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Camerún

22/02/2005-20/03/2005

Los puestos fronterizos aquí en África cada vez se parecen más entre sí, edificios deteriorados y barreras improvisadas, y si tienes suerte, una señal diciendo en qué país estás a punto de entrar, y siempre te toca una larga espera. Mientras, los de por allí van y vienen de un país a otro a su antojo. La frontera de Camerún en Ekang era otra de estas. Salimos de Nigeria, cruzamos un corto y tambaleante puente, y ya estábamos en Camerún. Después de los trámites de Inmigración, tuvimos que esperar a que alguien avisara al oficial de la aduana para que sellara el carnet. Ya era un poco tarde cuando, por fin, entramos en Camerún, por lo que teníamos que buscar algún sitio donde dormir, y rápido. Uno de los muchos lagos de la zona estaba bastante cerca, así que decidimos echar un ojo. El Lago Ejagham era un lugar precioso, en el que era difícil aparcar vehículos más allá del bosque, y nos inquietó un poco el viejo edificio de estilo colonial que había allí, pero al verlo desierto, nos tranquilizamos. También ayudó el hecho de que un hombre de negocios de uno de los pueblos de por allí estuviera bañándose con su hermana y su hija, y nos asegurara que era un lugar tranquilo y que no había ningún problema en acampar allí. Siempre es inquietante acampar cerca de la frontera, desde el punto de vista de la seguridad. Como teníamos calor y estábamos sudando, Blanca y yo decidimos darnos un baño en el lago, que para nuestra sorpresa, estaba muy caliente, casi como una bañera, lo cual era una gran diferencia en comparación con las habituales duchas frías, y además nos alivió un poco de las moscas que parece haber en estos sitios. Pasamos una noche bastante tranquila, hasta que a las cinco nos despertó un grupo de nueve tipos que merodeaban por allí. ¿Eran estos los ladrones y bandidos que nos temíamos?

A las siete, decidí ir a ver qué pasaba, y me alegré de ver que sólo se trataba de un grupo de mecánicos aprendices que estaban pasando el rato antes de ir a clase.

Habíamos visto fotos que habían hecho otros viajeros de la pista, con mucho barro y profundos baches, así que nos temíamos lo peor. Parece que las autoridades locales también habían visto esas fotos, ya que habían reparado rápidamente la pista, que estaba recién allanada y alisada. Sólo había que ver los Toyota Starlet cargados hasta arriba con los pasajeros de más agarrados desesperadamente al capó y al maletero que van por esta ruta. Al final, los tipos lograron meterse en un Starlet y se fueron a clase. Era hora de que también nosotros nos pusiéramos en marcha, por lo que nos dirigimos a Mamfe, con la esperanza de conseguir algo de moneda local, y provisiones. La pista era buena, y el paisaje fabuloso, una exuberante selva tropical muy montañosa. Fue un alivio ver que todavía queda algo del África original y auténtico, aunque quién sabe por cuánto tiempo más, en un país en el que cortar y quemar es la norma. Era fantástico mirar y conducir por allí, ¡pero era imposible para acampar! Cuando por fin encontramos un lugar, se trataba de un pequeño claro justo al lado de la carretera. Acampar de forma tan visible no se suele hacer, pero no había elección, era el único claro que habíamos visto en toda la tarde. De todas formas, en todo el día no habíamos visto más que un par de coches, así que no parecía haber muchos bandidos o ladrones. Algunos agricultores del aceite de palmera que pasaban por allí se pararon a charlar y a ver que hacíamos, y a las seis, a la mañana siguiente, volvieron elegantemente vestidos con un fotógrafo. Uno de ellos trajo a su padre para que nos conociera. El viejo, que rondaba los 80 años, trajo una silla de concha de tortuga y una ballesta de dos metros de largo, o “pistola para el monte”, para enseñárnosla. Me aseguró que dicha “pistola” era un arma muy peligrosa que usaba para matar ardillas. A continuación, me hizo una demostración, y después de mucho luchar, la “pistola” estaba preparada, así que apuntó y disparó. La flecha de bambú voló más o menos un metro antes de caer al suelo. Desde luego no era el arma de destrucción masiva que esperaba. Me costó bastante aguantar la risa. Todo el mundo estaba ya listo, por lo que ya podían empezar con las fotos. Blanca preguntó si alguna mujer de camino al trabajo en el campo se podía unir a nosotros, pero le dijeron que no, porque estaban sucias. Nos regalaron una piña, antes de despedirnos e ir cada uno por nuestro lado.

