|
map

Gabón

Del 20 de marzo al 2 de abril de 2005

Una pregunta rápida: ¿por qué los Toyotas Starlets y Corollas aquí en el África central llevan casi todos una baca porta esquís? Tal vez deberíamos haber traído cadenas para la nieve. Bueno, creo que estoy divagando un poco. Estamos en el país número 11, ya hace ocho meses que salimos de Londres, y seguimos de viaje. Ya tenemos todos los visados que nos hacen falta para llegar hasta Sudáfrica, además de los de Angola. Los visados se han dejado sentir en nuestro presupuesto, pero con suerte serán los últimos.   

Estamos ya en Gabón, donde se supone que las carreteras empiezan a empeorar, con mucho barro y agua. Esta es la época de la “pequeña estación de las lluvias”, y por todas partes todo está sospechosamente verde. La carretera desde Ambam y la frontera con Camerún debería ser especialmente mala, pero está en proceso de renovación gracias a la Unión Europea, así que era excelente. Tal vez deberían promover reformas en las carreteras de Londres.

Seguimos hasta Mitzic y la misión católica de allí para pasar nuestra primera noche en Gabón. Hay una espesa selva tropical por todas partes, calurosa y húmeda con algo de lluvia de vez en cuando, pero nada como las violentas tormentas de Yaounde. En la misión tuvimos un recibimiento bastante diferente al que tuvimos en Ebolowa, en Camerún, a pesar de todos los esfuerzos del hermano Roberto. Aquí el cura fue muy acogedor, nos buscó un buen sitio en la hierba, y puso su vivienda a nuestra disposición para ducharnos, etc…, todo esto a pesar de estar muy ocupado ante la inminente llegada de la Semana Santa. La iglesia estaba llena cuando llegamos, y más tarde por la noche, cuando un grupo salía otro llegaba. Unos cantos preciosos nos rodearon mientras preparábamos la cena, y luego nos ayudaron a conciliar el sueño. Los que iban a la iglesia parecían muy felices allí, con pocas ganas de irse.

Encontramos la novedad del buen asfalto un poco aburrida. Como a los guías les costaba mantenerse despiertos, a los alemanes se les ocurrió tomar un “atajo” que nos ahorraría 60 km. ¡Debería haberme dado cuenta cuando Blanca dijo que ella misma ya había pensado en esa ruta! Según el mapa, la pista hasta Sam debería ser mala, pero allí conectaba con la pista principal, marcada como parcialmente mejorada, y probablemente impracticable con mal tiempo, pero como era la pista principal no podía ser muy mala…

