que no tienen nada mejor que hacer que beber cerveza o recrearse cuando alguien se queda atascado. A la mañana siguiente Koen y yo inspeccionamos el camino que teníamos por delante, era transitable, con un poco de esfuerzo, por lo que nos pusimos manos a la obra para cavar unos cuantos cauces por los que desaguar algunos de los charcos más profundos, y así remodelar un poco la carretera, para poder seguir hasta la siguiente zona problemática. Algunas partes eran tan profundas que las podías cruzar subido al techo de Grommet, por suerte estas zonas profundas tenían una ruta alternativa cerca, para así evitar que las turistas de desastres tuvieran ocasión de hacer una foto. Mientras cavábamos para sacar el Mercedes una vez más, Koen se dio cuenta de que estaba perdiendo mucho refrigerante, lo cual, unido a sus problemas de frenos, significaba quedarnos otro día más en el monte haciendo reparaciones. Un aspa del ventilador se hizo añicos y agujereó el radiador, afortunadamente llevaba araldite, por lo que el agujero quedó tapado enseguida. Hubo que hacer unos pequeños ajustes en los frenos para poder continuar. Seguimos por más pista horrible, con más lodo y charcos, pero nos acostumbramos a la rutina de, antes de una parte difícil, atar con una correa el Mercedes y tirar, sin esperar a que se atrancara, lo cual funcionó muy bien, y nos alegramos mucho de ver por fin el río Congo y Boma.

Boma es una ciudad muy bulliciosa, llena de coches pequeños y furgonetas metiéndose por todas partes, para evitar los enormes camiones. Coches pequeños y furgonetas equivale a buenas carreteras. Vimos algunos de los camiones que nos habíamos encontrado por el camino, y a sus conductores y ocupantes saludándonos muy efusivamente, dándonos la bienvenida.

Nadie pensaba que el Mercedes pudiera llegar al final de la pista, pero con un poco de trabajo en equipo, un poco de ayuda, y mucha suerte, lo consiguió. La distancia desde Muanda hasta Boma es de unos 130 km., en los que tardamos cinco días y medio, de los que tres y medio fueron de muy difícil conducción, y fue posiblemente la peor carretera que nos hemos encontrado hasta ahora.

Ahora nos encontrábamos sobre el asfalto africano, en dirección a Matadi. El problema en los frenos de Koen volvió, y los míos no estaban mucho mejor. A los lados de las pocas zonas de bosque que quedan, había un nuevo peligro: vigorosos vendedores de carne ahumada intentando que paráramos. Era increíble ver la cantidad de camiones volcados que había por el camino, a pesar del decente estado de la carretera. Me imagino que también tenían problemas de frenos. Justo antes de Matadi hay un enorme puente colgante que atraviesa el río Congo, pero es de peaje y no teníamos nada de moneda local. Llevó mucho rato convencer a los oficiales de que los dos vehículos no eran camiones, y conseguir un buen tipo de cambio de dólares, por lo que entramos en Matadi ya de noche, lo cual no es para cobardes. Por suerte, teníamos el punto GPS de un sitio para quedarnos. Las Hermanas de la Caridad habían perdido la fe y ya no aceptaban viajeros, pero afortunadamente los Hermanos de al lado sí los aceptaban y tenían un sitio perfecto para hacer nuestras reparaciones, tranquilos y a la sombra.

Los tambores de los frenos de Grommet estaban llenos de arena fina y polvo, y los de atrás habrá que cambiarlos pronto. La barra antivuelco se había movido otra vez, y ahora tocaba el chasis, pero una vez visto todo, Grommet estaba en buena forma. Volví a colocar la barra con un poco manga de goma para evitar cualquier movimiento lateral. Ayudé a Koen a revisar los frenos del Mercedes, y vimos que estaban más o menos como los de Grommet, llenos de arena y barro de todos los charcos. Ya estábamos listos para irnos de Matadi y poner rumbo a Songololo y a la frontera de Luvo para entrar en la auténtica Angola, lo cual, tras estudiar varias páginas web, parecía el mejor camino.

Congo-Brazzaville


“¿Cómo?, ¿no hay árboles?”


Agua en la pista


Heidi comprobando la profundidad


Grommet se da un baño


Más barro


“¿Cómo?, ¿sigue sin haber árboles?”


Puente inundado


De acampada en la carretera de los troncos


Ahí es donde están los árboles


La carretera de los troncos


Llegada a Pointe Noire


El barco de Caroline


El atardecer en Pointe Noire


De acampada en el club náutico, Pointe Noire


El que no se escapó


En el médico

Congo-Kinshasha


Arena


Más arena


“Mueve el camión o disparamos”


Los belgas atrancados


Lodo


Agua


El tráfico local


“¿Y ahora por dónde?”


Tirando de los belgas


¡¡Ups!!


Más lodo


Construyendo una carretera


Lodo profundo


Arreglando el radiador


Matadi y el río Congo