Qué extraña esta vida de viajeros que llevamos, nunca dejamos de sorprendernos.

En Bamenda había un cajero, un supermercado, y un mercado enorme, así que era el momento de hacer compras. Necesitábamos provisiones, frutas, verduras, y sandalias africanas para nosotros. Con todo repuesto, nos dirigimos a la misión presbiteriana, con la esperanza de darnos una ducha, pero ¿a quién nos encontramos allí?, pues a Heidi y Koen, que llevaban allí algunos días, de relax. Era un bonito lugar, así que decidimos parar y descansar antes de poner rumbo a la “carretera de circunvalación”, una pista circular muy dura y exigente de 367 km. a través de los paisajes más variados y bonitos de Camerún. La carretera de circunvalación era demasiado dura para Heidi y Koen, por lo que los dejamos allí relajándose. La primera parada era Wum, y otro lago llamado, sorprendentemente, Lago Wum. En la guía ponía que no había problema en acampar en el lago, siempre y cuando pidieras permiso al ayuntamiento. Aparcamos y fuimos a ver si había algún problema. El oficial superior no veía nada malo, pero tenía que hablar con el Jefe del Lago, así que esperamos junto al lago a que llegara, y apareció con su traje de ceremonia, se quitó los zapatos blancos y negros de golf, se subió los pantalones y se metió en el lago. Tras hablar con los espíritus del lago, dijo que los espíritus no tenían ningún problema en que durmiéramos allí, a condición de que hiciéramos un donativo. Pensamos que la cantidad apropiada sería 2000 cfr, más o menos dos libras, el precio habitual, pero esta no era la cantidad que los espíritus esperaban, por lo que el Jefe se fue. Luego, apareció su ayudante y dijo que la cantidad que les parecía bien rondaba los 50,000 cfr, unos 70 €, algo poco más de lo que nos permitía nuestro presupuesto, por lo que acordamos acabar la comida y marcharnos. Ya había oscurecido, así que iba a ser difícil encontrar algún sitio donde quedarnos, pero por suerte, el oficial superior llegó para arreglar la situación, y nos dijo que nos quedáramos en su jardín, con unas vistas magníficas del lago, y nos permitió usar el chalet para huéspedes, con baño, etc…, lo cual aceptamos agradecidos. Era un lugar estupendo, y pasamos la velada hablando con su hermano Yves acerca de África y sus problemas. Fue interesante oír la opinión de un africano culto, y le da a uno esperanzas para el futuro de este gran país.

A la mañana siguiente, temprano, apareció una pequeña moto con dos policías y su dueño, que querían ver nuestros papeles, y que les acompañáramos a la comisaría para ver al jefe de policía, al que le habían informado de que un grupo de turistas estaban acampando junto al lago, por lo que había mandado a estos tipos a por nosotros. Les explicamos lo que había pasado la noche anterior con el Jefe del Lago, y la cuantía del “donativo” necesaria, así como que estábamos allí por invitación del oficial superior y que no nos iríamos hasta que no desayunáramos. Como estaba claro que no nos íbamos a ir, mandaron la moto de vuelta para contarle la historia al jefe de policía. Cuando la moto regresó, los policías se disculparon y se fueron. Cuando vimos más tarde al oficial superior, le contamos la historia de lo que había pasado esa mañana, por lo que llamó al jefe de policía para explicarle la situación, y para asegurarse de que el asunto estaba de verdad cerrado. Nos fuimos del Lago Wum, de vuelta a la carretera de circunvalación, ya habíamos tenido bastantes jefes por una noche.