La ruta hasta Sam parecía prometedora, y que había sido arreglada recientemente, pero por la pista principal no parecía que hubiera pasado mucho tráfico, por el estado en que estaba, con hierba creciendo en la carretera, lo cual normalmente no es una buena señal. La ruta se hizo cada vez más estrecha, y en algunas partes tenía arcilla mojada debido a las recientes lluvias. Por supuesto, nosotros íbamos al frente, así que nos teníamos que parar de vez en cuando para que los alemanes nos alcanzaran. Tras pasar una zona bastante húmeda, con el bosque y una ciénaga a ambos lados, nos paramos a esperar, hasta que después de un rato, al no haber señales de ellos, dimos la vuelta para ir a buscarles. Un poco más atrás nos encontramos con un horrible espectáculo, el Ifa estaba otra vez en una zanja, aunque esta vez era un pequeño arroyo. Ralf, que por alguna extraña razón iba conduciendo con tracción a dos ruedas en ese momento, había perdido el control y se había deslizado hasta salirse de la carretera. Parecía casi imposible devolver el camión a la carretera. Por suerte, Ralf llevaba encima un cabestrante tipo “Trifor” con un cable muy grueso, así que ató una correa muy larga a un árbol, ¡pero no antes de meterse hasta las rodillas en la ciénaga!, y empezamos a tirar hasta que el Ifa estaba de nuevo en la carretera. Otra vez los alemanes se salvaban por los pelos, pero esta vez lo único dañado fue el orgullo. A partir de ahí, fuimos nosotros detrás, siguiéndoles a ellos, hasta que en el siguiente pueblo, después de un horroroso tramo de carretera, los alemanes dijeron que ya habían tenido bastante, por lo que dieron la vuelta para coger la carretera de asfalto hasta Libreville. Decidí que sería una lástima dar la vuelta, puesto que la cosa no podía empeorar aún más, ¿o sí podía? ¡Así que íbamos a seguir solos! Por supuesto, la pista empeoró, y encima, había estado lloviendo mucho. Hubo un momento en que en una zona embarrada bastante empinada la parte de atrás de Grommet se empezó a deslizar, pero afortunadamente tuve tiempo suficiente para controlar el deslizamiento antes de que Grommet se “cayera”, uno de los puntos débiles del 101. Pero por desgracia, la suerte no iba a durar. Al bajar lentamente por una zona bastante mojada y embarrada con una profunda zanja en el medio, una de las ruedas de atrás de Grommet se metió en la zanja, tirando además de la parte de delante, por lo que Grommet estaba casi de costado, con dos ruedas en el lodo al fondo de la zanja y las otras dos apenas tocaban la carretera. ¡Este podía ser el final del viaje! Blanca y yo tuvimos que salir por la puerta de atrás para examinar los daños. Estábamos “bien jodidos”, solos, sin árboles para atar el cabestrante, y además, ya era muy tarde para dar la vuelta. ¡Blanca estaba tan asustada que tuvo que echar una cagada! La única posibilidad era sacar las palas y ponerse a cavar, o más bien remodelar la pista llenando la zanja. Después de dos horas, de cavar mucho, y un poco de suerte, Grommet estaba de nuevo con las cuatro ruedas sobre la pista, y lo más sorprendente, sin ningún desperfecto. Qué pena que no hubiera nadie grabándonos mientras cavábamos. Estábamos cubiertos de lodo, con mucho calor y sudando, pero encantados de haber sacado nosotros solos a Grommet de una situación casi imposible. Los dos rescates del día nos pasaron factura, estábamos exhaustos, y estaba oscureciendo demasiado para continuar. A 200 metros había una pequeña casa, tres niños habían estado observando el rescate, pero era raro que no hubiera padres por allí. Blanca, ya un poco más presentable, se fue a investigar si podíamos aparcar y acampar delante de la casa. La abuela, que estaba al cargo, dijo que no había problema, y justo en ese momento aparecieron los padres para confirmarlo. Después de comernos unos tallarines chinos, nuestros víveres de emergencia, caímos en la cama satisfechos con el trabajo del día, y con la esperanza de que no lloviera más esa noche.

Extrañamente, la pista mejoró un poco unos kilómetros más adelante, y estuvo bien todo el camino hasta Medouneu, el pueblo principal. Incluso tenían un aeropuerto y un helicóptero. Nos preguntamos cómo serían los siguientes 163 km., y si la cosa podía empeorar. Pero ya no encontramos más zanjas ni a la entrada ni a la salida de los pueblos, ni puentes caídos, o a punto de caerse, ni profundos agujeros llenos de barro. Un entrenamiento perfecto para el Congo.

Los neumáticos Goodyear Wrangler habían ido muy bien, y Grommet en ningún momento había fallado, a pesar del barro, que en ocasiones llegó a cubrir unos 90 centímetros. Al final, la pista mejoró, por lo que pudimos recuperar algo de tiempo. Encontramos un sitio estupendo para pasar la noche, antes de un puente a punto de caerse con un riachuelo transparente por debajo, y sin las habituales moscas y mosquitos que suele haber en estos parajes. ¡Creo que era porque olíamos los dos fatal! Lo que hicimos fue quitarnos la ropa y darnos un baño al estilo africano. Era maravilloso estar otra vez limpio, sin oler a monstruos de los pantanos.

Por fin, la pista se unía a la carretera de asfalto, había sido muy duro para nosotros, pero nos esforzamos y lo conseguimos juntos. El paisaje había sido fantástico, así que no nos importaría repetir.

Ya en la carretera principal, nos empezamos a preguntar por los alemanes, y ¿a quién vimos más adelante por la carretera?, a Judith y Ralf intentando comprarse unos aguacates, así que salimos hacia Libreville, donde la “familia africana” se reunió de nuevo. Esa noche tuvimos una fiesta de despedida, ya que Didi se iba a la mañana siguiente, para hacer una ruta hacia el sur más larga, y probablemente más sensata, con la esperanza de evitar todo el lodo. Mientras, Heidi y Koen se nos unieron una vez más, y seguiremos el camino juntos. En cuanto a Didi, esperamos verle de nuevo a él y a su submarino amarillo haciendo surf en una playa en algún lugar de Sudáfrica.