Después de Wum, la carretera empezó a empeorar bastante, a pesar de que la habían alisado recientemente, pero las lluvias ya habían comenzado a tener efecto. Algunas cuestas eran tan empinadas que había que tomarlas a pocas revoluciones, con algunas zonas rocosas que dificultaban la subida, lo que provocó algún grito de la hispana cada vez que Grommet retrocedía. En una de estas cuestas, los alemanes tuvieron un pequeño incidente, cuando la rueda de atrás del Ifa se metió en un barranco en medio de una curva a la derecha muy estrecha. Lo que les salvó de problemas mayores fue el eje, y sobre todo, el mecanismo de los cerrojos, que se engancharon en una roca grande. Mientras, nosotros íbamos un par de kilómetros por delante, y estábamos esperando a que nos alcanzaran sin saber nada del drama que estaba sucediendo por detrás. Afortunadamente, pude oír las llamadas de Judith pidiendo ayuda mientras Blanca decía: “¡sigue conduciendo, llegarán aquí enseguida!” Al darle la vuelta a Grommet en una pista muy estrecha, nosotros también tuvimos nuestra pequeña ración de tragedia. Me las ingenié para meter a Grommet en otro barranco que no habíamos visto, doblando así el portarruedas, y rompiendo el tubo del techo. Fuimos de vuelta por la pista, y recogimos a una exhausta Judith, que había corrido detrás nuestra para llamar nuestra atención. En la curva, lo que nos encontramos no era muy agradable de ver, el Ifa estaba atascado con el chasis y las ballestas retorcidos en un ángulo tortuoso. Ralph estaba ya debajo intentando aligerar la tensión del eje con un gato. El impacto de la roca había roto la cubierta de los cerrojos, y estaba perdiendo aceite. Sin tiempo que perder, quité las hojas de la carretera para poder acceder a la zanja. No tenía muy buena pinta, la zanja era de un metro de profundidad por lo menos, y la rueda no llegaba al fondo. Combinando un gato de alta elevación con un gato hidráulico, conseguimos levantar lentamente las ocho toneladas del Ifa, poniendo rocas bajo la rueda, hasta que con Grommet tirando y Ralph al volante del Ifa, logramos devolverlo a la pista. Nos movimos un poco hasta donde el suelo estaba llano y había suficiente espacio para aparcar y arreglar el eje dañado con Araldite. Mientras, Blanca y Judith montaron el campamento en la pista, y empezaron a preparar la cena. Creíamos haber acampado en una zona discreta de la pista, hasta que algunos de los de por allí aparecieron con el ganado, ¡y casi tuve que quitarme de en medio para que no me cornearan! Esperaba que Blanca hubiera salido de la tienda con una toalla roja y un traje de luces ajustado gritando “toro, toro”. Por la mañana, el Ifa estaba listo para ponerse en marcha, así que nos dirigimos al Lago Nyos, y al escenario de un desastre natural, cuando una nube de gas venenoso salió del lago y se desplazó por el valle, matando a 3000 personas por el camino. También paramos en las espectaculares Cataratas Menchum, donde el río Menchum cae sobre un rocoso precipicio.

Después del lago, volvimos al valle, con Grommet rodeado de hierba alta, ya que aquello era un prado, con muchos pueblos pequeños, y por supuesto, sin un sitio para acampar. Se estaba haciendo tarde, y debido a la desesperación, paramos en un pequeño claro en una curva cerrada al lado de la carretera, en una colina muy inclinada. A pesar de estar junto a la carretera, ya hemos acampado aún más cerca, dedujimos que los vehículos que bajaran de la colina llevarían demasiada velocidad para parar, y los que subieran, querrían conservar el impulso, y no pararían, como resultó ser al final. Nos sentamos tranquilamente a zamparnos una ensalada enorme con puré de patatas y el guacamole recién preparado por Blanca. Mientras comíamos, observamos la colina al otro lado del valle, con los arbustos ardiendo por la noche.

Antes del desayuno, tuve que trabajar algo en Grommet, ya que la dura pista había hecho que la barra antivuelco de desplazara, y estuviera tocando el chasis de un lado. Los dos tipos que habíamos conocido la noche anterior como cultivadores de cacahuetes aparecieron por allí, y por supuesto, también eran mecánicos, y al estilo africano, estaban deseando sacar los martillos. Enseguida, la superficie inferior de Grommet estaba muy concurrida, y con mucha paciencia, conseguí quitar y volver a colocar la barra sin mis nuevos “ayudantes” rompiendo algo. Después de un desayuno de celebración que consistía en cornflakes nigerianos, me rompí un diente, así que salimos en dirección a Kumbo a buscar un dentista. La carretera nos llevó por un parque nacional que se parecía más a los páramos escoceses que a África. Se supone que había búfalos y mandriles pero no conseguimos ver a ninguno, y me imagino que debía quedar poca vida salvaje, porque no nos cobraron por entrar en el parque y la pista estaba en un estado pésimo. Paramos justo fuera del parque, en un pequeño pueblo cerca de Kumbo. Me quedé con los vehículos, mientras los otros buscaban provisiones. Apareció uno de los aldeanos, dando lugar a una conversación muy extraña, tipo Peter Sellers. Dijo que el Fon nos estaba buscando, a lo que contesté que era imposible, ya que nadie sabía que estábamos allí. “No, tienes que hablar con el Fon”. “No, lo siento, no conozco a nadie aquí”. “No, tienes que hablar con el Fon”. “No, me sale muy caro llamar con el móvil aquí”. El tipo insistía tanto que al final hablé con el Fon, y comprendí que el Fon era en realidad el jefe local, cuando dijo que el Fon estaba sentado en un bar detrás de un árbol. Seguí al tipo, y encontré al Fon, un joven africano de unos 30 años, con un chándal y zapatillas, con un guardaespaldas y un consejero, así que no era para nada lo que yo esperaba. Conversamos a través de su guardaespaldas, hasta que pensó que ya podía hablar él mismo. Le expliqué todo sobre nosotros y nuestro viaje, hasta que conseguí escaparme, aunque me persiguió su ayudante, que dijo: “A veces el Palacio está seco”, a lo que contesté: “¿Y?”. “¿Tienes vino?”. “No”. ¿Tienes cerveza?”. “No”. “¿Tienes dinero para que en el Palacio puedan comprar cerveza?”. “No”. Me largué diciendo que tal vez en otra ocasión…   

La pista hasta Kumbo atraviesa una de las mayores plantaciones de te de Camerún, con verdes laderas, antes de pasar a asfalto en la bajada hasta la ciudad. En una zona bastante llena de baches oí un ruido muy fuerte que venía de la parte de atrás de Grommet. Se había roto una de las ballestas de la suspensión trasera, aunque por suerte, sólo la de arriba, pero tenía mala pinta. En el hospital donde estaba el dentista, nos dejaron acampar gratis, justo al lado de su taller de reparación de vehículos. Ralph y yo nos pusimos manos a la obra. Él tenía una barra plana de acero que cortamos en cuatro partes, la taladramos, y con un gato y un cepo conseguimos recolocar la ballesta, igual que si la hubiéramos reparado en el monte. Con un poco de suerte, esto valdría para llegar hasta Yaounde, para recoger las ballestas que había pedido de Inglaterra en la oficina de DHL.