El Seminario St.John era un buen lugar para relajarse, a pesar de los preparativos para la Semana Santa. Está cerca del centro y la comida es barata, con un excelente pescado a la parrilla. También era perfecto para revisar bien a Grommet, tras los duros días por los montes. Fue un alivio ver que no había desperfectos, y que los cerrojos y las varias cajas de cambios estaban bien de aceite. Todo estaba preparado para seguir adelante.

En Libreville hay un enorme centro comercial, con un supermercado, lo cual resultó ser un suplicio, puesto que al ser un entusiasta de la comida, y estar rodeado de quesos, carnes, frutas y verduras frescas, la compra podría cargarse nuestro presupuesto para todo el año… Era muy difícil resistir la tentación, pero Gabón es un país muy caro, tratándose de África. Casi todo es igual de caro que en Europa, si no más. Me imagino que hace falta una buena cuenta de gastos para sobrevivir.

Blanca decidió que necesitaba zapatos nuevos, para el lodo venidero, así que fuimos al mercado a buscar, y en vez de con unas botas de goma, o algo parecido, acabó con un par de zapatos de plástico africanos… ¡a lo mejor está nevando en el Congo!

Con los visados para Angola arreglados, todos los zapatos limpios, y los vehículos revisados, nos pusimos en marcha por la costa hasta el Cabo Esterias, para disfrutar del sol, la arena y el mar. Paramos en el Auberge Du Cape, regentado por Françoise y Jules, y menudo sitio, con camping gratis, una playa de arena blanca, y un restaurante magnífico. Sentarse junto a la playa viendo el atardecer mientras nos tomábamos unos gin tonics bien fríos era la gloria. Por la mañana era el momento de ir a la playa. Era increíble meterse en el agua para refrescarse sólo para ver que estaba igual de caliente que la tierra. El litoral está lleno de grandes troncos de madera que se han soltado de barcos y que han ido flotando, lo cual me parece un crimen, porque estos troncos fueron una vez selva tropical, y eso es lo realmente triste. La comida del restaurante era estupenda, el pescado se derretía en la boca, y los filetes eran maravillosos. La última noche que pasamos allí, en vez de acostarnos para estar despejados por la mañana, nos pusimos a hablar, mientras Françoise iba sacando una botella de vino tras otra, y Jules preparaba en un momento almejas frescas, cangrejo adobado y calamares. Enseguida nos dieron las tres de la mañana, ¡y se supone que nos teníamos que levantar a las siete!

Volvimos a Libreville para repostar antes de dirigirnos a Lambarene y a la frontera con el Congo.

De camino, paramos a echar un vistazo en el Hospital Albert Schweiter, en la ribera del río Ogooue. Construido a principios del siglo pasado, te hacías una idea de cómo debió ser la vida colonial en Gabón, muy, muy dura, y avivó la sensación de que estábamos entrando en el Corazón de las Tinieblas.

Por suerte para nosotros, la carretera fue buena, pero cuanto más al sur vas, más deforestación ves, había inmensas sabanas de hierba alta que fueron una vez selva tropical, y junto a la carretera está la desagradable visión de carne, cocodrilos, monos, serpientes pangolín, pequeños ciervos, etc… De hecho, hay de todo aquello que se puede cazar y matar. ¡Era tan deprimente que no tenía ánimo para parar y hacer una foto! Además, aún más triste era ver por la carretera con gran estruendo los convoys de camiones llenos hasta arriba de troncos. ¡La destrucción continua!

En un tono más agradable, ya hemos pasado el Ecuador, ¡así que ya todo es cuesta abajo hasta Sudáfrica!

 



La frontera


Despedida de Camerún


Despedida de Camerún


El garaje de la Misión


Acampando en la Misión


El “atajo”


El “atajo”


Lodo en el atajo


“Atajo”


Los alemanes de nuevo en una zanja


Intentando el rescate


La carretera empeora


¡Puente!


Grommet en apuros


Dos horas después


Reparación en la carretera


Desayuno


¿Dónde está la carretera?


Puentes


Ford


Buen sitio para darse un baño


Mariposas


Despidiendo a Didi


Didi y el plátano de la suerte


Troncos en la playa


Blanca


Monstruos del Lago Ness de vacaciones (Heidi y Koen)


¿Y mi gin tonic?


Hospital Schweitzer


Menos mal que no me tienen que operar


Niños estropeando una foto preciosa


Un pelícano