El dentista fue bien, en dos horas me taladró el diente y lo rellenó con un empaste blanco, por cinco euros. Un trabajo muy profesional, a pesar de los aparatos con mucha pinta victoriana. Ahora ya nos podíamos poner en marcha, puesto que teníamos que estar en Yaounde en pocos días, para que diera tiempo a que llegaran las ballestas con la “entrega urgente” de DHL, y para ver nosotros de camino el Palacio del Sultán, y su excelente museo en Foumban.

Llegamos a Yaounde, a la Casa de Huéspedes Presbiteriana, el domingo por la tarde. La reparación había aguantado bien, muy bien de hecho, pero me las arreglé para romperme otro diente, esta vez en el otro lado, así que creo que no voy a tomar más cornflakes nigerianos. La casa de huéspedes era estupenda, bonita y tranquila, además de ser muy céntrica, lo cual nos venía muy bien para lo que teníamos que hacer. El lunes nos pusimos a buscar los visados, nos hacían falta tres, para Gabón, Congo y Congo (Zaire). El martes nos pasamos un momento por DHL para recoger las ballestas, para así poder estar el jueves en Kribi, en la playa. Desgraciadamente, las ballestas se habían retrasado. Nos dijeron que lo volviéramos a intentar el miércoles a las 10.30, pero el miércoles a las 10.30 seguíamos sin ballestas, aunque nos dijeron que estaban en Douala, Camerún, y que estarían el jueves a las 10.30. Como el jueves a las 10.30 seguían sin estar las ballestas, nos dijeron si podíamos ir a Douala a recogerlas allí, pero no queríamos arriesgarnos con Grommet y la reparación, así que dijimos que no, que no podíamos, y además ya había pagado bastante para que las mandaran a Yaounde. Al final nos dijeron que estarían seguro el viernes a las 10.30. No recibí las ballestas hasta el lunes, lo cual no estaba nada mal, 10 días para un servicio de entrega urgente de 2 a 3 días, ¡no quería imaginarme lo que tardaría un servicio normal de DHL de cinco días!

Cogimos un taxi hasta la casa de huéspedes, y cuatro horas después, Grommet tenía dos nuevas ballestas para la suspensión trasera y amortiguadores de golpes.

El problema era que como DHL tardó tanto, se nos pasó la fecha de nuestros visados, y ya era hora de ir a la frontera y a Gabón.

De todas formas, no se estaba tan mal en Yaounde. Pudimos usar el Internet para ponernos al día de nuestros e-mails, e ir de compras, a Blanca le hicieron un par de faldas y un soldador de allí que se llamaba Pierre hizo un gran trabajo con el portarruedas, e hizo unos soportes nuevos para sustituir los que se habían doblado y roto en las cajas de IKEA. Como estuvimos tanto tiempo en Yaounde, la “familia africana” se reunió un tiempo, antes de que Didi, Koen y Heidi se fueran a explorar más de Camerún. Esperamos reunirnos todos otra vez en Libreville, Gabón, antes de dirigirnos a Congo y al “Corazón de las Tinieblas”.


Camerún


Camerún


¡Agua en el puente!


Lago Ejagham


Puente viejo


¿Hay sitio para acampar?


Por fin algo de espacio


Bamenda


Carretera de circunvalación


Bajada


Río Menchum


Cataratas Menchum


Lago Wum


Mark e Yves


¡Umm!


¡Ay! Alemanes en apuros


Acampando en la pista


Carretera de circunvalación


Una cuesta muy empinada


Reparaciones en la carretera


Reparaciones en la carretera


Umm, carne de vaca


Lago Nyos


Grommet


Pásame el martillo


En la curva


¿A alguien le apetece un te?


Reparación de una ballesta rota


Reparación en los arbustos


En el dentista


Pequeño autoestopista


Mercado local


Algunos vecinos


Reparación del portarruedas


Nuevos soportes para la pared


¡Umm! Bloques de madera


Las ballestas, por fin


La “familia africana”


Reparación de las ballestas


Despedida de Yaounde